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"Más sabe el Diablo" Por Miranda Collet
Miranda Collet. 01.12.13 
CAPÍTULO X
Fiesta
Norte de Nicaragua1988

A los pocos días del Huracán Joan, que azotó la Costa Atlántica de Centroamérica, más aviones espías de EEUUA violan el espacio aéreo nicaragüense que antes.  Vuelan por el país, y tan alto que son invisibles.  Las ventanas en Managua crujen cuando rompen la barrera de sonido. Aviones pequeñitos, también de EEUUA, entran ilegalmente por el norte de Nicaragua, desde Honduras.  El norte montañoso está separado de la Costa Atlántico por cientos de kilómetros de densas selvas.  A diferencia de la costa atlántica, el norte no sufrió mayores daños por el Huracán Joan. La misión de los pequeños aviones es abastecer las tropas contrarrevolucionarias. Vuelan desde una base hondureña sobre el norte de Nicaragua, y desde el avión echan provisiones.  Éstas caen en un lugar previamente especificado: comida, pertrechos, manuales de guerra psicológica. 
La realidad es así: una vez metidas las tropas contras en Nicaragua, se mantienen en movimiento: ataque, despliegue, emboscada, retirada, sabotaje, montaña adentro.  No regresan a la seguridad de Honduras hasta recibir órdenes o hasta ser perseguidas de cerca por el Ejército Sandinista.  
Las maniobras de los contras obedecen a los órdenes de EEUUA a través de Honduras.  Los consejeros militares de EEUUA dirigen el entrenamiento de los contras y dictan sus actividades en todo momento: asesinar, violar, incendiar los pueblos, volar puentes y maquinaria agrícola, secuestrar familias completas, emboscar y matar a cualquier persona relacionada con la revolución, con énfasis en los campesinos miembros de cooperativos, y cualquier trabajador relacionado con la educación, la salud y la agricultura.  
EEUUA libra la guerra de desgaste contra Nicaragua Libre, también conocida por los nicaragüenses como la guerra sucia.  El nombre que EEUUA da a sus actividades es ‘guerra de baja intensidad’.

Un avioncito de EEUUA, de abastecimiento, se cayó del cielo cuando fue alcanzado por la bala de una pistola, en territorio nicaragüense.  De la tripulación, sólo el hombre que tenía la tarea de tirar las cajas de equipo del avión sobrevivió, y éste fue capturado por un nicaragüense. La foto de Hassenfuss, el capturado, ciudadano de EEUUA, aparecía en cada rincón de Nicaragua.  En la foto se ve que el ‘kicker’, o ‘pateador’ mercenario gringo era un grandullón, cuarentón, de cara rojiza, y uniformado.  Un joven nicaragüense está saliendo de la selva en esta foto, y detrás de él viene caminando el gringo. En la mano el joven lleva una cuerda que está atada al cuello de Hassenfuss.

En Managua, Hassenfuss fue procesado y el veredicto fue culpable de pretender derrocar un gobierno legalmente elegido que ni era suyo.  Este hombre creyó defenderse al decir que él no sabía nada de nada, y que sólo lo hacía por el dinero.  La corte le podía haber  sentenciado a treinta años.  En lugar de hacer esto, el gobierno revolucionario lo perdonó, y Hassenfuss llegó a su casa en EEUUA a tiempo de celebrar la navidad con su familia.  

En El Empalme, un pueblo nicaragüense fronterizo con Honduras, el hostigamiento de los contras, en forma de morteros y disparos, es un constante.  Los contras tienen una base por el lado hondureño desde hace seis años, y varias personas han muerto a causa de su acoso, incluyendo una Suyapa, de siete añitos, que salió del refugio aéreo muy al principio de la guerra de agresión.  La niña todavía no se había acostumbrado a pasar días enteros en la oscuridad de los refugios.

EEUUA está librando su guerra de agresión contra Nicaragua a través de dos fronteras terrestres: Costa Rica y Honduras.  De las dos costas: el Pacífico y el Atlántico.  Tres ejércitos están empecinados en acabar con la revolución: el de Honduras, el de los contras, y el de EEUUA.

Por eso no es difícil entender por qué en el pueblo de Yelapa los papás de los cincuenta y dos estudiantes de secundaria basados en El Empalme están muy preocupados.  
El Empalme es fronterizo.  Los hijos de la gente de Yelapa han dejado la relativa seguridad de su pueblo para ir a vivir con familias campesinas desconocidas en el pobre y remoto pueblo rural, El Empalme .  

Y no se movilizaron los estudiantes por decisión propia.  Para graduarse, cada alumno debe pasar las vacaciones largas en la comunidad rural asignada, por orden del Ministerio de Educación.  Su misión: enseñar a leer y escribir a cada persona en la comunidad.

Se oye en Yelapa que algunos padres quieren que sus hijos regresen a casa.  El Ministerio espera que los muchachos cumplan lo planificado.  Todo el mundo se está preguntando si ahora vendrá la invasión del norte que EEUUA tiene en la manga de la camisa desde principios de los ochenta.  

Unos papás están diciendo que sus hijos tienen miedo, y varias mamás llegan a la oficina de educación en Yelapa para pedir al delegado que retire los niños de la frontera.
-Vamos al Empalme para ver qué pasa, dice Ricardo, el Delegado de Educación en esta zona de guerra, a Amanda.  Podemos quedarnos allá.  ¿Qué dices?

Toman el camino hacia la frontera en la moto del Ministerio.  Pasan por varias comunidades: La Limonera, Chuslí, El Trapiche, Pasmata, Solonlí, El Corozo, Tauquil

A los lados de la carretera de tierra y en las riveras de las quebradas, abundan las flores.
La pareja pasa por veinte kilómetros de maizales, cafetales, y fértiles labranzas sembradas de arroz, de frijol, y de las matas de tabaco.  

En lo llano crecen enormes palos blancos con raíces de arbotante: la ceiba, y en las bajadas corren los ríos y riachuelos cristalinos, ahogados en la vegetación.  Las nubes voluminosas que lucen oro en sus curvas forman un marco rococó alrededor de los cerros sobrios y elegantes.  A una distancia los pinos oscuros que coronan la cordillera parecen vellos.

Por la tarde el sol y las nubes se dedican a un juego de luz y sombra.  Primero las nubes avientan una capa azul sobre el bosque.  Luego una flecha de luz solar se transforma en una columna be brillantez que se separa de la nube, que penetra la nube, y que desciende del cielo para iluminar, de pico en pico, la parte superior de la montaña.  Otro disparo de luz y, ¡chas!, toda el agua se ha convertido en espejo.

En la recta final del camino, en la entrada a la comunidad de El Empalme, comienzan las casas, cada una en su solar.  No hay otro vehículo a la vista, pero cabras, sí, y mujeres cargando niños por la carretera, o llevando en sus manos o su cabeza gallinas, arroz en un saco, plátanos, agua, o leña.  Aquí no hay  caballo, ni burro, ni buey para llevar la carga de la mujer.  Estos animales están en el campo con los hombres.

Los brigadistas, que son los estudiantes alfabetizadores de Yelapa, caminan en pareja, o en grupos de tres o cuatro en medio de la carretera de tierra.  Llevan bajo el brazo sus cuadernos y libros.  Todos llevan puestos la camisetas con el logotipo del Operativo de Alfabetización Manuel Ruiz Sánchez.   Los jóvenes se dirigen a la escuela o a las casas donde impartirán el segundo de los tres turnos que dan al día.  Voltean cuando oyen la moto y saludan cuando ven que es el Profe.  

Bueyes jalan las carretas en que se sienten sus amos cansados.  El trafico es de lo niños jugando en la calle, cargando a sus hermanitas, cargando machetes, cargando cazuelitas misteriosamente tapadas con un trapito: ¿Será leche?  ¿Será pinol?  Y muchachas de todos los tamaños cargan en la cabeza los cántaros de plástico rojo: agua del grifo comunal.

Doblas a la derecha y llegas al asentamiento, sigues recto y llegas al Sector Dos, cuyo edificio principal es un techo de palma, un ranchón, ocho metros por ocho, para reuniones.
En frente está el Batallón, donde el Capitán Marchena brinda comida a cualquier brigadista que pierde la comida en su casa por estar en reunión.  Al lado del rancho hay un refugio antiaéreo.  
A un lado de éste hay una casa con delicioso café a cualquier hora y mujeres de varias generaciones que palmean tortillas de maíz.  Sus hombres callados entran y salen después de una larga jornada en el campo.
Aquí Georgina es la matriarca, una mujer de mediana edad y muy bien parecida.  A mano hace las tortillas, mientras cuida una nieta suya y conversa.
-A esta altura estamos tan acostumbrados a los morterazos que sin ellos no podemos dormir, dice ella.

Al caer la noche llegan los brigadistas en busca de Ricardo.  Una energía incontrolable circula alrededor de los jóvenes.  La noche en sí es tranquila: no hace ni frío ni calor, y no hay viento.  Pero los estudiantes están eléctricos.
-¿Cómo está la cosa?  ¿Ninguna cagada?  
Así es como el responsable comienza su indagación.
-Todo bien, dicen los alfabetizadores.
-¿Todo macanudo?, insiste Ricardo.
-Sí, por supuesto.
-¿Nadie quiere regresar a casa por la jodedera ésa?, pregunta Ricardo.
-No. ¿Y por qué?  Oye, Profe, ¿les gustaría asistir a una fiesta esta noche?  Va a ser buena.  Van a venir nuestros alumnos y el Batallón, y nuestras familias de aquí, y otra gente invitada.  Y nosotros, por supuesto.
-Bueno, dice Ricardo.  A él le gustan las fiestas, y particularmente esta noche, cuando servirá de sana distracción a los jóvenes.
-¡Claro que sí!, dice Ricardo.  ¿ Pero para qué es la fiesta?
-Vamos a recaudar fondos para enviar a nuestros hermanos damnificados de la Costa Atlántica, contesta la responsable de los brigadistas.
En seguida los jóvenes salen a la calle oscura para emprender la búsqueda de pilas para el sonido.  
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