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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
LO QUE EL FUEGO SE LLEVÓ
Cuentos y relatos globales. 10.07.16 
Imaginario de una gran “quemazón”
Escribe; Walter E.  Pimienta Jiménez
De pronto se sintió una gran explosión; luego otra, otra y otra… y, enseguida, una columna de humo espeso avisó al tranquilo pueblo que algo, en llamas, ardía.
-¡Incendio! -¡Incendio! -¡Incendio!
La gente salió a la calle. Querían saber dónde era. En las caras se pintaba el terror. Se escuchó otro estallido y alguien gritó:
-¡Auxilio! -¡Auxilio! -¡Auxilio!
Una claridad rojiza tiñó el cielo.
Baltazar, el campanero del pueblo, como si tuviera cien manos, hizo con sus repiques que los metálicos bronces de la torre de la iglesia, adquirieran voces de alarma y, sacudiéndolos sin tregua, pidió ayuda.
La brisa de las seis de la tarde, traía el eco de algunos gritos.

-¡Vamos! ¡Vamos a ver! ¡Corramos!

El pueblo entero salió al llamado y todos se encontraron en el mismo sitio. La casa ardía por completo. Se oyó una nueva detonación y el aire olía a gasolina.

Gastón Molina, con un balde de agua, pretendió algo imposible; lo arrojó y las voraces llamas se lo bebieron. Prorrumpieron clamores: “¡Llamen a las autoridades! ¡Hagamos algo…se quema! ¡Pronto!

Las  mujeres, con sus pequeños hijos, corrían hacia alguna parte…y la brisa de las seis de la tarde avivaba aún más el fuego…

Diego Alba, lanzó a las indolentes llamas dos galones de agua; lo propio hicieron: Carlos Arturo; Lisímaco; el viejo Luis Donado; “Pajarito”, el de “la Niña Sara”; Silvestre, el sacristán; José del Carmen; Cayetano; José Santos y otros.

-¡Agua! -¡Agua! -¡Agua! ¡Busquen agua!- exclamaba la gente y desde los pozos de las casas vecinas, en agitado ajetreo, el escaso líquido era sacado y traído en ollas y en cualquier utensilio por los voluntarios.

Las llamas, entre tanto, se dilataban majestuosas y espléndidas. Un tanque de gasolina, tras un soberbia estrépito, voló por el aire vuelto una bola de candela. La gente temía lo peor: que se quemara todo el pueblo. Mi mamá, asustada y sobrecogida, abandonó su casa y con Carmen y Cristina –mis hermanas- y  con migo; huyendo al incendio, tomó por la “Calle del Golero” buscando equivocada el camino  que según ella,  conducía al corregimiento de Sibarco.  Igual  hicieron:  Lilia padilla; Conchita Arteta; Arcelia y Eloína, con sus hijos, con sus perros y unas cuantas pertenecías. Mi padre, que en ese momento batía un barril de mantequilla criolla, dejó el oficio y salió a ayudar.

Una atmósfera de horno encendido flotaba asfixiante y alguien dijo que el aire olía a gasolina y a  yodoformo…

José Santos, voluntarioso y algo heroico, contagiado de un momento de locura, quiso meterse a las llamas para ver qué rescataba; pero retrocedió, el caliente resplandor le rechazó y la caridad de los recipientes caseros llenos de agua, era poca para un incendio que pedía un inexistente y voluntarioso cuerpo de bomberos.

-¡Agua! -¡Agua! -¡Agua! ¡Consigan mucha más agua!- se  pedía.

El voraz incendio, incontrolado y cada vez más  activo porque encontró combustible en el existente almacén de telas, de papel, de plásticos, de vidrios, de lozas y de cosméticos que funcionaba en la  misma casa, no se vencía y, en cambio, otra cisterna de gasolina, comburente que allí también se expendía, explosionó y el pueblo tembló.

-¡Agua! -¡Agua! -¡Agua!- era el grito desgarrador.
 
La gente aturdida corría. El pánico era general. El viento de las seis de la tarde no perdía fuerza y levantaba remolinos de humo. Las sombras de los espontáneos, como  negros fantasmas que saltaban sobre el fondo de aquel infierno, se removían, se agitaban y con resoplidos vociferaban.

-¡Agua! -¡Agua! -¡Agua!

El incendio crecía y crecía. El humo se hacía   cada vez  más y más espeso…asfixiaba… el resplandor lo alumbra todo. La casa crepitaba y las insaciables llamas avanzaban dominantes y haciendo volver a saltos a quienes con ramas verdes y  baldes de agua en las manos, querían sofocarlo.

-¡Agua! -¡Agua! -¡Agua!- era el grito desgarrador.

Olía  a chamusquina.

Las mujeres, apretando contra el pecho a sus hijos, pedían auxilio.

Mil lenguas de fuego pujante y ascendentes, se estiraban y hacían  de la casa una sola llamarada indetenible.

Tomás Alfonso; Tomás José; “Carracho”; Franco Charris; Ildefonso; Simón Molina; Juan Rocha; Joaquín Daniel y Germán Coronell, pretendían lo  inviable y  aunque parecían resueltos a sacrificarse, las llamas los detenían.

La fogata envolvió la casa por sus cuatro costados; no desfallecía; crujía el techo…de pronto, vestido de blanca sotana, en el lugar, como venido del cielo, hizo  presencia el padre Hernández. Los destellos de su figura, se fundieron  entre el velo crepuscular de las llamas. Miró con tristeza lo que ocurría; se arrodilló; hizo una profunda oración de  protección contra los desastres naturales; su puso en pie; se persignó; sacó de uno de los bolsillos de su bíblica vestimenta un hisopo lleno de agua bendita; lo agitó y con fuerza lo esparció sobre la furibunda quemazón que poco a poco comenzó a dar tregua… y la gente miraba absorta porque en exiguos hilos de humo quedó convertido aquel averno.

A la vista de todos, aquello era cenizas,  y nadie se explica hasta hoy cómo en medio de tanta ruina y abandono, ilesa y resignada con la pérdida de lo que fuera su suntuosa casa, dando gracias a Dios, salió “la Niña Nené” trayendo en  brazos  su  gato chamuscado…

Walter E.  Pimienta Jiménez

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