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Elia Kazan y su película sobre Emiliano Zapata
Esteban Alcantara. 25.07.14 
Dedico este artículo a la película de Elia Kazan, “¡Viva Zapata!” (1952), filme que recuerdo con aprecio de mis años de juventud por ser una película plena de atractivos para verla. Kazan trata, una vez más, la temática de compromiso en la que era un verdadero especialista, y donde sus personajes luchan por mejorar el entorno arbitrario y corrupto donde casi siempre se encuentran. En este caso, los convulsos tiempos de la Revolución mejicana, contando para ello con las excelentes interpretaciones de Marlon Brando, Anthony Quinn (que recibió un Oscar) y Joseph Wiseman, y en especial el guión de John Steinbeck, que pone el punto de mira sobre el poder, cuando enroscado en sí mismo se muestra paternalista, autoritario y desigual, terminando por desnudar de valores a quienes lo ejercen. Algunos detalles de la gran obra de Steinbeck y Kazan, a continuación.
¿Iguala el poder las formas al ejercerlo o el valor de la individualidad es capaz de imponerse para mejorar las cosas?

La película comienza cuando en 1909 un grupo de campesinos indios son recibidos en audiencia por el presidente Porfirio Díaz, para informarle sobre las arbitrariedades que los terratenientes y el gobierno local están llevando a cabo en Morelos, impidiendo con alambradas a los agricultores recuperar sus tierras legítimas. Es ahí cuando aparece el paternalismo del presidente, con frases como “Hijos míos, soy vuestro padre, vuestro protector, soy de vuestra sangre”. “Haced las cosas con paciencia”. Cuando los campesinos con humildad comienzan a caminar hacia la puerta del despacho presidencial, sólo uno no se mueve: Emiliano Zapata, que le dirá, que necesitan las tierras para con el trigo hacer pan, y que con paciencia no se pueden tirar las cercas puestas por el gobierno, para impedir encontrar las piedras que legitiman que esas tierras son propiedad de los indios de la época de la Corona española. Porfirio Díaz no comprende que ese campesino le está diciendo la verdad, y reacciona airado, como lo hace cuando lo contradicen y con el autoritarismo propio que le ha sostenido treinta y cuatro años en el poder: “¡Tú, cómo te llamas!”- le dice al campesino- y le hace un círculo en la lista que tiene en sus manos. A partir de ahí, Zapata sabe ya que, donde quiera que esté, será un perseguido por el poder de Díaz. Años después, en 1914, Zapata y Villa terminan entrando con sus tropas en ciudad de Méjico, tras derrotar al general Huerta que había mandado asesinar al presidente mejicano Francisco Madero. Zapata no lo desea, pero termina asumiendo un cargo político importante en la espiral de la revolución. Vienen a verlo un grupo de campesinos de Morelos para decirle los abusos que allí está cometiendo su hermano. Zapata les da garantías, pero al igual que a él le sucediera, otro campesino le increpará como autoridad. Zapata, fuera de sí, gritará: “¡Dame tu nombre!” y al dárselo, le hace un círculo en la lista. Es entonces cuando la extraordinaria dirección de Kazan se hace evidente, en la magistral lección de uno de los planos más estimados de la historia del cine: el rostro de Brando queda oscurecido con sólo la iluminación en sus ojos, recogiendo con plena intensidad la mirada de un hombre que ya se ve atrapado por un poder que desfigura su personalidad, y lo ata en sus deseos de hacer bien las cosas, quedando limitado a la fácil represión, como única solución. Y es ahí, cuando Zapata se da cuenta que él y el poder son incompatibles, y por ello lo abandona. Sin embargo, ese abandono del idealista, permitirá que otros que no lo son, que tienen menos escrúpulos y están dispuestos siempre a medrar, para subir, lo ocuparán, y para quitarlos de su mal gobierno, todo habrá de ser una vuelta a empezar.

El poder.

El personaje que interpreta el gran actor canadiense que fue Joseph Wiseman, fallecido en 2009 a la edad de 91 años, no es un ser humano, sino la figura de la peor cara del poder: frío, insensible, oportunista, generador de odios, acaparador, comprador de voluntades, controlador de todo, utilizador del miedo como recurso, sostenido por dinero a mansalva, manipulador de los medios de comunicación… El paradigma de la escenificación de ese poder con Zapata, es cuando en el momento crucial que son enfocados los ojos del guerrillero, el poder intenta poner su mano sobre su hombro, pero el guerrillero se zafa y se aleja de él. El poder no lo perdonará pues no ha actuado igual que los demás en la presidencial.
Para los cinéfilos, recomiendo que en una emisión sin doblaje de “¡Viva Zapata!”, escuchen la profunda e impresionante voz de Wiseman que, entre otras cosas, le valdría para protagonizar al personaje del Doctor NO, en la primera película de James Bond (1962).

La verdadera muerte de Zapata. La historia.


En 1919, en pleno enfrentamiento de los zapatistas contra el gobierno de Velustiano Carranza, Emiliano supo que un tal coronel Guajardo había sido encarcelado por insubordinación, por lo que le ofreció pasarse a sus filas. El general Pablo González interceptó la carta y obligó a Guajardo a formar parte de un plan para tender una trampa mortal a Zapata. El caudillo de Morelos pidió una serie de garantías que le fueron dadas por Guajardo, y pese a que sus confidentes le aconsejaron, que había rumores de traición, Zapata no lo dudó y se dirigió a Jonacatepec para esperar a Guajardo, que le regaló un hermoso caballo blanco al que llamaban “As de Oro”. Todo parecía ir según lo planeado.
El siguiente encuentro debía de ser en la hacienda de Chinameca, dirigiéndose hasta allí Zapata con cien hombres, el 10 de abril de 1919. Con la finca ya a la vista, salió a recibirle Guajardo. Un hombre de confianza de Zapata, Feliciano Palacios, entró en la hacienda para ver cómo estaban las cosas en el interior, no observando nada que pudiera hacer sospechar una traición, y allí quedó esperando a su jefe con los oficiales de Guajardo. Fue entonces cuando la última fase operación para acabar con Zapata se puso en marcha. Llegaron noticias falsas de que los federales se acercaban, lo que obligó a Zapata a dispersar gran parte de su escolta para vigilar los caminos de acceso a la finca. A las dos de la tarde, Guajardo envió a un oficial para invitar a comer a Zapata en el interior de la finca. Con sólo diez hombres, Zapata se hizo acompañar hasta la puerta de la hacienda, desconociendo el peligro que se avecinaba. Guajardo había preparado de esta manera la emboscada. En el interior de la finca, la tropa a su mando estaba alineada y preparada para rendir honores. Al primer toque de corneta se le presentarían armas a Zapata, y en el segundo, se dispararía directamente sobre él. Al traspasar el caudillo de Morelos el dintel de la entrada, sonó por primera vez el clarín y la tropa presentó armas, al segundo toque, el primero en disparar fue el centinela de la puerta, y a continuación, toda la tropa de Guajardo lo hizo sobre Zapata prácticamente a bocajarro. Éste apenas tuvo tiempo de intentar sacar su revólver, a la vez que con las bridas hacía girar su montura, pero en ese movimiento el caballo despidió su cadáver, cosido ya a balazos, contra el suelo. Junto a él también murió su fiel asistente Agustín Cortés. A la par que caía Zapata, fue asesinado en la estancia principal de la hacienda, Feliciano Palacios. En medio de la polvareda de la puerta principal, la escolta zapatista intentó escapar como pudo, muy batida por fusilería y las ametralladoras previamente apostadas. Allí acabó la vida de Zapata y comenzó su leyenda.

El sello de Kazan para mostrar el final de Zapata.


Con una escenografía extraordinaria, Elia Kazan supo sacarle todo el partido a la trampa realizada por Guajardo para acabar con Zapata. A diferencia de la realidad, el rebelde de Morelos entra a pie en la hacienda y allí descubre a su estimado caballo blanco, que parece esperarle en el interior. Zapata acaricia con mimo su bella cabeza, susurrándole cosas y llamándole “blanco”. Los ojos del noble bruto, presintiendo el gran peligro que se avecina, es otra de las grandes escenas para la posteridad del cine en blanco y negro. Después, en milésimas de segundo, centenares de proyectiles quiebran el cuerpo del guerrillero, en unos planos impactantes.

Aún se conserva el lugar.


La puerta de la hacienda de Chinameca ha logrado sobrevivir hasta nuestros días. El visitante atraído por el final dramático de esta historia, todavía se puede sobrecoger al ver tantos impactos de proyectiles en la parte interior de la puerta, que como testimonio de la traición, nadie ha querido tapar. Debajo del dintel se ha colocado una gran estatua ecuestre del caudillo de Morelos que recuerda para siempre lo que sucedió allí.
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