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Cuando dejamos los valores en manos de quienes no los tienen
Jacinto Martinez Anton. 08.07.18 
Tradicionalmente han sido las religiones, en nuestro País la católica, las garantes y custodias de nuestros valores individuales y sociales.
El laicismo galopante de nuestra sociedad actual, lejos de haber cogido el testigo de la defensa de esos valores, como debiera haber hecho, los ha cedido a otras instancias como partidos políticos, medios de comunicación y otros grupos añejos.
Los nuevos “garantes” instrumentalizan, a veces de modo simbiótico, estos valores para obtener unos fines muy alejados de los mismos y a veces, muchas veces, opuestos. Con el poder que les cede o les tolera el Estado, dicen lo que debe hacer la sociedad y organizan grupos de presión que encorsetan y acomplejan la libertad individual, de tal modo que intentar ir contra esa corriente se vuelve una tarea imposible.

Los nuevos defensores de los valores sociales, se arrogan la autoridad “moral” de decirnos qué hacer, cómo y cuándo, aún cuando ello vaya en contra de nuestro sentimiento de moralidad o de las enseñanzas recibidas de nuestros mayores, mamadas en el seno de nuestra familia.

La estrategia es bien simple, se trata de construir manadas a las que dirigir en uno u otro sentido, según convenga a los intereses de cada momento; es decir, se fomenta y se incentiva una u otra corriente de opinión en base a unos supuestos valores que mañana puede que no sirvan. Pero no importa, mañana se cambian por otros, se desactiva esa manada y se activa otra para dirigir a la sociedad hacia otros objetivos.

Lamentable los valores básicos, pilares de toda sociedad civilizada, ya no son inmutables. Se cambian a conveniencia, lo que nos deja al albur de corrientes de opinión generadas en base a intereses cambiantes. Esto lógica y consecuentemente debilita a la sociedad como grupo cohesionado y deja al individuo absolutamente desprotegido.

Cuando se dejan, cuando dejamos, los valores en manos de quienes no los tienen, y a veces ni los conocen, estos no se perpetúan, no pasan de generación en generación y terminan por desaparecer, y con ellos, muy probablemente nuestra propia identidad, para convertirnos en una enorme manada, dirigida por los nuevos pastores.
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