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El experimento Milgram          
Antonio Sanchez Varela. 21.12.16 
Corría la década de los sesenta cuando Stanley Milgram, psicólogo de la prestigiosa universidad de Yale publicaba su¨Estudio del comportamiento de la obediencia ¨, fruto de un experimento realizado años antes como respuesta a la sentencia de muerte dictada en Jerusalén contra Adolf Eichmann, uno de los mayores genocidas nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Milgran trataba de dar respuesta al comportamiento colectivo del ejército alemán, que amparados en lo que hasta ese momento parecía la más burda de las disculpas: ¨ Yo sólo obedecía órdenes¨, parecía tranquilizar las conciencias de un país, incluso la del resto del mundo, que desconcertadas no daba crédito a todas las barbaries que se descubrían con cada campo de concentración liberado, con cada fosa común abierta por las fuerzas aliadas. Pero cuando todo apuntaba a que  ese horror había sido producto de una férrea cadena de mando, apareció Stanley Milgran para dar la versión actualizada de la famosa frase de Jacques Rosseau, el cual estaba convencido de que ¨el hombre era bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompía¨. 

Visto lo visto, parecía que al bueno de Rosseau no le faltaba parte de razón, como finalmente demostró el controvertido experimento de Milgran, al que se prestaban dos voluntarios, que siendo uno de ellos un actor, decidían cogiendo unas papeletas quien haría de paciente y quien el alumno de un supuesto profesor. Como es obvio el actor siempre desempeñaba el mismo papel de paciente, mientras que el alumno debía ir activando unos electrodos en las muñecas del paciente cada vez que éste fallase las preguntas formuladas por el profesor. Lo sorprendente es que se empezaba administrando quince voltios y llegados a unos sesenta el actor paciente gritaba debido a un insoportable dolor en su corazón, rogando que interrumpiesen la prueba porque padecía una afección cardíaca. Llegados a este punto casi todos los alumnos le decían al profesor que no podían continuar. Éste aprovechando su imagen de superioridad les insistía que continuasen. El resultado fue que ninguno de los mil voluntarios dejó de aplicar corriente, llegando incluso a los cuatrocientos voltios. Determinado de esta forma que el ser humano lleva en sus genes la obediencia a esa autoridad en la que reconocemos la legitimidad para emitir juicios de carácter normativo. La cuestión es, ¿por qué reconocemos en otro esa superioridad?: por superioridad física, económica, intelectual… ¿Y cuánta será nuestra resistencia moral ante las órdenes de la supuesta autoridad?

La historia nos recuerda que los hechos más dramáticos han ocurrido debido a la obediencia ciega, y no por la desobediencia motivada por cuestionar esa supuesta autoridad. Como estamos viendo en cada nuevo atentado fundamentalista y en los partidos ultranacionalistas, que simplemente desean creer un mensaje milagroso que resuelva todos sus problemas siguiendo a un mesías.

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