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Tu diario. Libertad de expresion

Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•4 usuarios en línea • Lunes 21 de Agosto de 2017
¿Como le dices a Dios que no?
CAPÍTULO V.  LA CAJA FUERTE
Antonio Sanchez Varela. 19.12.16 
Llamó al ascensor con la duda habitual al respecto de cuál sería su comportamiento a pesar de que tenía la absurda sensación de que con la marcha de su vecina los problemas del ascensor habrían desaparecido. Las puertas se abrieron, pulsó el botón de la planta quince, y con su chirrío característico se cerraron lentamente para proceder a elevarse guiado por los carriles laterales que parecían querer eyectar la caja del ascensor a través del viejo tejado del edificio. Este era un sueño recurrente para Marcus: la sensación de ingravidez que sentía intensamente en sus sueños cuando la fuerza de la gravedad empezaba a vencer a la propulsión de la caja del ascensor, justo en ese momento en que el ascenso decide convertirse en un descenso. Era una sensación angustiosa saberse disparado dentro de algo que no te permitía saber cuándo ibas a estrellarte, simplemente se percibía la presión que ejercía la aceleración del lanzamiento, sentado en el suelo del ascensor guardando el equilibrio con las palmas de las manos apoyadas en la pared esperando ese momento de inversión en que la sangre tiende abandonar el estómago provocando ese inequívoco cosquilleo en la barriga como indefectible indicador del comienzo de una caída. A partir de ese instante los sudores y el frenético ritmo del corazón tenían su exacto reflejo en el cuerpo inerte de Marucs en la cama durante esa pesadilla: el instante en el que al final de la brutal colisión contra el suelo quedando atrapado en un amasijo de hierros. Todas las veces que tenía este sueño intentaba saltar en el justo momento para quedarse flotando dentro del ascensor evitando así ser víctima del impacto. Aunque como físico sabía que aún así se estrellaría contra el techo del ascensor debido al colapso del mismo, con idéntico resultado fatídico.
Entre tantos pensamientos llegó a la planta quince sin incidente alguno y, sin incidente alguno también se abrieron las puertas. Pero como ya empezaba a resultar habitual, el sonido de las puertas del ascensor abriéndose y el ruido de las llaves en la cerradura alertaron a Nu de que su compañero de aventuras había llegado. Ella salió tan rápido que Jess no tuvo opción alguna para poder impedir su escapada.
-Hola Marcus. No te puedes imaginar lo que tengo que decirte.
-No. Lo que sí sé es que estás muy contenta. Debe ser algo muy importante.
-¡Importantísimo! Anda, intenta adivinarlo.
-¡Nu!, no vuelvas a salir de casa así para molestar a Marcus.
- Jess, sabes que no me molesta. Es más, os debo una cena. Soy consciente de que no es la mejor manera de hacerlo, sin antelación alguna. Pero, ¿habéis cenado?
     -¡¡No…!!
- Pequeñaja parece que te gusta la idea, respondo esperando la respuesta de Jess.
- ¡Venga mami, vamos a cenar con Marcus y le cuento todo!
-¿Estás seguro de que este es un buen momento para ti?
     -Es perfecto. Tendréis que esperar una media hora para que tenga lista la cena.
- Si aceptas a una cocinera podemos hacerlo juntos.
-En mi casa cocino yo. Vosotras os sentáis cómodamente y esperáis. ¿Os gusta el arroz?
-Nos encanta, respondió en seguida Nu.
-Perfecto, porque hago uno con champiñones laminados con pollo y nata riquísimo.
- ¿De manera que eres un cocinillas?
     -Simplemente no me gusta la comida prefabricada. Toma, Nu, coge esta tablet. Controla toda la música que tengo, pelis, etc...
-Me gustaría ver una película. Pero… ¿Dónde está la televisión?
-Pulsa el botón de tv.
-¡Guau! ¡Mira la tele, mamá! parece un cine .Y baja del techo. ¡Como mola!
-Tienes un apartamento espectacular, Marcus.
-Seguro que tú también lo tendrías si estuvieses en mi situación. Aunque hay momentos que el vacío de la casa se hace duro. Eres muy afortunada con tu pequeñaja.
-Desde luego, es lo mejor que me ha pasado en la vida.
-¿Y qué es eso tan importante que me querías contar, Nu?
-Mi amigo Stephen ha conseguido que mañana por la tarde podamos entrar en la estación secreta de Roosevelt. Nos dejan ir a los tres.
-¡Increíble, Un! Lo has conseguido.
-¿Vendrás con nosotras? Anda…por favor.
-No hay nada que me pueda apetecer más ahora mismo. Espero llegar a tiempo, tengo una prueba importantísima en el laboratorio mañana
-Quieres decir que no vendrás, se entristece Nu.
-Me gustaría poder decir que sí, pero hasta mañana será difícil que lo pueda confirmar. Pero haré lo imposible por estar con vosotras.
-¿Lo prometes?
-Te lo prometo amiguita. Y ahora, a cenar. El arroz ya está listo.
-Huele fantástico Marcus. La cocina se le debiera dar mejor a los químicos que a los físicos ¿No te parece?, dice Jess guiñándole un ojo a su hija.
-Hace mucho tiempo las dos eran la misma ciencia.  De hecho, en tercero de carrera una de las optativas era la elaboración de los risotos.
-Ahora entiendo lo del nitrógeno líquido, sopletes y todas esas cosas que hacen ahora los chef. Aunque yo no soy ninguna entendida.
-Visto desde ese punto de vista los cocineros son la evolución definitiva de los químicos y los físicos.
-Que pesados sois los mayores con esas conversaciones aburridas. Lo importante es saber por qué se construyó esa estación.
-Muy bien enana. Mi teoría sigue siendo la misma. No salía nada en ese vagón. Entraba algo muy valioso. En mi opinión debieron coincidir varias circunstancias para justificar una inversión así.
-Pues yo creo que lo que viajase dentro del vagón debía ser algo muy importante y pesado. Seguro que era un arma especial muy grande que tenían que enviar por partes a Europa, para acabar con ese malvado Hitler antes de que hubiese una guerra.
-Muy bien, Nu, no cabe duda de que eres muy imaginativa. Jess ¿cuál es tu teoría?
-La mía no es una teoría. Siento desilusionaros. Estoy convencida que tanto la estación como el vagón fueron construidos para lo que dicen: evitar mostrar la discapacidad del presidente en sus frecuentes visitas a su ciudad.
-¿Y para eso hacía falta un vagón blindado? Además, si salía de Washington, ¿por qué no construyeron otra allí, con el mismo motivo?, pregunto convencido de que las piezas no terminan de encajar de todo. Digan lo que digan el uso habitual sería transportar al Presidente, pero para eso no hacía falta una obra tan grande, si podía viajar en avión y entrar en coche igualmente a un parking. ¿No lo crees así Jess?
-Una razón podía ser que el tren le dejaba en el centro de la ciudad.
-Mamá, recuerda que sólo después del ataque a Perl Harbarte, los servicios secretos decidieron que el presidente Roosevelt necesitaba un coche blindado. Y el vagón blindado es más viejo.
-And the Oscar goes… ¿Quién de nosotros acertará? O tal vez ninguno sea el afortunado, me río.
-Lo importante Marcus es que suceda lo que suceda esto ha sido como un magnífico juego que, por lo menos a mí y a Nu nos ha devuelto un poco de la magia de la vida. Y eso es lo que cuenta de verdad.
-Sí mamá, pero imagínate que descubrimos algo importante y salen en la prensa o en la televisión nuestros nombres. Incluso que alguien pueda escribir un libro sobre nuestra aventura. Eso sí que sería guay.
-Nos tienes que disculpar, esta Señorita se debe acostar. Mañana tiene que ir al colegio y le espera una tarde muy larga. ¿Qué tal si te echo una mano para ordenar esto antes de que nos marchemos?
-Muchas gracias Jess. Es mejor que se acueste pronto nuestra heroína.
-Nu se acercó a Marcus y poniéndose de puntillas se colgó de su cuello y le dio un beso de buenas noches, como tantas veces había hecho antes con su padre. Al ver esta imagen Jess tuvo que aguantar las ganas de llorar. Él se dio cuenta enseguida por el brillo de sus ojos, pero no pudo evitar alzarla en brazos para devolverle el beso. Exactamente como años atrás hacía Jeremy. En ese momento Jess le dijo a Marcus que debía ir un momento al servicio. Él no dijo nada; era consciente de lo delicado de la situación. Ella tardó en volver a salir del servicio, para preocupación de Nu. Durante ese impás Marcus trató de entretener a la pequeña hablando de lo que ocurriría dentro de unas pocas horas. Finalmente Jess salió del servicio con los ojos visiblemente enrojecidos.
         -Mamá ¿te encuentras bien?
        - Sí. Estoy perfectamente. Son estas lentillas nuevas, no me termino de acostumbrar a ellas.
     -Buenas noches Marcus, y gracias por esta cena. Confío en que tu trabajo te permita estar con nosotras en hall del Waldorf Astoria un poco antes de la seis de la tarde, dijo Jess después de despedirse con un beso en la mejilla.
    -Si me tratabas de sobornar con ese beso, no me quedará más remedio que hacer lo imposible por estar con vosotras. Y tú, Sherlock, duerme bien, necesitarás de toda tu perspicacia mañana.
    -Así lo haré Watson
    -Os acompaño hasta la puerta.
    -Te deseamos que todo te salga bien mañana, Marcus.
    -En la ciencia la suerte suele tener mucha relación con el trabajo bien hecho. Y tengo a los mejores compañeros conmigo.
    -Seguro que a ellos les hubiese gustado escucharte decir eso.
    -Posiblemente, pero en ese caso ya no habría quien pudiese aguantarlos.
     -Hasta mañana.
    -Hasta mañana.
Mientras ponía orden en su cocina pensaba en las palabras de Nu sobre una posible arma que debido a su peso fuese enviada en piezas. No era una idea tan descabellada teniendo en cuenta todos los estudios que se realizaron en aquella época, y la inestabilidad generada por Hitler antes de alcanzar el poder sólo auguraba lo que parecía una guerra. Tanto en cuanto, el historial expansionista germano era más que conocido en Europa en el devenir de los años. Si tenía razón Nu, ¿qué podían considerar como algo definitivo o intimidatorio? La primera prueba nuclear había tenido lugar el dieciséis de julio de mil novecientos cuarenta y cinco en Alamogordo, más de diez años después de la construcción de la estación secreta. Demasiado tarde para que tuviese alguna relación con el vagón presidencial. Incluso en Europa, sólo hasta el mil novecientos cuarenta, cuando París fue invadido por los alemanes, los franceses ya disponían de un ciclotrón para la producción de material para una bomba atómica. Y curiosamente, en mil novecientos treinta y cuatro el físico húngaro Leo Szilar solicitó la patente de la bomba atómica. Éste la cedió a los británicos en el convencimiento de que de esta manera evitaría que cayese en manos alemanas. Incluso llegó a participar en el proyecto Manhattan, hasta que tuvo la absoluta certeza de que los nazis no podrían construir una bomba atómica, momento en el cual se opuso radicalmente al uso de esta tecnología con fines bélicos.
Marcus no lograba apartar la idea de que el futuro de su equipo fuese muy similar al de Leo Szilar: que se aprovechasen de sus buenas intenciones para alcanzar objetivos mucho menos honrosos. Después de todo, podía ser que Nu no estuviese tan desencaminada, tal vez ese vagón introducía tecnología desde Europa en Estados Unidos. De hecho una de las grandes trabas que tenían los alemanes era la falta de un ciclotrón. Y sólo dispusieron de él en el momento que se hicieron con París, con la salvedad de que los científicos que lo controlaban habían huido al Reino Unido con todos sus secretos.
Fuese como fuese, ya había acabado de recoger toda la cocina y debía irse a dormir. Tuvo que esforzarse por apagar su cerebro para no seguir toda la noche en vela. Era como una reacción en cadena en su cabeza. Sus últimos pensamientos antes de quedarse dormido fueron las palabras del Señor Wislow: llevamos muchas décadas desarrollando esta tecnología. ¿Qué querría decir con eso?, ¿hasta dónde habrían sido capaces de llegar?; ¿por qué ya no hay ruidos metálicos que le impidan dormir?; ¿por qué su ordenador funciona bien?; ¿iría a Rusia su veci…?. Y en ese momento el sueño le transportó a la realidad de los sueños durante una larga noche, algo inusual en él. Puede que hubiese una relación causa efecto con la presencia de Jess y Nu. Todos los problemas e incertidumbres desaparecían cuando estaba con ella, y eso le generaba unos sentimientos controvertidos.
Mientras tanto, el Doctor Akira Abbe estaba luchando con el jet lag, aunque ya era un experto en la materia. Su truco consistía en no dormir en exceso los días previos para conseguir adaptar su sueño al horario local. En su caso no le afectaba tanto como a otras personas, prácticamente en menos de cuarenta y ocho horas solía estar recuperado de ese largo viaje.
Un nuevo día asomaba por la ventana. Nu con la excitación del momento despertó antes que Jess, un poco apesadumbrada por la falta de Jeremy en un día como hoy; Akira estaba haciendo ya abdominales para mantener su atlética constitución y reponerse lo antes posible del cambio horario; Marcus encendiendo su querido Saab para recoger en el hotel a su colega japonés. En definitiva, un día de grandes expectativas para todos. Incluso la meteorología parecía haberse aliado para tal cúmulo de acontecimientos con un magnífico día azul, en la medida que la contaminación lo permitía.
-¿Qué tal lleva el cambio horario, Doctor Abbe?
-Buenos días. Lo llevo bien. Es algo que controlo sin muchos problemas.
-Ya me explicará con calma cómo lo consigue.
-básicamente sigo las horas de sueño locales desde el primer momento e intento realizar todo el deporte que puedo las cuarenta y ocho horas primeras. Yo no la utilizo, pero la melatonina como regulador de ciclo circadiano funciona bien. Incluso algunos pilotos la utilizan.
-Interesante. Le querría pedir un favor.
-Como no, Doctor Wainwraight.
-Soy consciente que es parte de su cultura cuidar en exceso las formas, pero ¿le supondría un inconveniente que nos tuteásemos?
-Debo reconocer que efectivamente hay pocas cosas más importantes que las formas en la vida. Considero que se pude decir todo lo que uno piensa con la corrección adecuada. Eso no significa que tutearnos suponga un quebranto de este principio.
-Entiendo entonces le puedo llamar Akira.
-Por supuesto, Marcus.
-¡Muchísimo mejor, así!
-Me gusta mucho tu coche. Tiene clase este viejo Saab.
-Akira, creo que nos vamos a llevar muy bien… Eres la primera persona que coincide en definir este modelo de automóvil exactamente con las mismas palabras que emplearía yo mismo.
-¿Qué coche tienes tú en Tokio?
-Un Datsun 240Z.
-Ahora ya tengo una razón de peso para ir a Japón.
-Lo tomaré como un cumplido Marcus. Aunque tu Saab 900 es un concepto diferente.
-Muy bien, lo que haremos es que cuando estemos en Long Island conduces tú.
-Casi mejor otro día, no sé si tendré problemas con el sentido de la circulación. En Japón conducimos por nuestra izquierda.
-Puede que tengas razón, hoy no es el mejor día. Debemos ser puntuales. Y parece que hay bastante tráfico hoy.
-¿Esto es tráfico? Vosotros no sabéis lo que es tráfico. En Tokio es prácticamente imposibles usar el coche en el día a día.
-No cabe duda de que sois unos quince millones frente a los casi nueve millones que hay en esta ciudad. Eso supone muchos coches de diferencia.
Los problemas de organización de una gran ciudad crecen exponencialmente con el incremento de la población.
-¡Flushing Meadows! ¿El U.S, Open se celebra allí?, pregunta asombrado Akira.
- Si, es allí, en ese cruce a la izquierda. ¿Juegas al tenis?
-Ahora menos. Al comenzar la universidad estuve a punto de hacerme profesional en Japón.  Pero hubo algo que me hizo cambiar de idea.
-¿Y qué fue eso tan importante?
-¿Cuántos jugadores de tenis japoneses conoces?
-Esa no es justificación. ¿Cuántos jugadores suizos famosos conoces, a excepción del más grande?
-Si excluimos a Federer, sólo nos queda Wawrinka.
    -¡Ahí lo tienes!, exclamo pensando que al final mi curiosidad sería satisfecha.
-No, Marcus, no hay ningún motivo más. Simplemente en mi país nadie patrocina el tenis. No vende un jugador de tenis japonés.
-Lo siento por ti Akira, pero me alegro por la comunidad científica. Hemos ganado un gran investigador.
-Muchas gracias. Posiblemente sea menos malo como físico que como tenista.
-La humildad es un rasgo característico de tu país. Todo lo contrario que en el nuestro. Está claro que la seguridad en nosotros mismos es algo importante para conseguir las metas que nos fijamos. Aunque no debiera estar reñido con la humildad. En Estados Unidos tenemos dos palabras que hacen que sea imposible un comportamiento como el del pueblo japonés: ¨Ganadores y perdedores ¨.  Todo el mundo quiere ser un ganador, tener un buen trabajo, un buen sueldo, una casa grande, una mujer guapa, hijos guapos…y quien no alcanza esos absurdos estándares de calidad pasa a ser irremediablemente un ¨perdedor¨.
-El problema de vuestro pueblo es que no está acostumbrado a perder. Las derrotas son duras, pero enseñan más que las victorias. ¿Haces este trayecto todos los días?
-No todos. Por suerte, hay muchas cosas que las puedo hacer mediante teletrabajo desde casa. También dependiendo de la fase en que nos encontremos en cada momento casi trabajo veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Este ritmo no lo aguantaría si no tuviese esas pequeñas prebendas.  Ya hemos llegado, esa es la entrada del Brookhaven National Laboratory.
Hola Carl, hoy traigo un colega que estará con nosotros un par de semanas: El Doctor Akira Abbe, adscrito a la Universidad de Tokio. Su tarjeta de identificación debe figurar en tu archivo, como colaborador.
- Si me permiten que compruebe sus datos. Efectivamente, aquí está. Le ruego que me disculpe, es la primera vez que tenemos que realizar esta comprobación. Usted debe haber recibido un código de identificación coincidente con el que me figura a mí.
    -Sí. Es: 57RW2190, responde sin titubear Akira,
-5, 7, R, ¿me ha dicho V?
-No. Se equivoca. Lo que he dicho es W.
-Entonces: 5,7,R,W,2,1,9,0. Perfecto Doctor Abbe, aquí tiene su tarjeta de identificación... Muchas gracias por su paciencia, y le deseo una grata estancia en Brookhaven.
-¿Sabe si han llegado las dos personas que vienen del Jet Propulsión Laboratory de la N.A.S.A.?
-No, no han llegado todavía, Doctor Wainwraight.
-¿Sería tan amable de avisarme cuando lleguen? Me acercaré a la entrada para recibirlos.
-Tan pronto estén aquí, le llamaré a su despacho.
-En caso de que no contestase es posible que me encuentre en el acelerador.
Iremos a presentarte a nuestro director, el Profesor Rusell.
-Me parece lo correcto. Debo decirte que estoy impresionado por las numerosas medidas de seguridad de las que disponéis.
-Pues en el hall aún te queda una más. El maldito escáner de retina para acceder al acelerador lineal.
-Tal vez estáis convirtiendo en oro núcleos de cinc cargados, acelerándolos contra cobre, sonríe el japonés.
-Ahora que lo comentas, tantos esfuerzos para descubrir los misterios de la física y cuanto más rentable sería una piedra filosofal. Pero desgraciadamente, no es nuestro caso. Eso lo hacen en Wall Street, disponen de una tecnología sin parangón en ningún laboratorio.
    -¿Lo dices en serio Marcus?
    -Es una broma: los brokers son capaces de transformar en oro cosas que aún no existen, o simples ladrillos que se terminan vendiendo a precios increíbles. Eso sí que es tecnología, y no lo que hacemos nosotros. Este es el despacho del Profesor Rusell.
    -Nos honra con su presencia, Doctor Abbe.
    -Al contrario, Profesor Rusell, son ustedes los que me han brindado una oportunidad, de la cual no estoy seguro de ser merecedor.
    -Su fama le precede, mi querido amigo. Seguro que nadie le ha regalado nada, de manera que no se quite méritos, ya habrá muchos que se encargarán de hacerlo a lo largo de su vida.
    -¿Les parece si nos volvemos a reunir para la calibración definitiva del AMS? Cuando estén listos me avisa, Marcus.
-Por supuesto Profesor. Mientras tanto me gustaría presentar al Doctor Abbe al resto de nuestra gente.
-¡Vaya!, ¡vaya!, presénteselo. Nos vemos después.
-Al final del pasillo se encuentra mi despacho y a continuación el de Mat y María.
-Me han informado en Japón que actualmente son cuatro personas las que trabajan en este proyecto: Mat, María, Jake y por supuesto tú Marcus.
-¿Cómo puedes saber eso?
- Parte me han informado y otra parte está al alcance de cualquiera en Internet. Hoy en día puedes encontrar casi cualquier cosa que necesites en la red.
-María, Mat, os presento a nuestro nuevo colaborador de la Universidad de Tokio. Como ya sabéis es el Doctor Akira Abbe.
-Siempre es bueno contar con refuerzos de su categoría.
-Muchas gracias, Mat, respondió Akira dejando atónitos a todos los presentes.
-Es increíble que sepa cómo me llamo.
-Siento decepcionarlo, pero Marcus me ha anticipado sus nombres antes de llegar.
-Y, dígame, Doctor Abbe ¿qué es lo que le ayudó a determinar que siendo yo un hombre no era María?
-Que aunque la Doctora no lo recuerde, ya habíamos coincidido en un congreso.
-Me debo disculpar entonces por mi mala memoria, Akira ¿Puedo llamarle Akira?,
-Sólo si yo le puedo llamar a usted María.
-Por supuesto, Doctor Abbe, ríe ella.
-Mat, me gustaría que me llamaseis Akira.
-Disculpa mi me memoria, Akira, pero no alcanzo a recordar en que congreso nos conocimos.
-Fue en el dos mil seis, María; en el C.E.R.M, en Suiza.
-Ahora me acuerdo, nos presentó Hans Zimmer.
-Efectivamente. Me alegro que lo recuerdes. Nos reímos todos mucho en aquella cena. En especial de mi acento japonés.
-Esa parte no la recuerdo, soy un poco selectiva para memorizar.
-Sólo me queda por presentarte a nuestro último colega, les interrumpo contento de la sintonía entre todos. Algo muy diferente a lo ocurrido con el Doctor Siwon.
-Debo suponer que es Jack, insiste Akira en su demostración de cordialidad.
-¿Qué te han parecido Mat y María?
-Han sido muy amables. Parecen personas muy dinámicas.
-Me alegro que pienses así. Aquí está el maldito scanner. Déjame ver una cosa.
-¿Para qué sacas un cleanex, Marcus?
-Ahora lo verás.
-Lo ves. Suele ser como una novatada para los nuevos.
-¿Pintar el soporte dónde te apoyas para el escáner?, pregunta sorprendido Akira.
-Sí, mira que círculo negro tan bonito llevarías alrededor de tu ojo.
-Me tendré que acostumbrar a vuestro sentido del humor.
-Me lo puedo imaginar, Akira.
-Parece que no me reconoce, Marcus.
- Tal vez no hayan volcado tu mapa de la retina a la base de datos. ¿Me permites un momento para que te ayude a intentarlo otra vez? Intenta poner tu cabeza más horizontal, tu pupila es más pequeña y con tu altura te inclinas demasiado ¡Eureka, ya está! Sólo nos queda bajar en el ascensor. No son muchos metros, llegamos enseguida.
-Buenos días Jake, querría presentarte al Doctor Abbe.
-Bien venido Doctor Abbe.
-Si no te molestas, Jake prefería que me llamases Akira
-¿Está todo listo para la última prueba del detector de antimateria?, pregunto nervioso.
Una vez acabadas las presentaciones, te dejo aquí abajo para que te vaya poniendo al día Jake.
    ¡Ah, se me olvidaba! ¿Los de la red eléctrica siguen manteniendo como buena hora las once?
    - Calculan que habrá menos consumo por iluminación y los edificios de Nueva York y Long Island ya habrán reducido el gasto en calefacción e esas horas, responde Jake.
    -Entonces sólo disponemos de una hora escasa. Había quedado con los de la N.A.S.A a las diez. Deben estar a punto de llegar. Os dejo, dice Marcus abandonando la sala.
    Ya devuelta me dirijo a junto de Mat para recriminarle por el jueguecito infantil con el scaner.
    -¿No te parece que la bromita de pintar el soporte del scanner de retina es un tanto pueril?
    -Estoy completamente de acuerdo contigo Marcus. Debemos encontrar otra broma más creativa para los novatos.
    -Lo que debes hacer es dejar de hacer esas tonterías.
    -Te sorprendería saber quien lo ha hecho, insiste él.
    -Bueno. Ahora no es el momento para esto. Estamos en menos cincuenta y siete minutos.
Disculpadme, está sonando el teléfono de mi despacho, ya deben estar aquí. ¿Sí?, respondo a la llamada.
-Doctor Wainwraight, ya se encuentran aquí los dos Señores del Jet Propulsión Laboratory.
-Ahora mismo voy a recibirlos al hall. ¡Qué largo se hace este pasillo cuando tienes prisa!
-Buenos días, soy el Doctor Marcus Wainwraight.
-Él es el Doctor Stanley Keitel, y yo soy el Doctor Graham Smith.
-Me alegro de que se encuentren aquí con nosotros. Durante el proceso de fabricación del AMS había estado con su jefe, el Profesor Lutensky.
-La verdad es que somos muchas las personas y centros los que integramos este proyecto, con el objetivo de asomarnos a los orígenes de nuestro universo. ¿Quién sabe lo que nos aportarán las mediciones del AMS?
-Si les parece bien les muestro como se encuentra todo, y después vamos a la sala donde recibimos todos los datos del acelerador. Hemos desarrollado un software para poder ver en paralelo los datos de radiación gamma que obtenemos directamente nosotros y los que determine el AMS.
-Permítanme un momento. Profesor. Rusell estamos listos, ya se encuentran aquí los doctores del JPL. Disponemos de treinta y dos minutos.
-Ya voy hacia ahí. Por cierto ¿nuestro amigo Akira tiene bien su ojo?
-Sí. En apariencia está bien, el escáner lo ha reconocido después de varios intentos.
-Me refiero al contorno de su ojo, no a la retina, Marcus.
¡No me lo puedo creer! El Profesor era el bromista del scáner.
-Cómo podrán ver no ha sido nada fácil la ubicación y las conexiones para hacer fiables las medidas y evitar todas las interferencias posibles, incluido los rayos gamma procedentes del espacio, les comento a nuestros invitados.
-Ya nos sorpendieron los primeros datos que nos habían enviado. Francamente, han hecho un magnífico trabajo. Estamos muy satisfechos de la colaboración del Brookhaven. Confiemos en que los datos que analizarán ustedes a partir de su lanzamiento nos puedan aportar muchas respuestas.
-Hola Marcus. Buenos días caballeros.
-Les presento a el Profesor Rusell, nuestro director. Los Doctores Graham Smith y Stanley Leiter.
-Debo agradecerles que se hayan tomado la molestia de cruzar el país para estar hoy con nosotros.
-Más bien es al contrario Profesor. El agradecimiento es nuestro por brindarnos esta ocasión.
-¿Todo bajo control, Marcus?
-Aún no son conscientes de ello, pero hoy estamos dando el primer paso para cruzar esa evanescente y vaporosa frontera entre lo que creemos que existe y lo que realmente existe. Gracias a todos por sus generosos esfuerzos.
    -Profesor, estamos en marcha. Recibiendo los primeros datos de estado del sistema: ganando energía, AMS estable, curvas emisión gamma y detección correctas.
    -Va todo perfecto Jake, gran trabajo.
    -¡Primeros impactos y medición correcta!
    ¡Fantástico Marcus!
    No me lo diga a mí, Doctor Keitel, son ellos los que han obrado este milagro. De todas maneras acabamos de empezar, y durante unos días debemos procesar los datos nuevamente para darles el o.k para su lanzamiento.
    -Nos quedan quince segundos y cortamos.
    -Bien Jake.  Mat, ¿qué tal tus lecturas?
    -Debo repasarlas con calma, aún así, a primera vista parecen mejor de lo esperado.
    -¡Iniciando proceso de desconexión!
    Todos estaban exultantes por el trabajo bien realizado, y quizás porque sus egos hoy habían crecido un poco convencidos de estar haciendo algo para lo que pocos mortales se encuentran capacitados tras muchos años de estudios, muchas horas robadas a sus jóvenes vidas. Y ahora, estaban tratando de escribir en el libro de la historia de la humanidad, en el que muy pocos son los llamados.
    Marcus se disculpó ante todos al dejar la mesa alegando una cuestión de carácter personal de vital importancia. Le preguntó a Akira si quería que lo llevase al hotel o prefería que alguien le acercase más tarde. El Doctor Abbe intuyó que las prisas de Marcus eran motivadas por algo importante, de tal manera que optó por continuar la celebración con sus nuevos compañeros.
    Una vez se había despedido de todos salió con el turbo de su coche silbando para llegar a tiempo a su cita con Jess y Nu en el Waldorf Astoria. Debía variar mínimamente su ruta de vuelta hacia la cuarenta y dos este. No le entusiasmaba especialmente la idea de tener que cruzar el río a través del túnel subterráneo. Si cada vez que lo hacía sobre el puente Williansburg pensaba en la posibilidad de precipitarse al río, en el caso del túnel, se imaginaba como una pequeña fisura iba cediendo debido a la presión del agua, hasta dejarlo inundado en su parte central. En su mente se proyectaban las imágenes de la gente abandonando los coches y huyendo hacia los extremos del mismo, que eran las zonas más altas mientras el nivel del agua subía irremediablemente, y la iluminación se terminaba extinguiendo hasta el punto en el que sólo las luces de los faros de algunos coches sumergidos continuaban alumbrando bajo el agua hasta que la oscuridad se terminaba adueñando de todo.
    Un camión le deslumbró devolviéndolo a la realidad de su viaje; eso, y un atasco kilómetros antes del puente. Iba un poco justo de tiempo y su nerviosismo no hacía más que crecer, se sentía como una fiera enjaulada. No podía hacer absolutamente nada para ir más rápido. Respiró hondo: una vez, dos veces, y expiró lentamente, muy lentamente. Ahora se encontraba un poco mejor. Ya veía la entrada del túnel, parecía un anticipo de lo que le esperaba, el mundo subterráneo; con sus misterios, sus peligros.
    Como Jonás se encontraba dentro de las entrañas de ese leviatán que tanto le atemorizaba. Si todo iba bien sería poco el tiempo durante el cual tendría que aguantar esa angustia. Se animaba esperando que su esfuerzo tuviese por premio la expresión de la cara de Nu. Aunque puede que no estuviese siendo sincero consigo mismo, tal vez compartir un momento tan especial con Jess podría ser algo mágico. Y seguramente era así después de dos días sin verse con Katheryn, incluso desconocía si seguía todavía en la ciudad, lo que no parecía preocuparle especialmente, esta vez.
    Estaba siendo regurgitado nuevamente a la superficie, allí donde él sentía que tenía suficiente espacio para respirar. Sólo quedaba girar a la derecha en dirección Park Avenue. Aquí fue donde había pasado parte de su infancia y donde sus padres todavía vivían. Eso, cuando no están en la casa de los Hamptons. Ya vislumbra el horrendo armazón que sustentaba los carteles que mostraba la frase “The Emprie Room “, en alternancia con figuras clásicas, todo ello en color dorado, con un inequívoco objetivo: asociar el hotel Waldrof Astoria a una manifestación de lujo y estatus. Cuando menos era algo antagónico que un entramado de tubos y de andamiaje obstaculizasen parte del tránsito de las aceras, dando sensación de encontrarse en rehabilitación. Marcus pensaba que la gente iba solamente mirando hacia arriba para olvidarse de las miserias a ras de suelo en la ciudad de los rascacielos. Finalmente consiguió aparcar. Eran las cinco y cuarenta y siete. Salió corriendo del coche y continuó sin parar hasta la cafetería del hotel. Un trayecto que le resultaba muy familiar debido a las tardes de café pasadas en su infancia con su madre y las amigas de ésta. Unos pocos pasos más. ¿Sería demasiado tarde?, ¿las habría defraudado?
    -¡Marcus, has venido!, ¡has venido!
    -¿Cuándo te he fallado, mi niña? ¡Qué guapa estás, Jess!
    -Gracias Marcus. No sabes cuánto me alegro que estés aquí. Significa mucho para nosotras.
    -También para mí.
    -Debemos ir hacia el hall, ya son menos diez.
    -Ya vamos, Nu, no te pongas nerviosa, cariño.
    -Buenos días, ¿eres Nu?
    -Sí. ¿Y tú eres el Señor que nos acompañará a ver el vagón?
    -Efectivamente. Soy Ton Harrison, del departamento de relaciones externas de Amtrak
    -¡Mamá, mamá! Este es el Señor Harrison, el que nos llevará a ver la estación.
    -Es un placer, Señor Harrison.
    -Por lo que me han comentado de su familia, y en especial de su hija, le puedo asegurar que hoy es uno de esos días que mi trabajo cobra el mayor de los sentidos.
    -Discúlpame Marcus, no te he presentado. Señor Harrison, este es nuestro buen amigo y vecino el Señor El se… No sé tu apellido, susurra ruborizada Jess
    -No hace falta. Soy Marcus.
    -¡Yo lo sé mamá! Se llama Marcus Wainwraight.
    -Le ruego me sepa disculpar, pero ¿no será familiar de los Wainwraight de Park Avenue?
    -Me temo que son mis padres.
    -A quien conozco es a su sobrina. Mi hermana vive cerca de la casa de sus padres y cuando la vengo a ver me cruzo a veces con Paule. Es una niña maravillosamente extrovertida, todo el mundo la conoce. Además debo decir que es guapísima. Nadie diría…
    -¿Qué es autista? No. Nadie lo diría. Pero no hace falta que lleve un cartel en la frente. ¿No le parece?, expreso mi frustración sin darme ni siquiera cuenta del tono de mis palabras.
    -No quería decir eso.
    -Lo sé. Le ruego que me disculpe Tom. Trato de protegerla tanto que a veces el dolor supera a la razón.
    -Al contrario, yo he sido bastante torpe.
    -No sabía que tenías una sobrina autista. Yo trabajo para una asociación de autismo. Tantos años de vecinos y nunca me lo habías comentado.
    -No creo que sea algo que deba ser comentado, Jess. Te imaginas: hola me llamo Marcus y mi sobrina es autista.
    -¡Chicos, tiempo muerto! Mamá no es la hora de hablar de tu trabajo.
    -Tienes razón Nu
    -Bueno Ton, es el momento de que nos guíe por este pasaje tan intrigante de las historia, apunta Jess con el nerviosismo del que no sabe lo que habrá al otro lado de la puerta.
    -Debemos dirigirnos al parking, desde ahí bajaremos en el ascensor que utilizaba el presidente Roosvelt.
    -Sí, para evitar que viesen su silla de ruedas.
    - Muy bien, Nu, seguro que sabes más que yo acerca de esto.
    -¡Qué emoción!, se están abriendo las puertas del ascensor. Es como una máquina del tiempo. ¿Qué nos encontraremos en la estación?
    -Un vagón, y si tenemos suerte algún indicio que nos pueda ayudar para saber quién de nosotros tres gana la apuesta, afirmo con el escepticismo del que no espera nada.
    -Si lo desean, pueden entrar en el ascensor.
    -¡Uauu, sí que es grande!
    -Debes saber que el ascensor de tu casa está pensado para cargar con ocho niñas como tú. Éste podría hacerlo con casi ochenta. Al fin y al cabo una limusina presidencial no cabe en cualquier sitio.
    -¿Qué necesidad había para que tuviese una capacidad de carga de tres mil setecientos kilos. Un coche no pesa tanto ¿Podría ser que transportase algo más?, insisto por deformación profesional, habituado a los cálculos y las hipótesis.
    -El ascensor, debía tener un margen de tolerancia por cuestiones de seguridad. No lo podría confirmar, pero creo recordar que la limusina Pierce Arrow de mil novecientos treinta y dos pesaba unos dos mil quinientos kilos. En consecuencia, Señor Wainwraight puede que esté en lo cierto. Cabría pensar que había posibilidad de trasladar en su interior unos mil kilos más. Ya hemos llegado.
    Todos contuvieron la respiración: ¿Qué les reservaría este viaje?, ¿descubrirían algo que les pudiese orientar sobre del uso de la estación?, ¿sería como se lo habían imaginado? En tan solo un par de segundos tendrían parte de las respuestas ante sus ojos. Justo el tiempo que las puertas tardarían en darles paso a un mundo y un tiempo muy diferente al que se encontraban ahora. En la estación el reloj del tiempo se había olvidado de seguir marcando el transcurso de los años hacía ya bastantes inmovilizado por el óxido producto del recuerdo de los años ya vividos y olvidados en unas vías subterráneas. Allí estaba el vagón de un supuesto color azulado, difícil de definir por la falta de iluminación. Sus remaches indicaban que no era un vagón cualquiera, era blindado; sus reducidas ventanas nos hablaban de mínimos desplazamientos, por falta de ventilación o tal vez, incluso sólo con las mínimas personas necesarias para custodiar algo. El andén no suponían nada especial, era evidente que se había hecho con un fin práctico sin lujo innecesario alguno a pesar de que a pocos metros sobre esas vías se alzaba uno de os símbolos de la ostentación.
    -¡Ahí está el vagón! ¡Mira mamá, existe! ¡Existe de verdad! Es igual a como me lo imaginaba.
    -Como pueden ver, ya tiene unos años. La función para la que había sido creado, la de transportar al presidente desde Grand Central Station hasta aquí, no se mantuvo durante mucho tiempo. Se trataba de evitar que El Presidente Roosevelt se apease con su silla antes miles de pasajeros, al igual que de subirlo desde los andenes hasta una salida a casi treinta metros más arriba, cruzándose con gente saliendo y entrando tan cerca de él. Por eso se construyó esta estación presidencial. Una vez acabada su legislatura fue quedando relegada como una escapatoria de emergencia para los sucesores de Roosevelt.    
-¿Qué necesidad había de que el vagón fuese blindado?
-Cuestión de seguridad, Marcus.
-Me cuesta entenderlo. Utilizaba una limusina sin protección alguna aún cuando el vagón sí era blindado. Es más, sólo consideró la necesidad de utilizar su primer coche blindado a instancias del Servicio Secreto con posterioridad a el ataque a Pearl Harbort, años después de la construcción del vagón.
-Realmente esa cuestión se la debieran resolver desde el Servcio Secreto. Nosotros nos encargamos de las infraestructuras ferroviarias de las que somos propietarios, y el vagón, como indica la X de su lateral, es propiedad del Gobierno Federal.
-Entiendo, respondo nada convencido
-Ya está bien de hablar. Yo quiero entrar en el vagón, dice toda excitada Un.
-No hay ningún inconveniente por mi parte. Pero hay dos cuestiones:
La primera es que debes ir de la mano de alguien, no me gustaría que tropezases en las vías. La segunda es que como he dicho antes, no es propiedad de Antrak, y eso significa que no tenemos llave del vagón presidencial. Por desgracia dudo mucho que se encuentre abierto.
    -No te entristezcas Nu, nos acercamos y veremos que podemos encontrar.
    -Bueno, si no queda más remedio, mamá.
    -¡Venga Nu dame la mano y vamos para allá! Fíjate bien donde pones los pies, le sujeta fuertemente Marcus.
    -Pero no puedo ver bien donde piso, insiste la pequeña.
    -Esperen, por favor, les indico el camino con esta linterna.
    -Ahora sí que veo bien el suelo. Gracias Ton.
    -¡Ahh, por Dios, no…!
    -¿Qué te pasa mamá?
    -¡Una rata, una rata! No lo puedo soportar, es superior a mí.
    -Mi madre tiene fobia a las ratas.
    -Ton, quédese con Nu, agárrela bien. Respira hondo Jess, mírame sólo a mis ojos, sólo a mis ojos, ya estoy contigo, no pasa nada. Te voy a coger en brazos. Ya está, agárrate fuerte, te llevo a la entrada del ascensor, allí no habrá ratas, no les gusta la luz.
    -Vete con Nu, es su momento. No sabes cuánto lo siento, es algo que no soy capaz de controlar.
    -Lo sé Jess, tranquila ya ha pasado todo, le dijo Marcus acariciándole la mejilla.
    -Tu madre ya se encuentra bien. ¿Está abierto el vagón?
    -Parece que no. ¿Podría ayudarme?, pregunta Ton mientras intenta abrir la puerta del vagón con la linterna en su boca.
    -Vamos. A la de una, a la de dos y a la de tres. ¡Tira fuerte ahora!, anima Marcus tirando con toda su alma.
    -No es posible, está cerrado. Lo siento. Como ya les había dicho el vagón no es de nuestra propiedad.
    -Tengo una idea, dice Nu. Me podría subir en los hombros de Marcus y con la linterna podría echar un vistazo por la ventanilla.
    -Me parece que es muy peligroso. Si os pasase algo aquí dentro sería un gran problema para mí.
    -Por favor, por favor, Ton. Entiéndelo. No me quiero ir con mi madre sin haber visto lo que hay dentro del vagón.
    -Vale, yo te subo a los hombros de Marcus y me pongo detrás de vosotros para evitar cualquier caída.
    -Con mucho cuidado, Nu. Me agacharé y así os resultará más fácil.
    -¡Te tengo! Flexiona tus piernas, Nu y apoya tus pies en los hombros de Marcus.
    -Dame las manos, pequeñaja. Ya estás. Me levantaré yo primero y después tú. Listo, ahora te toca a ti.
    -Ya estoy, Marcus. Pero no te muevas tanto, es muy difícil aguantarse de pié sobre tus hombros.
    -Apoya una mano en el vagón y coge con la otra la linterna. Atento Ton.
    -¡Ahh…!
    -¡Nu, Nu! ¿Estás bien Nu?
    -Me ha caído la linterna. ¡Tranquila mamá estoy bien! Lo intentamos otra vez.
    -Con cuidado. Si no lo conseguimos esta vez lo dejamos, dice Ton preocupado
    -¡La tengo! ¡Tengo la linterna! Está muy sucio el cristal de la ventanilla, si no lo limpio no puedo ver lo que hay dentro.
    -¿Cómo lo vas hacer sin soltar la linterna?
    -Con la otra mano, Marcus.
    ¡No! Debes tener siempre una mano apoyada. Si te cayeses sobre un raíl te abrirías la cabeza.
    -Pongo la linterna en la cintura del pantalón. ¡Qué asco!, mi mano está horrible de la suciedad del cristal blindado. Voy a coger la linterna otra vez.  No puedo. Me duele la barriga. ¡Otra vez la gastritis no!
    -Voy a bajarte, Nu.
    -Si lo haces no te volveré a hablar jamás, Marcus.
    -Me da igual. Algún día lo entenderás. Si llevas un golpe nunca me lo podría perdonar.
    -Estoy viendo una caja fuerte abierta.
    -¿Estás segura?
    -Sí, Marcus. Y es bastante grande. Veo un libro sobre una mesa que se encuentra al lado. Creo que han arrancado hojas del libro.
    -Mira bien, Nu, fíjate bien, seguro que debe haber algo escrito. Pudiera ser un registro de entradas.
- Ahí no veo nada. Dentro de la caja hay un papel roto. Creo que tiene escrito las letras LEH. Tengo que bajar, me duele mucho la barriga. ¡La última letra es una N!
-Ahora lo haremos al revés: agáchate tú primeo Nu, te agarrará Ton. Cuando él te tenga me agacho yo también y bajas.
-Ya estoy. Ahora te toca a ti, Marcus.
-¿La tienes, Ton?
-¡Ya hemos acabado Jess!
-Tranquilos, me encuentro bien. ¿Estás bien, Nu?
-¡Estoy bien mamá, ya voy!
-No corras. Dale la mano a Marcus.
-Mamá, me duele mucho la barriga.
-Son los nervios, hacen que te duela más la gastritis. ¿Has conseguido ver algo?
-Nada interesante, sólo una caja fuerte, un libro y un papel que tenía unas letras que ponían LEH. No pude ver el nombre entero.
-¿Estás más tranquila Jess?
-No sabes cuánto te agradezco lo que acabas de hacer por nosotras.
-Al revés el que tiene que estaros agradecido soy yo por haberme dejado compartir este momento con vosotras.
-¿Qué les parece si subimos? Para mí ya han sido demasiadas emociones por un día.
-Estoy de acuerdo. Llévenos de vuelta al S.XXI, le sonrío a un agotado Ton.
-¡Qué rabia, no ha servido para descubrir nada!
-No sabes cuánto me entristece oírte decir eso, Nu.
-Lo siento Ton, pero es que seguimos sin saber lo que realmente llevaba el vagón. Aunque ha sido muy emocionante, pero creía que descubriríamos algún secreto.
-Tal vez te equivoques, mi pequeña Sherlock… Eres muy impaciente. Las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir
-Siempre me dices cosas muy raras. Parece que estoy hablando con un monje shaolin.
-Lo entenderás antes de lo que crees. No estés triste. Aunque ya te digo que tú no has ganado nuestra apuesta.
    -Sigues siendo muy complicado para una niña como yo.
    -Sin duda ha sido un placer compartir esta tarde con ustedes. Les dejo mi tarjeta para cualquier cosa que puedan necesitar. En especial a mi chica favorita. Marcus, nuevamente le ruego que me sepa disculpar por el malentendido inicial. Ahora sé porque su sobrina Paule es tan especial.
    -Gracias, Ton. Soy muy consciente de que todo lo que ha hecho hoy va más allá de su deber.
    -Chicas, ¿os parece si vamos en mi coche a casa? Lo tengo aparcado aquí cerca
    -¡Genial, Marcus! El metro me gusta, pero a veces hay gente que asusta un poco.
    -Teníamos pensado volver en taxi, interrumpe Jess a su hija.
    -¿Quieres decir que las dos iríamos en un taxi?
    -Efectivamente, mi pequeña intrigante. La estrategia para darle pena a Marcus ha estado bien de todas formas.
    -¡Qué coche más chulo tienes Marcus!
    -¡Tú sí que sabes lo que es bueno, Nu!
    -Mamá, ves como el color negro es más bonito que el amarillo de los taxis.
    -Estás tentando tu suerte. Aún estamos a tiempo de volver en el metro.
    -Tengo una sorpresa para ti, Nu. O mucho me equivoco o el hecho de que hubiese una especie de libro con hojas arrancadas y una caja fuerte sólo demuestra que esa caja transportaba algo muy valioso, y que requería de algún tipo de registro. Es decir, nada de armas increíbles. Ahora la clave está en esas letras LEH.
    -Ya sé, Marcus: dinero, diamantes, oro.
    -Has dicho que la caja era muy grande. ¿A qué le llamas grande?, preguntó
    -Casi como tú de alto.
    -Está claro que los diamantes no ocupan tanto.
    -Pues tampoco era dinero, Marcus.
    -¿Cómo lo puedes saber, Nu?
    -Fácil: las estanterías eran barras paralelas. Si pones dinero ahí se ca… ¡Lingotes, lingotes de oro!
    -¿Ves como no fue en balde, pequeñaja? ¿Me prestarás a tu madre por una noche?, porque parece que el ganador voy a ser yo.
    -Aún no has demostrado que la teoría de mi madre no fuese la verdadera, que únicamente el Presidente Rossevelt viajase en él.
    -Al llegar a casa, si me dejáis cinco minutos, creo que podré demostrar que estoy en lo cierto.
    -¡Dímelo ahora!, anda dímelo ahora.
    -¿Qué te he dicho antes mi pequeño saltamontes acerca de saber hacer las cosas a su debido tiempo?
    -Muy bien sensei, ya sé que los niños debemos obedecer a los ancianos como tú, Marcus.
    -Fin de trayecto, Nu.
    -¡No, no!… De verdad que me portaré bien. Te lo prometo.
    -Ja, ja,ja. Te agradezco que te comportes como una buena chica, pero no te estaba echando del coche, simplemente, hemos llegado.
    Entre risas y chistes fueron caminando desde el parking hasta casa. Cualquiera que los hubiese visto diría sin duda alguna que eran una familia feliz.
    -Pasad por favor, necesito mi ordenador para ganarme una noche de teatro. Serviros lo que queráis, hay de todo el nevera.
    -Las letras LEH y oro sólo pueden significar una cosa: LEHMAN. ¿No os suena LEHMAN BROTHERS? Busquemos 1932 Lehman Nueva York. Y… ¡Bingo!: Herbert Lehman gobernador de Nueva York desde 1933-1942. Su padre vino de Alemania en mil ochocientos cuarenta y ocho para asentarse en Montgomery, Alabama.
    -Muy bien Watson. Absolutamente sorprendente. ¿Pero qué tiene que ver con el vagón y el presidente Roosvelt?
    -Dame unos días y te lo digo, Sherlock.
    -Está sonando tu móvil, Marcus.
    -Gracias Jess. No sé donde lo he dejado.
    -Lo he visto en la repisa de la entrada.
    Es Katheryn. ¿Qué hago ahora ?A ver si deja de sonar. Pues no. No me queda más remedio que contestar, sino, después de tantos días sin llamarnos pensará nuevamente que no quiero hablar con ella
    -Hola Katheryn.
    -¿Qué es de tu vida Marcus? ¿Ha ido bien el ajuste del detector?
    -Ya pareces mi jefe.
    -Pues tengo una idea para demostrarte que no tengo barba.
    -Yo nunca te he dicho que el Profesor Rusell tenga barba, respondió desconcertado.
    -Simplemente era una broma. ¿Te parece si cenamos en tu casa?
    -Mejor otro día Katheryn.
    -Tienes gente en casa, oigo voces femeninas. Si tienes un plan mejor ya nos veremos a mi vuelta a Nueva York. En ese instante mi cabeza parece querer explotar. El miedo a volverla a perder hace que me olvide de Jess dejando que decida Katherryn por mí.
    -No, que va, son mi vecina y su hija.
    -¿Tu vecina Jess?
    -Otra vez. ¿Cómo sabes su nombre?
    -¿No te acuerdas que Zoë dijo en la cena que la conocía, cuando tú mencionaste que tenías una sobrina autista?
    -Es cierto Katheryn. ¡Qué memoria tienes!
    -¿Nos vemos en un par de horas?, insiste ella. Sin duda ha decido por mí.
    -Será una cena tardía, insisto confiando en que cambie de opinión.
    -Marcus, quien dice una cena dice otra cosa.
    -Inevitablemente Jess escuchó la conversación .Se sentía incómoda y un poco traicionada, aún cuando Marcus y ella nunca se habían comprometido a nada más que compartir una pequeña aventura con Nu.
    -Nos tenemos que ir, Marcus, dijo de repente Jess, con un tono de voz triste que no lograba ocultar.
    -¿No será por la llamada de teléfono?
    -No, que va, respondió fingiendo como pudo. Es por Nu, mañana tiene colegio y debe acostarse.
    -¡Anda mamá! Podemos quedar un poco más.
    -Vamos para casa. Ha sido una tarde magnífica. Por más que te lo repita no sabes lo especial que ha sido para nosotras.
    -Siento que todo acabe así. Si queréis mañana puedo daros mis conclusiones definitivas.
    -Creo que estamos interfiriendo demasiado en tu vida y tus relaciones.
    -Me parece mal lo que has dicho Jess. Somos amigos. Y para nada interfieres en mi vida. Lo que no tengo claro es si yo interfiero en la vuestra.
    -Quizás ese es el problema. Interfieres demasiado, y para bien. En algún momento si tu relación con esa mujer del teléfono va a más, Nu lo notará y le hará daño. Respondió Jess dejando por primera vez sus sentimientos al descubierto cuando su hija se encontraba lo suficientemente alejada como para no poder escuchar la conversación
    -Entiendo…digo casi de forma imperceptible derrotado.
-¡Nu nos vamos!
-Buenas noches Marcus.
Marcus se había quedado con la sensación de estar jugando con las vidas de Jess y Nu. Aunque por más que itentaba recordar nunca se había comportado como algo más que un amigo, a excepción de el fugaz momento en la ópera en el que se habían cogido las manos. Aún así, se sentía culpable y veía a Katheryn como la causante de esta situación. Entre todos estos pensamientos se puso hacer una cena rápida. Katheryn llegó bastante puntual, a buen seguro porque no se había tenido que vestir mucho: un abrigo, la bufanda y debajo la ropa se reducía a su mínima expresión, realzada por unos tacones vertiginosos.
    -Tengo la cena hecha. ¿Te apetece cenar?
    -¿Quién quiere cenar?
Prácticamente estas fueron las últimas palabras antes de una maratón de sexo en todas sus variantes. Era prácticamente imposible rechazar un ataque de una diosa como esta. Hacía cosas que Marcus ni se hubiese podido imaginar. Él se preguntaba con cuántos había aprendido todo esto. Casi a las cinco de la madrugada hicieron de la cena un desayuno. Mientras comían Katheryn no paraba de preguntarle acerca de Jess. Él le explicaba que eran amigos debido a los años que llevaban viviendo uno al lado del otro. Ella insistía en que tuviese cuidado de hacerle daño, porque se encontraba en un momento delicado con la muerte de su marido tan reciente. Marcus dudaba si lo mejor sería tratar de reducir sus encuentros. Katheryn le recomendó que no lo hiciese de forma radical, si no sería peor. Después hablaron durante bastante tiempo sobre el laboratorio y sobre todos los avances que iban alcanzando. Él se sentía cómodo hablando del día a día de su trabajo. Al final, le dijo que tenía que recoger al Doctor Abbe en su hotel a las siete. Esto hizo que se levantasen a las carreras con las pocas energías de que disponían. Se ducharon juntos y, los roces casuales les hicieron que comenzasen enjabonarse mutuamente recorriendo cada curva, hasta que Marcus no pudo controlarse. En ese momento la mampara de la ducha demostró que no estaba diseñada para aguantar las impetuosas embestidas de Marcus. En un tiempo record estaban duchados... Ella se fue en taxi y él iba en una nube, nunca en su vida había recibido tal sobredosis de estímulos sensuales. Cuando llegó al hotel, Akira ya estaba en la acera esperándolo. El Doctor Abbe comentó lo agradable que había sido la comida y el buen ambiente que se respiraba en todo el equipo. De hecho el Profesor se había brindado a traerlo en su coche hasta el hotel, compartiendo sus diferentes puntos de vista sobre de todos los retos que quedaban por delante para llegar a conseguir el objetivo que se habían marcado. Ambos coincidían en que sería necesario un acelerador lineal mucho más potente y que la financiación debiera ser compartida por varias naciones. De no ser así los tiempos y avances se ralentizarían notablemente. Marcus, oía todo lo que le contaba Akira como si de un eco lejano se tratase. Él simplemente asentía en modo automático, y de tanto en tanto realizaba una pregunta insustancial con el objeto de mostrar interés. Hasta que el Doctor Abbe le pidió disculpas por inmiscuirse en su vida privada. Marcus no entendía el porqué, hasta que Akira le dijo que para las noches con gran actividad el ginsey era un gran reconstituyente.  Menos mal que ya estaban llegando al laboratorio y no les dio margen a profundizar en ese tema tan embarazoso. Revisaron juntos los datos de la calibración realizada el día anterior y concluyeron que todo apuntaba, a expensas de tener la totalidad de la información, que habían conseguido el objetivo. Posteriormente Akira se quedaría con María y Mat poniéndose al día de los avances logrados recientemente mientras, Marcus se fue para su despacho. No pudo evitar la tentación de buscar más información en Internet sobre el Gobernador Lehman. Si era cierta su teoría de que se introducía oro en ese tren con procedencia judía en un intento de escapar de la amenaza de un Hitler que acababa de llegar a la cancillería, ¿qué es lo que tendría que ver Herbert Lehman con todo esto? Después de mucho indagar y atar cabos llegó a una conclusión coherente: independientemente del consabido uso que el presidente Roosevelt realizase del vagón y la estación, aprovechándose de ser uno de los hijos predilectos de la ciudad de Nueva York, e igualmente, haciendo uso de sus relaciones fruto de sus vinculaciones familiares con la actividad ferroviaria, debía existir algo más que justificase la construcción de una estación y el uso de un vagón blindado. Todo hacía pensar que la propaganda nazi contra Roosevelt con el objeto de que no apoyase a Gran Bretaña en una previsible contienda sólo era respondida por el presidente americano en base a la sempiterna seguridad nacional, pero en ningún momento mencionaba el hecho de la persecución que comenzaban a sufrir los judíos. Muestra de su desafección con esa causa era que en su gobierno sólo había un judío, Henry Morgenthau, Secretario del Tesoro. Morgenthau intentó ampliar las cuotas migratorias de judíos que trataban de escapara de Alemania. Pero en su primer intento fracasó. En una segunda estrategia, urdida por el gobernador Herbert Lehman, ambos llegaron a la conclusión de poder variar esta cuota en base a aportaciones en oro a la Reserva Federal, en forma de bonos de los Estados Unidos de América. Para ello, la fórmula empleada, era que ciudadanos de intachable origen ario transportasen el oro en viajes de placer, para posteriormente alojarse en el Waldorf Astoria, desde el cual el oro salía en el vagón blindado MNCXOO2: El vagón del Roosevelt.
    No pudo evitar pensar en Jess e este momento y en sus palabras de la noche anterior. Siempre había pensado que cuando su corazón encontrase a la persona adecuada lo sabría y sería para toda la vida. La cuestión era que no resultaba tan fácil, su corazón no le había enviado la señal que él imaginaba como un gran anuncio de Times Square señalándolo Por desgracia existían una infinidad de matices y circunstancias que no hacían tan evidente la decisión de cuál sería la persona con la que compartiría el resto de su vida. En cualquier caso, Katheryn desataba sus instintos generándole una cierta adición; Jess, sin embargo, era algo muy diferente, existía una complicidad entre ellos carente de la necesidad de infinidad de explicaciones triviales.
    Su duda ahora era si se apartaba progresivamente de Jess, tal como Katheryn, y la misma Jess le habían insinuado, o por el contrario, se liberaba de la adicción al cuerpo de una modelo. La mejor forma que se le ocurrió para olvidar todo este debate interno fue contactar con Martin, el periodista del New York Times, al cual había prometido informarle de los hallazgos que hubiese realizado acerca del disidente ruso-español, Enrico Chekov, y su vinculación con el proyecto militar Montauk. Al fin y al cabo, Martin había sido generoso con él, facilitándole información de algo que a primera vista parecía exotérico. Ahora, sin embargo disponía de una historia que hablaba de uno de los presidentes más carismáticos de los Estados Unidos.
    -Martin soy Marcus, el amigo de Anne.
    -Hola Marcus. ¿Qué tal estás?
    -Muy bien. Te llamaba, para agradecerte el tiempo que me has dedicado en tus pesquisas.
-No hay de qué. Incluso ha sido divertido investigar algo tan fantasioso.
    - Esta vez tengo algo que te puede resultar de interés. Es sobre una estación secreta que Roosevelt se hizo construir en Nueva York.
    -Sí, Track 61. No me digas más Enrico-Chekov había dejado indicaciones de que ese lugar era un portal entre dimensiones. Ja, ja,ja
    -No te rías, puede ser una buena noticia. He estado en esa estación, y he visto el vagón MNCX002, en el que viajaba el Presidente.
    -Tienes buenos contactos, Marcus. No es nada fácil poder estar ahí abajo.
    -Dentro del vagón hay una caja fuerte de mi estatura, con un papel que ponía LEH.
    -No entiendo qué importancia tiene todo eso.
    -Martin, si tecleas en internet LEH, aparece Lehmam.
    -¡Lehman Brothers!
    -Exacto. Veo que ahora ya he captado tu atención, aseveró un poco enfadado.
- Lehman y una caja fuerte grande, sólo puede significar una cosa: dinero
    -Casi: ORO.
    -¿Cómo lo sabes, Marcus?
    -La caja fuerte estaba compartimentada con barras, que no permitirían almacenar billetes, pero si lingotes. Martin, pero hay mucho más. ¿Te parece si te lo envío a tu e-mail?
    -Si estás en lo cierto, menudo artículo me regalas.
    -Puede que tengas que tirar de la madeja un poco. Seguro que merecerá la pena.
    -Tan sólo te pido un favor, Martin.
    -¿Cuál?
    -Cuando publiques este artículo no olvides mencionar a una niña de diez años. Bueno once recién cumplidos: Nu Adams. Ella es quien ha descubierto todo esto.
    -¡Increíble!
    -No. Increíbles son ella y su madre, reconozco con cierto dolor.
    -Seguro que lo son. No te preocupes, te prometo que lo haré, si finalmente estas en lo cierto.
    -Gracias Martin. Es curioso.
    -¿Qué es curioso?
    -El plan que tiene la vida para nosotros. Si Katheryn no me hubiese tirado aquella copa, seguramente nunca te hubiese conocido.
    -Si el plan era una copa en el suelo, posiblemente no. Pero si el plan era que nos tuviésemos que conocer, puede que después de haber decidido la dirección en los diversos cruces a los que nos tenemos que enfrentar en nuestra existencia, tal vez, entonces, nos llegaríamos a conocer igualmente en otras circunstancias muy diferentes.
    -Supongo que sí, Martín.
    -Ya te iré llamando para mantenerte informado. Adiós amigo.
    -Adiós amigo.
    El día pasó con un sentimiento de tristeza que se adhería a cada uno de los poros de la piel de Marcus haciendo el aire denso, tan, tan denso, que comenzó a notar como si sus pulmones se transformasen en cartón, y un corazón sin sangre se resquebrajse como el cuero seco. En el interior de su cabeza sólo escuchaba el sonido que producía la circulación de la sangre en sus oídos. Abrió la ventana buscando un aire más “líquido “y fresco. Se quedó apoyado mirando al parking: ¿Dónde estarás?
    Unas horas después había llegado el momento de volver a casa con su compañero Akira, prácticamente en silencio. Silencio que su compañero respetaba. El rostro de Marcus era como las ventanas abiertas de un viejo edificio que muestra la nostalgia de un tiempo feliz ya pasado. Recorrieron el camino de vuelta en la complicidad que sólo se manifiesta cuando el silencio entre dos personas no resulta incómodo: Princenton Avenue; la autopista 495; pasando por la población de Islandia, tal vez fruto de los supuestos primeros descubridores de América del Norte a manos de Erik el Rojo y sus huestes. Continuaron como todos los días su viaje cerca de Jericó, sin ninguna trompeta judía derrumbando los muros de la ciudad; indicador de aeropuerto de La Guardia, desvío a la 278 y puente de Williansburg; finalmente el hotel de Akira.
    Marcus no se atrevía a llegar a su piso viéndose obligado a un encuentro con Nu. Porque en el momento que ella escuchase las llaves en la puerta seguramente saldría al descansillo. Por ese motivo decidió preguntarle a Akira si le apetecía que cenasen juntos, a lo cual accedió agradeciéndole el gesto. Pero sobre todo por la manifiesta desazón que contemplaba en Marcus. Disfrutaron de una magnífica velada, hablando de sus vidas, sus anhelos… Hasta que llegó ese clímax en un encuentro entre amigos aderezado con un buen vino, en la que Marcus sintió que podía mencionar algo al respecto de su estado emocional. Sin duda, lo hacía de la misma forma que un niño pregunta a sus padres, conocedor de la respuesta, en la única necesidad de ratificar un deseo previo.
    -Para sorpresa de Marcus, Akira sólo le respondió:
¨Ama como ama el amor. No conozcas otra razón para amar que amarla. ¨



    



 




 


PODEMOS Marbella-San Pedro denuncia la existencia de 4 residencias de mayores privadas en suelo público municipal, mientras se carece de residencias públicas

Se han detectado aspectos “dudosos” en la concesión y cánones irrisorios.
La eliminación de las privatizaciones y la gestión pública de los servicios es una de las líneas básicas en PODEMOS, por lo que ha investigado uno de los aspectos cruciales en nuestro municipio: la carencia de residencias públicas de ancianos o, al menos, de plazas bonificadas en esas residencias privadas a cambio de la cesión de ese suelo de todos.
Uno de los problemas más importantes a la hora de crear una residencia pública es la falta de terrenos. El Trapiche del Prado se barajó como posible ubicación pero, tras 8 a
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