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El Oráculo  
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El Valorador


Artículos publicados en malaka.es

John Waine en la tasca de Paco
 Capítulo XIV

El Valorador. 15.07.17 Ampliar
La pantalla del ordenador en blanco, la piel de mi cerebro irritada por el alcohol de la noche anterior, mis neuronas en cierre por descanso de personal; como si ellas no hubiesen tenido nada que ver. Todo comenzó cuando me encontré con una carta de la aseguradora en la que sentían la muerte de Silvia, y en la que a pesar de los casi tres meses que habían transcurrido desde su atropello, se excusaban por la demorar en el pago de la póliza debido a que las causas del mismo aún no eran tan evidentes como cabía esperar. ¿Causas? ¿Evidentes? Por mi parte se podían quedar aquel maldito dinero, yo solo quería recuperar lo que todo el oro del mundo no sería nuca capaz de devolverme. De repente, el salón comenzó a encogerse sobre mí hasta no dejarme respirar. Abrí las ventanas para notar la brisa caliente de una noche de verano, y el techó pareció derrumbarse sobre mi cara. No tuve más remedio que salir corriendo sin rumbo alguno hasta verme abducido en la tasca de Paco un efervescente viernes, donde una multitud de tres personas; cuatro si contamos a Viturro, que formaba parte del mobiliario desde su datación con carbono catorce, allá por el mil novecientos noventa y dos, cuando Paco aún tenía pelo y las Olimpiadas de Barcelona llenaban un bar: uno, de los de verdad. El tiempo y la realidad nos irían derrotando a todos y cada uno de nosotros, incluso a aquella ilusión convertida ahora en una tasca, en un puerto donde los ¨barcos¨ arrastrados por las tormentas del día a día se refugiaban. Ahora, conmigo, ya éramos cuatro y un taburete humano fundido con su codo a la barra. 

El algoritmo número 15
Capítulo XIII
El Valorador. 09.07.17 Ampliar
Hoy, veinticinco de junio he sido testigo de lo imposible. Con las cenizas de una noche de San Juan todavía humeantes ha aparecido sobre mi mesilla del dormitorio la libreta donde guardo las modificaciones del algoritmo que nos iba a hacer ricos. Tenía la precaución de no dejar ninguna conclusión al alcance de los hackers, y tenía la superstición de pensar que si Silvia, mi mujer, me acercaba aquellas hojas a la mesilla nada más levantarme fluirían las mejores ideas. Ante mí estaba el cuaderno abierto en la última modificación; la número 15, y a su lado, mi lápiz favorito: un Faber Caster  de cedro cuya punta afilada como una aguja aún no había sido desgastada. Me gustaba pensar que todo en la vida se podría arreglar con una goma de borrar para volver a ser construido nuevamente, porque en cada error se escondía una nueva enseñanza que me guiaría a la perfección.


El principio de la respuesta
Capítulo XII
El Valorador. 02.07.17 Ampliar
Era una pregunta de fácil respuesta para cualquier forense, y no tan fácil, si el cadáver albergaba en su interior a otro ser humano. El embarazo de Silvia había hecho que la temperatura de su hígado no determinase de forma aproximada la hora de su muerte, dejando así suficientemente margen de incertidumbre como para que los sospechosos pasasen de unos escasos quince a casi ciento cinco conductores que habían transitado ese lugar. Pero la clave estaría en el amor. Sí, por extraño que pueda parecer, aquel viejo Swatch que yo le había regalado a Silvia cuando comenzamos a salir en la facultad, sería el que me haría estar día tras día a las diez menos doce minutos clavado como una señal más en el arcén, confiado en que unas manecillas paradas en ese maldito instante me terminasen señalando alguna coincidencia en los vehículos que circulaban habitualmente por ese tramo de carretera. Tuvieron que pasar un par de meses hasta llegar a la conclusión de que eran los miércoles cuando al menos unos once coches solían coincidir en torno al momento en que la vida le fue arrebatada a Silvia  y a mi futura hija Laura. 

El Valorador
Einstein no tenía razón. Capítulo IX
El Valorador. 28.06.17 Ampliar
Albert no apartaba su mirada de mí. Allí tumbado, con todos los secretos del universo prisioneros de esos dos grandes ojos tristes ocultos tras su melena rizada. En estos momentos era el mejor amigo que tenía, y posiblemente, el mejor que hubiese tenido. Sabía transformar los incómodos momentos de silencio en un espacio donde ambos nos protegíamos de nuestros miedos y de nuestras penas: las mías, se habían reducido a la eterna ausencia de mi mujer y la hija que ella llevaba dentro; los miedos ya no existían para mí pero, seguro que para mi buen perro, Albert, sí. Era un pastor de aguas de pelo marrón, al que pronto le cambiamos su primer nombre por el del físico más famoso de la historia, con permiso de Sir. Isaac Newton. Pero es que Albert demostraba una inteligencia casi sobrenatural para un perro. Incluso a veces su melenas se fundían con las de Einstein en mi imaginación, convencido de que el científico alemán había decidido reencarnarse en mi perro por alguna extraña razón que solo debía tener que ver con las curvaturas del espacio tiempo.

El Valorador
Capítulo VIII
El Valorador. 10.06.17 Ampliar
No había huellas de frenada; no hubo intención alguna de evitar el atropello mortal. Escrutaba con detenimiento cada centímetro del asfalto blanqueado por el agua y el sol, esperando encontrar un indicio de arrepentimiento de un conductor que me había robado a mi mujer y a mi hija. No existió el miedo de un accidente fortuito. Me podía imaginar a un hombre suficientemente fuerte para arrojarla al monte, bajando despreocupado por la carretera, y en un despiste, su vida y la mía quedarían unidas para siempre por el pánico a ser descubierto y por la necesidad de descubrirlo. Bajaría de su coche para ver a Silvia lejos de la defensa abollada que la había disparado a decenas de metros debido a su exceso de velocidad, como constataba el informe de la Guardia Civil al saber que las piernas se habían roto como un cristal al precipitarse al suelo. Un bocinazo me hizo apartarme hacia el arcén. Parecía difícil que sólo el exceso de velocidad fuese el causante, ya que Silvia siempre caminaba por su mano izquierda con su brazalete reflectante, porque el chaleco ya le apretaba su prominente barriga. A la salida de esa curva todos los vehículos tendían a abrirse al lado contrario. Un despiste, una llamada de teléfono, unas copas de más. Al ver el terraplén por donde había tirado a Silvia mi visión se volvió borrosa con las lágrimas que recorrían mi rostro. ¿Cuántas veces habíamos recorrido ese trayecto sin problema alguno? ¿Por qué? ¿Por qué aquella noche?

El Valorador
Capítulo VII
El Valorador. 07.06.17 Ampliar
Todo olía a muerte en aquel sitio: todas las caras que me cruzaba en ese largo pasillo; cada baldosa, cada tubo fluorescente extenuado por dar luz a un lugar donde solo habitaba la oscuridad, cada puerta en mi camino preservando dolorosos secretos.
-Es aquí, escuché.
Ante mí, la inexpresiva figura de un hombre de mediana edad, al que los muertos parecían haberle robado la capacidad de sonreír o llorar.
-Buenos días. Si es tan amable me puede seguir; tendrá que identificar a su mujer, fue lo que dijo el forense, como si de un guía turístico se tratase. En una camilla yacía lo que parecía un cadáver. A medida que me iba acercando a él me aferraba a la posibilidad de que Silvia aún estuviese viva.
-¿Se encuentra bien?, preguntó el forense.

El Valorador
Capítulo VI
El Valorador. 03.06.17 Ampliar
Mario había borrado de su conciencia el más mínimo rastro de culpa después de haber atropellado a aquella mujer con la facilidad que había construido su día a día, auto erigiéndose en una especie de justiciero de los falsos damnificados en siniestros de tráfico: para él, todos trataban de aprovecharse de las compañías aseguradoras. Todos los ¨bichos¨, como le gustaba llamar a los accidentados a los que debía valorar sus lesiones corporales, mentían por defecto. Sobre esta premisa había construido una vida de un mediocre médico transformado por la casualidad en valorador de daño corporal, haciendo de su profesión un negocio; uno, increíblemente lucrativo.
Mario también había borrado cualquier rastro del impacto del cuerpo de Silvia contra su flamante deportivo. Únicamente tuvo que dar unas cuantas vueltas en la rotonda con más siniestros de la ciudad a la hora adecuada, esperando que algún conductor despistado o apresurado eliminase la pequeña abolladura producida por un pequeño cuerpo que había dado su vida en un intento de proteger la que había llevado en su interior durante siete meses. Un golpe borraba a otro como las manchas rojas del vino tinto son borradas por el blanco. Lo que no sabía Mario es que esa sangre roja de miserable culpa nunca terminaría de secar. Al fin y al cabo, tal vez el atropello de Silvia hubiese sido un accidente fortuito en la oscuridad de la noche, pero el tiempo que su hija tuvo que sufrir una agonía en medio de un monte, privada del oxígeno de los pulmones de su madre, había sido el asesinato más cruel que nadie hubiese podido cometer.

El Valorador
Capítulo V
El Valorador. 28.05.17 Ampliar
Antonio Sánchez Valera.- Si nunca has llegado a sentir que la realidad era lo suficientemente dolorosa como para querer fundirte en la nada en un intento de escapar de lo que nunca serías capaz de escapar. Entonces, nada de lo que a continuación te pueda contar tendrá sentido alguno para ti…Una noche, un camino sin retorno y la culpa: una noche en la que todo lo que yo más quería me fue arrebatado, un camino que nunca debieron recorrer solas, y la culpa de no ser culpable.
La noche volvía reclamando la oscuridad de sus secretos. El móvil de Silvia seguía sonando en el salón, ajeno al destino de su propietaria. Otra taza de café; y ya había perdido la cuenta de cuántas llevaba para poder continuar buscando a mi mujer y a la hija que ella llevaba en sus entrañas. En la puerta, decenas de vecinos bloqueaban mis sentidos con sus muestras de afecto, al tiempo que me desconcertaban con su ira robada como si realmente fuesen maridos y futuros padres. Quizás fuese así: el miedo a compartir un destino similar era lo que alimentaba la ira de aquellas linternas que luchaban por esclarecer las penumbras. ¡Qué ironía! Al escuchar los perros no pude evitar recordar la imagen de la película Frankestein, cuando una muchedumbre enardecida iba en búsqueda de una supuesta venganza. Palmadas en el hombro en señal de ánimo, gritos en contra de Dios sabe qué, guardias civiles intentando poner orden en la enajenación colectiva del momento. Y yo, caminando sin saber muy bien hacia dónde, simplemente con la esperanza de volver a escuchar su voz una vez más.


El Valorador
Capítulo IV

El Valorador. 20.05.17 Ampliar
Mis puños sangraban por cada golpe dado negando lo que la noche parecía haberse llevado para siempre. Ya no sentía mis piernas después de haber caminado en la oscuridad del bosque, de los caminos en su búsqueda. Familia, vecinos, la Guardia Civil; todos los que queríamos y sabíamos lo especial que era Silvia, y que seguro que sería Laura recorrimos cada lugar de los que ella solía frecuentar. Mi corazón se encogía al ritmo en que los rayos de sol lo iban iluminando todo. Tan solo una esperanza, un engaño, al que aferrarme. Si aún no había aparecido, todavía era posible que aquella pesadilla quedase en eso: en un horrible mal sueño. Al fin y al cabo Silvia no tenía enemigos. Y a pesar de su belleza, ningún perturbado le haría daño a una mujer evidentemente embarazada.
El sonido de mi móvil me trajo de vuelta a un salón ahora muerto sin la presencia de la persona que le daba vida. No quería cogerlo; el miedo a la noticia definitiva, a la que pusiera fin a mi vida a su vida, me había atenazado. Sonó una vez, dos veces, tres veces. Hasta que finalmente decidí acercarme a el con el miedo de aquel que se enfrenta a su destino. En la pantalla aparecía el nombre ¨abogado¨. Descolgué desconcertado por su llamada en ese preciso momento.

El Valorador
Capítulo III

El Valorador. 17.05.17 Ampliar
Los kilómetros se transformaban en eternos metros que lo distanciaban peligrosamente de la seguridad del garaje de su casa. Cada cruce. Cada coche de color verde. Cada persona que lo reconociese al pasar, podría ser el que pusiera fin a todos sus esfuerzos para haber conseguido acabar la carrera de medicina y encontrar la forma de alcanzar el respeto que un médico sin especialidad difícilmente alcanzaría.
-¡No ha sido mi culpa!, grito Mario con la imagen de la chica rodando colina abajo como si tan solo se tratase de uno de los cientos de troncos que cortaban en esa zona para convertirlos en papel. De repente le pareció ver, al final de una recta, el coche de Felipe. Casi con total seguridad habría parado a tomar la antepenúltima copa antes de proseguir. Entonces, el pánico se apodero de Mario: su colega podría llegar a ver la abolladura de su coche y hacerle preguntas de difícil respuesta; aunque era posible que con lo que hubiese bebido ya no se acordase de nada al día siguiente. Lo mejor sería parar un momento en el arcén. Su corazón se aceleró ante la posibilidad de perderlo absolutamente todo, y sin pensarlo más, apretó con fuerza el pedal del acelerador y puso las luces largas: la recta se acababa y la distancia entre ambos vehículos se reducía. Al final había una curva con línea continúa hasta entrar en la autopsita, de manera que debía hacerlo ahora. Aceleró aún más para conseguir adelantar a Felipe en el último segundo. Éste le tocó la bocina y le puso las luces largas para recriminarle las molestias de no llevar la iluminación correcta. Lo había conseguido: disponía de un testigo de que su coche estaba bien y de que no había tenido tiempo a deshacerse de ningún cadáver.

El Valorador
Capítulo II

El Valorador. 13.05.17 Ampliar
Mario volvía de su partida semanal de golf compartida con esos que se suponía eran sus colegas de profesión. Se le había dado tan bien golpear a la bola como casi todas las tardes en las que esa corte que orbitaba a su alrededor, confiada en recoger las migajas de los muchos ¨bichos¨ que debía valorar subjetivamente, se dejaba perder o hacía la vista gorda ante la infinidad de trampas que el ¨Gran Mario¨ realizaba con maestría en un juego donde la etiqueta y el fair play debían imperar: palabras estas, que carecían de significado alguno para aquel hombre de ambición desmedida. Como cada miércoles la partida acababa en la casa club para narrar las incidencias de esos dieciocho hoyos acompañadas por unas copas: los grandes golpes, los golpes fatales, los siempre oportunos golpes de suerte. Pero…sobretodo las estrategias para que la ¨tela de araña¨ que iban tejiendo esos cuatro valoradores de daño corporal no dejase de crecer. Al fin y al cabo, entre ellos controlaban casi el ochenta por ciento de los seguros de tráficos de la provincia. De tal forma que unas veces perdía una compañía para que ganase otra, pero indefectiblemente siempre perdía el asegurado que había sufrido el accidente de tráfico, e indefectiblemente siempre ganaban ellos.

El Valorador
Capítulo I
El Valorador. 10.05.17 Ampliar
Allí estaba yo, en medio de una penumbra estudiada con la experiencia que le otorgaban los miles de ¨bichos¨ que me habían precedido para tener que verse sometidos igualmente a aquel individuo que se ocultaba tras una mesa de despacho, que hacía cien años, tal vez hubiese sido tan moderna como la vieja butaca en la que me trataba de hundir escapando de la intimidación de la voz profunda, cadenciosa, intimidatoria de un hombre con rasgos de gigantismo. Absolutamente todo en ese sitio estaba pensado para que no pudieses pensar, para que solo quisieras huir de allí regalándole una nueva victoria a Mario. Cuando ya estaba a punto de rendirme sonó su teléfono móvil, y entonces, pude ver como su enorme cuerpo se iba desenrollando como un colchón hinchable hasta que su cara desapareció en la oscuridad que no alcanzaba a iluminar la lámpara de su despacho. Ante mí tenía la hebilla de un cinturón que parecía decirme: ¨ Espere aquí¨. Ni un, ¨disculpe ahora vuelvo¨ o ¨perdone debo contestar a esta llamada¨. ¿Para qué gastar energía con un ¨bicho¨? ¿Para qué estropear el despotismo intimidatorio con una frase educada que diese margen a pensar que tras la fachada de aquel valorador de daño corporal existía una persona como yo? 



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