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Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•9 usuarios en línea • Miércoles 20 de Septiembre de 2017

El Valorador
Capítulo II

El Valorador. 13.05.17 
Mario volvía de su partida semanal de golf compartida con esos que se suponía eran sus colegas de profesión. Se le había dado tan bien golpear a la bola como casi todas las tardes en las que esa corte que orbitaba a su alrededor, confiada en recoger las migajas de los muchos ¨bichos¨ que debía valorar subjetivamente, se dejaba perder o hacía la vista gorda ante la infinidad de trampas que el ¨Gran Mario¨ realizaba con maestría en un juego donde la etiqueta y el fair play debían imperar: palabras estas, que carecían de significado alguno para aquel hombre de ambición desmedida. Como cada miércoles la partida acababa en la casa club para narrar las incidencias de esos dieciocho hoyos acompañadas por unas copas: los grandes golpes, los golpes fatales, los siempre oportunos golpes de suerte. Pero…sobretodo las estrategias para que la ¨tela de araña¨ que iban tejiendo esos cuatro valoradores de daño corporal no dejase de crecer. Al fin y al cabo, entre ellos controlaban casi el ochenta por ciento de los seguros de tráficos de la provincia. De tal forma que unas veces perdía una compañía para que ganase otra, pero indefectiblemente siempre perdía el asegurado que había sufrido el accidente de tráfico, e indefectiblemente siempre ganaban ellos.

Risas y más risas, copas y más copas les fueron acercando al atardecer de un veintinueve de abril. Cuando salieron a por sus coches pudieron comprobar que el sol se había ocultado hacía más de media hora, lo cual hizo que la sinuosa bajada flanqueada por eucaliptos que estrechaban la calzada se hiciese más complicada de lo habitual. De repente, a la salida de una curva cerrada Mario vio algo, y sin tiempo a reaccionar escuchó el sonido de ese golpe que tantas veces antes le habían descrito en su despacho. A pesar del efecto del alcohol sabía perfectamente lo que había ocurrido. Su primera reacción fue pisar el acelerador y olvidarse de todo, ya que no parecía haber ningún testigo. Un atisbo de la poca humanidad que quedaba en él afloró con todas las copas que había bebido para hacerle bajar de su coche. En la penumbra de la cuneta había un bulto: ¨Que haya sido un perro, que haya sido un perro¨, se repetía al tiempo que lo que parecía un peto azul desveló la figura de una chica. Entonces, el pánico se apoderó de Mario, miró hacia todos lados en un intento de comprobar si alguien más había presenciado el accidente, después le tomó el pulso. Aquella chica regordeta estaba muerta, y en su coche la huella del crimen en forma de abolladura. Sin perder más tiempo la empujó por la ladera para que quedase oculta entre los árboles y continuó su vuelta a casa como cada miércoles, como si nada hubiese ocurrido.

Anotinio Sánchez Varela

 

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