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"Más sabe el Diablo" Por Miranda Collet
Miranda Collet. 24.11.13 
CAPÍTULO IX
Padre Guadalupe, Cuarta Parte
En Ciudad Sandino, tradicionalmente llamado El Jícaro.

Nacho Mantequilla dirige a María y Amanda a la iglesia, plenamente visible desde cualquier parte del pueblo.
-Allá está la iglesia, allá abajo. Recto, recto. No hay pierde. Yo voy a estar donde una tía. Acuérdense, nos vamos a las dos. Aproximadamente a las dos en punto salimos, pero no se preocupen. Las mujeres les avisarán a la hora que nos vayamos. Ellas sabrán encontrarles. ¿Las llevas tú, Elisa? Está bien. Hasta luego.
Amanda y Maria le ayudan con unos sacos pesados.
-¡Qué amables!, dice Elisa. Pesan los bultos. ¿Pueden?
-Hola, Lupe.
-Adiós, Antonia, dice Elisa.
-Sí, mañana por la tarde es la reunión, dice Elisa a otra mujer.
-¿Así que les gusta el pueblo?, pregunta ella a las forasteras. Sí, sí, tiene muchos colores. Jícaro está bien pintado, y por eso siempre me alegra regresar a casa. Aquí nacimos todos. Mi marido y los dos hijos mayores están movilizados. Dentro de un mes se desmoviliza mi marido. Tenemos cinco menores, todos en la escuela. Quedan pocos hombres en Jícaro ya. Por eso nos toca a las mujeres hacer todo. Nos ha hecho duras, sí, para aguantar. ¿Qué más nos queda hacer? La vida es dura para los hombres, también. Mis muchachos míos, a esos les gustaría estudiar agricultura para trabajar las tierras con su papá. Es ganado más que nada lo que hay aquí.

Dicen que la Guardia va a volver, pero es mentira. No pueden, porque estamos organizados. Los Guardias mataron a mi hijo mayor y a dos hijos de crianza. A mi hermana la mataron el mismo día en que se liberó Estelí.
Bueno, internacionalistas, aquí estamos en la iglesia. Les dejo aquí. Mi casa está allá, arriba. A veces quisiera que fuera más céntrica, pero no hay nada que hacer. Era la casa de mi hermana, y hemos vivido allá desde su muerte. Adiós. Pregunten por Carmela, Rosario o Teresa en la iglesia. Nos vemos dentro de dos semanas, cuando regresan con la delegación. Y no se les olvida que dos de la delegación se pueden quedar con nosotros. Por supuesto que hay lugar. Siempre hay espacio.

La iglesia es muy grande en relación con el tamaño del pueblo. Aparte de un joven ensimismada, un muchacho de facciones delicadas, la iglesia está vacía. Él está sentado en una banca. En su pierna delgada hay un yeso pesado que va de la rodilla hasta el pie. A su lado están las muletas. Mira fijamente a la ventana de piedra verde trasluciente detrás del altar.
La serena sobriedad de la iglesia contrasta con la extravagante combinación de colores intensos del cerco alrededor de la iglesia, de las pintadas bancas en el parque, de las entradas coloridas de las casas y de los muros de las viviendas en este bonito pueblo. Los brillantes colores del pueblo retan al verde de las labranzas adyacentes. Son colores que hacen cosquillas a la tierra para que reviente en flores, y Jícaro se ve alegre.
-Yo sé, dice María más tarde, de dónde vienen todos los colores en este pueblo. En la bodega de la iglesia hay cientos de latas de pintura, casi todas vacías.

Un lunes en Jícaro
-Padre Guadalupe les dejó este recado, dice una de dos mujeres en la oficina de la iglesia. Tuvo que viajar a Estelí para la licencia de la camioneta. Dijo que sentía no poderles atender en persona. Antes caminaba a todas partes.
-A veces a pie y a veces andando, como se dice.
-Él nunca ha tenido miedo de la Guardia Nacional. Ellos son los contras hoy día, ustedes lo saben, ¿verdad? Lo amenazan en la radio de los contras. Siempre dicen que lo van a matar. Parece que ya se está sintiendo más viejo. Antes nos preocupábamos mucho cuando él salía de noche, y a pie. Ahora maneja casi siempre. Y casi siempre vuelve de día.
-Pero recoge gente en la carretera, y esto tiene su riesgo. Le gusta decir que él da raid a la persona que ha caminado más, porque esta persona no esperó a que alguien la llevara. Emprendió el camino sin tener garantía que le iban a dar raid.
Un martes en Jícaro, en la oficina de la iglesia con una delegación de veintidós personas de EEUUA. Les atienden tres de las mujeres que estaban en el bus entre Yelapa y Jícaro-Dice que siente mucho no estar con ustedes, pero está almorzando con El Espíritu Santo en Murra.
-Volverá de día.
-Él sabe que ustedes vienen hoy con la delegación. Todo está lista para la estadía de los internacionalistas.
-Siéntanse, dice una mujer, indicando una larga banca justa al lado de la pared que separa la oficina de la iglesia. Se sientan en la tranquilidad de la oficina para descansar y esperar.

Les sorprende una abrupta nota triunfal que viene del órgano de la iglesia. Es Padre Guadalupe, dando la bienvenida al pueblo a la hora de la misa.

En media hora no hay donde sentarse. Los niños quedan sentados en las gradas del altar, y los internacionalistas se han integrado a los rangos de los feligreses de Jícaro.
El cantar del pueblo es tumultuoso, los fusiles están guardados debajo de las bancas. Varios perros están acostados en los pasillos o pasean entre las bancas buscando sus amos. Los niños cabecean, apoyándose sobre los hombros de los extranjeros desconocidos. Los viejos suenan la nariz, los hombres musitan al leer, pero las mujeres no se pierden.
El canto es un grito de victoria, abrumador, profundamente conmovedor, y el órgano vibra y trina. El reino celestial directamente aquí, en la Tierra.
Se acaba el vino y vuelven a llenar el cáliz. El pan es compartido una y otra vez y todos comen. La iglesia se desborda con la gente que llega de las oscuras calles, de las casas, de las montañas, del campo oscuro, de las escuelas, y del centro de salud.

Terminada la misa y ya en la casa cural, se ven los ojos sonrientes de Guadalupe detrás de sus gruesos lentes. Allá en un rincón está, en cuclillas. Toca su armónica suave, suave. Está casi invisible entre la multitud que sigue cantando. Son las voces del pueblo que se escucha. Son las mujeres, los niños, y los perros lo que se ve. Guadalupe no es más que él que alienta todo lo sucedido.
Cuando Amanda se presenta a Guadalupe más tarde, no hallan de qué hablar. Este hombre se ha dado al pueblo. Sólo encuentras a Guadalupe en la gente de Yelapa y de Jícaro que lo conocen. Guadalupe casi no vive en su frágil cuerpo; se ha hecho miles, porque vive en el pueblo que tanto quiere.
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