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Viaje a Japón 2. El Festival del Jardín Tierra
La Montaña del Castillo Rojo, Japón. Octubre de 2013

Miranda Collet. 10.12.13 
La gente habla de energía mientras pinta con energía un cuadro de creación social. Unas 100 personas llegan al Festival del Jardín Tierra en la provincia de Gunma en el centro de Japón el último fin de semana de octubre de 2013.  Un fuerte terremoto la primera noche y la amenaza este fin de semana de dos tifones a la vez, más lluvia y frío buena parte del tiempo, pero allá está la gente.  
Es una pared exterior de la clásica y hermosa casa japonesa el lugar escogido para el cuadro.  Traje yo de Shibukawa las pinturas, los colores primarios, más el blanco.  Los pinceles me los llevé en la maleta desde Málaga. ¡Tengo mi camisa de pintar puesta, estoy lista!  
Llovía, pero insistí en comenzar.  Ya sé cómo son las cosas al principio (¿no he visto el proceso unas 75 veces ya?): nadie puede imaginar cómo un grupo de desconocidos, sin dirección alguna, puede producir en unos días, un cuadro cohesivo de arte comunal.  
‘Yo soy la interesada a esta altura, y la única que sé que nunca falla la gente en su capacidad de crear junt@s’, me digo.  
L@s organizadores del Festival han montado una carpa al lado de la pared que ya se comenzó a pintar y me prestaron una mesa donde poner las latas de pintura y los pinceles, un cubo de agua para limpiar los pinceles y platos para mezclar los colores que la gente va pidiendo, más un abridor que se me había olvidado; ésto para abrir las muy pegadas tapas de las latas de pintura japonesa.
La gente que se juntó en el primer momento puso el nombre en la pared en blanco: Armonía. Un grupo de músic@s y bailarines que iban a bailar sobre una tarima al aire libre, y de Tokio un grupo de mayores que presentaron unas obras de teatro con baile y canto.  
Es grande la pared, unos 4 metros por 3 de alto quedaron pintados al final de 3 largos días.
En seguida aparecieron las flores y luego alguien pintó 3 grandes gotas de agua.  
Una mariposa, una de verdad, se sentó todo el día en una hoja pintada en el cuadro.  
Por las noches dormimos sobre colchones duros puestos encima de los tapetes de fibra natural; todas juntas detrás de las delicadas puertas corredizas con ventanas de papel, en sacos de dormir.
Nadie pintó una casa. Nadie pintó una cara humana o una mano.  Nadie delimitó el cuadro, poniéndole un marco.
Lo que más se asemejaba a un ser humando era media docena de hadas anidadas y dormidas en flores, o sobre hojas.  Y creo que sí, hubo una figura humana azul, una que pasó corriendo entre el verdor de la naturaleza vegetal.

Y ahora saltamos al tercer y último día del Festival (y del cuadro de creación social)


Lo ancho del cuadro está pintado y repintado. La altura hasta ahora es hasta donde alcanza el brazo de l@s pintor@s. Flores, frutas y diseños de apariencia elegante y oriental llenan el cuadro.  Perro, gato, pájaro, pato, ardilla, pez, caqui y otras plantas y animales.  
El cuadro había conseguido algo parecido a un marco superior cuando un joven pintó un cielo, un horizonte, amarillo.
Luego alguien pintó un arco iris (y como siempre, con los colores fuera de su orden natural que es rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul y violeta ).  Y alguien pintón una pequeña nave espacial.
Un hombre finito y decidido me pidió amarillo y se lo puse en un plato, ofreciéndole a la vez un pincel, delgado o grueso, según su gusto.
‘Más’, me dijo en inglés, refiriéndose  a la pintura amarilla y por supuesto que le dí más.
El hombre pasó más de una hora subida en una escalera.  Pintó algo amarillo, algo que volaba, un astro, un ovni creo. Era un objeto en movimiento, con hélices de aire o de luz. Muy intensamente pintado y repintado. De este objeto salían volando hojas verdes y corazones.  Fantástico.  Sólo uno de l@s demás pintor@s comentaron algo que podía yo entender. ‘OVNI’,  dijo, en inglés, UFO, y con respeto.
Bueno, ya había tres objetos arriba del horizonte amarillo y se veía raro en mi opinión, pero yo estaba decidida a aceptar esto si fuera del gusto de l@s pintores agrupad@s, unos 30 personas, entre espectador@s y pintor@s.
Yo estaba pensando que el cuadro no iba a subir más.  Había gente concentrándose en pintar lunares de colores en la cañería que bajaba del techo, otra persona pintó un pájaro azul encima de una lámpara que estaba pegada a la pared.
Una niña estaba con un plato de pintura roja en la mano y no paraba de pintar en cualquier espacio que encontraba; llevaba horas agregando detalles al cuadro: una abeja, una flor más, una hoja roja de otoño.    
Casi nunca hubo alguien de habla inglés al lado del cuadro, al lado mío para traducir. Hora tras hora pasó, muchas veces 6 personas estaban pintando en el cuadro al mismo tiempo.  Y como les dije, a veces 30 peronas admirando el cuadro, observando y comentando su forma y su sentido.

Los días eran largos y fríos

Había un monje con sombrero de paja y sandalias que acampaba debajo de un muro natural de piedra detrás de la casa, un muro de 15 metros de altura.  Sin decir una palabra me reubicó y mejoró la carpa en un momento dado.  En otro momento, también en silencio, nos ayudó con acercar al cuadro dos escaleras.
Hubo un excelente técnico de sentido allá, al servicio de l@s músicos que tocaron, cataron y bailaron bajo un cielo de plomo, helado y lluvioso.  Era un hombre mayor que manejaba los cientos de cables que componían su equipo de sonido a la perfección.  Cuando anochecía, él se encargaba de colgar luces de los árboles, y así la gente seguía pintando.
 
Y ahora saltamos a la última tarde

Así que el cuadro iba creciendo hacia arriba; no podía crecer de lado, estaba topada de dibujos por lo ancho e iban llegando más y hasta nuev@s pintor@s y esto justo cuando había parecido estar casi casi terminado el cuadro.
Ya comenzaba a oscurecer, a las 4,30 termina el día.
La cabeza ya no me dolía, pero hacía frío. Llevaba 7 horas afuera, al lado del cuadro, lavando pinceles y mezclando colores. Me sentí tensa. No había comido a mediodía y por la mañana una muy buena conversación había sido mi desayuno.
Este fue el momento en que apareció el diablillo aquél.  Usaba pantalón corto y de color negro, calcetines o mallas estampadas, muy bien vestido.  Y llevaba puesto un par de botines de color natural, flamantes. El hombre cogió un plato de pintura azul que estaba sobre la mesa, y un pincel ancho.  Pintó rápido, pintó como una furia. Se trepó en la escalera y pintó horribles caras, caras violentas y de caricatura malhecha. Apenas trazadas, no bien acabados como deberían de ser, por el bien del cuadro. Eran caras muy visibles. Tanto por su posición como por su gran tamaño como para desentonar, los dibujos de este hombre facilmente dominaban el cuadro.
Traté de alentar su destrucción del cuadro al decirle que sería bueno acabar sus figuras, no sólo trazarlos con líneas. Rápidamente y sin cuidado les agregó un toque de color y adelante con caras en el horizonte.
L@s pintor@s no se dieron cuenta de esto, seguían embelleciendo lo de abajao. 
De repente me sentí muy sola, de repente no sabía qué hacer.  Sentí que tenía que hacer algo, salvar el buen cuadro, pero no sabía qué hacer. 
No podía parar al hombre, y no fue hasta que una gota de pintura azul se le cayó encima de sus botines que el hombre desistió.  Entonces bajó rapidamente de la escalera y fue en búsqueda de algo con que quitar la mancha. 
Llegó de la ciudad mi amiga Megumí en este momento, y se lo conté..  Ella escuchó, entendió, estuvo de acuerdo conmigo que los grandes toscos personajes sin sentido encima del universo de armonía lo echaban a perder, pero tuvo que regresar a la ciudad para dar unas clases de flamenco. 
Fui a buscar a Sakai, un excelente hombre, ingeniero cincuentón, de pelo peinado, y camisa planchada. Una excelente persona, y hablaba inglés.  La noche anterior, en una fiesta de cumpleaños,  habíamos conversado largo y tendido sobre el estado del mundo y nuestro deseo de vivir de manera alternativa, o sea, fuera del sistema.
Con Sakai me sentí en confianza:
“Sakai, mi hermano, quiero que me salves el cuadro. Suba, por favor, en la escalera ésta y pinta un hermoso árbol encima de este horrible grupo de personajes.
Y lo hizo.  El hombre de la mancha azul salió corriendo, ni siquiera miró el cuadro. Noté que con intentar quitar la mancha de la bota, ésta se le había extendido.
Adjunto, el cuadro terminado.  
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