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Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•4 usuarios en línea • Viernes 20 de Octubre de 2017
Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
El sombrero …de mi abuelo
Cuentos y relatos globales. 20.11.16 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.-
*A mi abuelo Hernán, quien vestido de entero y sombrero, tuvo “ilusiones de duque”…

Lo primero que toca decir y escribir es que, apenas mi abuelo Hernán se ponía su sombrero de fieltro color marrón marca “Barbisio”, se parecía enseguida a uno de esos tantos duques que, por allá, por los años sesenta y pico –el pico póngaselo usted- , aparecían en la prensa fotografiados dando a conocer de él (del duque), algún secreto familiar a voces, queriendo revelar con todos sus pormenores y a todo el mundo la buena nueva de su próxima boda o su divorcio número noventa y nueve y medio…Era que en  ese tiempo no había esa vaina que ahora llaman dizque las “redes sociales” y se chismoseaba de otra manera…
Claro, no sobra decirlo, mi abuelo no se ponía su “Barbisio” para eso… Él vivió feliz en su matrimonio…Antes por el contrario, con ganas lo lucía para, orgulloso y arrogante, llevar del brazo a mi abuela Cristina por las calles del pueblo, adornadas con flores, cadenetas y guirnaldas entre el estampido escandaloso de los cohetes y la música de banda en la fiesta patronal de la Inmaculada Concepción…para eso sí se lo ponía… y para ir con él al monte; es decir, a si finca, estancia donde la fina prenda le hacía ver proporcionalmente feliz a los logros de su trabajo de hombre de campo…y con cara de querer vivir más allá de la vejez siendo por siempre leal a su mujer;  en tanto los sombreros de palma de iraca, baratos y de fabricación artesanal que descoloridos y estropeados por el sol, la lluvia  y el largo uso, que en sus cabezas tenían mi papá y mi tío Goyo, en batalla a muerte contra las inclemencias y severidades del tiempo, siendo imperecederamente los mismos, aún  les asistían en sus  cotidianas faenas desde los tiempos de la adolescencia cercando portillos; ordeñando vacas bajo la penitencia de no llevarlas al matadero; herrando terneros cimarrones; haciendo quesos de sabor persistente y sembrando la tierra por relevos con sentido de responsabilidad y cuando ellos, no se sabe si por culpa o gracias  a  las mujeres de la vida,  habían perdido ya la malicia del pecado original…

Por toda su vida, tal que si para ir a una  refinada boda  se tratara, mi abuelo descolló entre muchos con su elegante y  costoso “Barbisio” como si este fuera “la corona” de su imperio; con él,  luego de la ocupación cumplida, se paseó altivo en viaje apacible cruzando veredas,  llanuras,  laderas y caminos reales cantando canciones, canciones de amores sobre su  caballo…y mientras le durara el largo de su encendido “Tabaco Roa” de sortija  que,   por etapas, a placer se iba fumando hasta volver al trono de su casa donde mi abuela, amoroso bálsamo y sedante linimento que para él fuera, le esperaba con una caricia y su acostumbrado pocillo de aromático y humeante café tinto recién colado…

Qué vigorosa y nobilísima personalidad la que le daba el “Barbisio” a mi abuelo… Semejaba un hombre continental experto en negocios estatales venido de Suiza a disfrutar, en su protocolo, del Caribe Colombiano, de la música de pianola y del Ron Anisado, rodeado de amistades con las cuales, empapado en “Agua de Florida de Murray y Lanman”, entre corredores de colgantes helechos y florecidas begonias, organizar una fiesta y en ella, hasta el amanecer y con antiquísima sabiduría, décimas de amor y de despecho por encargo y compromiso cantar…

Paso a creer, por lo mucho o poco aquí escrito, que ante los apaciguados y tranquilos 102 años que sin apremios ni premuras mi abuelo Hernán bien viviera ostentando su legítimo “Barbisio” que le protegía de la envidia, del sol y la lluvia, cediéndole en cambio una traza de duque suizo sin serlo, más de uno, respetuosa y cortésmente, se quitó el sombrero pero él, el nunca…
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