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"Más sabe el Diablo" Por Miranda Collet

Miranda Collet. 03.11.13 
CAPÍTULO VI.
Padre Guadalupe, Primera Parte
Jícaro y Yelapa, Nicaragua, 1984
No todos los gringos, como los nicaragüenses llaman a la gente de EEUUA, son malos.
Los nicaragüenses mastican esta verdad en los años ochenta, durante la revolución. 

Sin embargo no se les puede culpar si les falla el juicio de vez en cuando, cuando se trata de una persona de EEUUA, por ejemplo, con pelo rojo zanahoria, ojos sin color, con pestañas blancas, con la piel blanca abigarrada, y ni una palabra de español. Los  nicaragüenses lo pueden creer menos listo de lo que es, o menos listo de lo que él se cree.  Probablemente  aquel gringo pelirrojo es la mezcla más común de un internacionalista: ingenuo, bien intencionado, y mimado.  

Es sabido que existe gente cuya bondad no responde a ninguna explicación racional.  Estos fenómenos del bien surgen en todo el planeta, en cada generación, y con la precisión de un reloj.  Pueden vivir en cualquier parte, y en todas partes su manera de vivir es la misma; extremadamente sencilla.  Después de treinta años de convivencia, sus vecinos se dan cuenta que en su vida han conocido a una gran persona.  Para entonces no importa el color de su pelo o si tiene pelo.  

Con solo hablar de los ridículos riesgos que esta persona haya tomado por el bien de la comunidad nos animamos.  El pueblo habla de su Padre Guadalupe con muchas voces, siempre con entusiasmo y alegría.  
Para Amanda la historia del Padre se revela por partes, a través de la guerra, con su escasez material, con sus muertes por camionadas, pero sí, con una vista repentina de una sociedad justa, embarazada de hermosas posibilidades.  
Cuando se junta un par de feligreses que son de la opción preferencial por los pobres, que no es la iglesia católica jerárquica de obispos y del Papa, sus recuerdos de Guadalupe son una fiesta en cualquier empalme peligroso, caliente.  Sus palabras sobre el Padre siempre caen como la deliciosa lluvia en mayo.  Amanda apunta estas voces a través de los años.

-Y la Guardia Nacional lo agarró.  Fue en el 76.
-Así fue, Ramona.  Era un domingo y Guadalupe viajaba a San Juan de Limay.
-Somoza ya lo había sacado del país una vez.  Lo había mandado de vuelta a EEUUA. A Milwaukee, que es su pueblo.
-Ya llevaba varios años de vivir aquí con nosotros, y todo mundo lo quería.
-Es alegre el Padre Guadalupe.  ¡Y cómo le gusta cantar!
-Cuando lo sacaron del país la primera vez, él se vino luego. La Guardia no encontraba la manera de deshacerse de él.
-Guadalupe dice que aquí se siente en casa.
-Enseguida se vino Guadalupe de regreso, vino clandestino, por el lado de Costa Rica.
-No hacía más que un par de meses que andaba fuera.
-Se decía que la Guardia lo había maltratado.
-Cuando Guadalupe volvió, estaba tan alegre.
-Él no quería dejarnos solos.
-Amanda, se parece a ti.  Guadalupe es narizón como todos ustedes extranjeros. Y habla raro, igual que tú.
-Mira, es así: él  puede decir todo cuanto quiere, igual que nosotros.
-Pero raro, como todos ustedes.
-Es bromista y delgado, delgado.  Con él comenzó el Movimiento del Espíritu Santo.
-A las mujeres del Espíritu Santo las llamaron Las Antorchas, y a los hombres Las Llamas.  Ese movimiento surgió de las Comunidades Cristianas de Base.
-Aquí somos cristianos.  Toda la juventud, y los mayores también.
-¡Éramos los jóvenes de entonces!  ¡Cómo corren los años!
-El Espíritu Santo se ha mantenido, y ahora son otros la nueva generación.
-Aprendimos con Guadalupe.  No puedo precisar lo que aprendimos, pero con él sentías que siempre estabas aprendiendo. Con él vimos el Evangelio.  Poco a poco lo íbamos entendiendo.  Que podemos construir el reino de Dios en la Tierra.
-Y que así lo desea Dios.
-Es nuestro deber.
-Estos conocimientos se aclaran cuando el pueblo se reúne, Amanda.  Dios es el Dios en nosotros, en nuestra pobreza económica.  Él quiere que estemos juntos.
-Se ve eso clarito en la parábola del buen samaritano.
-Mira, si el hombre aquél, el que fue asaltado en el camino, no hubiese salido solo, sino acompañado, no le habría pasado nada.
-Estar juntos es lo mismo que estar con Él.
-Es un pecado explotar, y...
-Es un pecado dejarse explotar.
-Entre cristianismo y revolución...
-¡No hay contradicción!
-¿Y cómo puedo conocer a Guadalupe?, pregunta Amanda.
-Una vez la Guardia tendió una emboscada para Guadalupe en la carretera a Santa Cruz, ¿se acuerdan?
-Sí, y alguien nos vino a avisar.  Y mandamos dos Llamas para advertirle que lo iban a emboscar y que no pasara por allí.  Eran dos jóvenes, muy buenos para correr, pero aún así no llegaron a tiempo.  
-Desde una montaña vieron cómo Guadalupe se iba acercando, paso a paso, hacia la trampa que la Guardia Nacional le había tendido.  
-Lo iba a matar una docena de guardias en un recodo de la vía.  Los guardias, desde su escondite detrás de la maleza, apuntaban con sus rifles al punto preciso dónde tenía que aparecer Guadalupe.
-Allá iba Guadalupe, acercándose metro por metro a la asechanza.  Iba tranquilito, silbando.  Las Llamas se escondieron entonces, tristes ellos que iban a ser los testigos de la muerte del padre.  En este momento todo estaba en suspenso; Guadalupe caminaba y la guardia quedó esperándolo.  Luego vieron que Guadalupe entró andando en la emboscado, pero que también seguía su camino, y sin nada. No pasó nada.
-Pasó silbando en frente de la Guardia, pero no lo han de haber visto.  No dispararon un solo tiro.
-Nadie se explica cómo fue eso.  Cuando le preguntamos más tarde qué le había sucedido, Guadalupe dijo que él no había visto nada fuera del común en el camino aquel día.  
-Y los Llamas dijeron que ni siquiera dejó de silbar al pasar por allí.
-En otra ocasión, tuvo que haber sido en 1976.  Sí, y fue un domingo, si bien me acuerdo, como a las diez y media de la mañana.
-La Guardia detuvo a Guadalupe en la carretera entre Santa Bárbara y Campo Hermoso.
-Alguien vio cómo se lo llevaron, a golpes, y nos lo vino a contar.  Creíamos que seguramente lo iban a matar.
-Nos contó cómo lo habían montado al vehículo a empujones y culetazos.
-Varios días después supimos que a la media hora Guadalupe estaba celebrando la misa de las once en El Empalme.
-Y eso fue a treinta y cinco kilómetros del lugar donde lo habían capturado.
-Además en dirección opuesta a donde se lo llevaron.
-No fue la única vez, y él siempre alegre.  ¡Viera cómo caminaba de prisa por las montañas!
-Como cuando íbamos a ver a los muchachos, a los guerrilleros, antes del triunfo de la revolución.
-¿Cómo puedo viajar a Jícaro, donde vive él ahora?, pregunta Amanda.
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