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La Europa esclavista. El nuevo tráfico de esclavos
Jacinto Martinez Anton. 18.08.18 
Aunque en la memoria colectiva queda Norteamérica como principal país esclavista, el llamado viejo continente se implicó y participó de forma tan vergonzosa como notable en el trafico de seres humanos. En aquella ocasión los hombres y mujeres sometidos, procedentes fundamentalmente de África, no querían salir de sus pueblos o aldeas; eran secuestrados, encadenados y acarreados allí donde había demanda de mano de obra barata.
En la actualidad, hombres, mujeres y niños, salen de sus lugares de origen y abandonan sus raíces, forzados por una civilización que ha esquilmado a sus pueblos sumándolos en una espiral de pobreza, desesperación y en ocasiones también de guerra, tras las cuales están los intereses de otros países.
Son dos situaciones diferentes, en cuanto a la motivación que les puede impulsar a abandonar sus hogares, pero ¿lo son en cuanto a las acciones y motivaciones de lose países receptores y de los intermediarios in itinere?. Es frecuente oír o leer que necesitamos a los inmigrantes porque Europa, donde el crecimiento demográfico se ha invertido, necesita mano de obra. También es frecuente oír la justificación de la solidaridad que da pie a la demagogia para tapar comportamientos más que discutibles. Los políticos manejan al pueblo con argumentos de supuesta solidaridad, acallando opiniones en contra porque son políticamente incorrectas; sin embargo se reparten cuotas de inmigrantes, negocian subvenciones (en definitiva una forma de compra-venta) a cambio de número de personas.

Si hablamos de los colaboradores necesarios para que el migrante llegue desde su origen hasta su destino: mafias, ongs, partidos políticos, medios de comunicación e instituciones; en todos hay elementos incentivadores, mediante intereses de diversos tipos, que se arropan bajo el demagógico paraguas de la malentendida solidaridad. Las mafias explotan sin escrúpulos a aquellos que pueden pagar, no a los más necesitados y por tanto más merecedores de solidaridad, sino a los que tienen dinero para pagar, y los lanzan al mar donde unas ongs, necesitadas de mantener subvenciones y otras mamandurrias, hacen de “correo solidario” transportando a Europa la carga humana (que no humanitaria), a veces desde las propias costas de origen, desoyendo las leyes internacionales y el propio sentido común que indica que hay que acercarlos, por su propia seguridad al puerto más cercano. Próximos ya a las costas europeas entran en juego los intereses de partidos políticos y medios de comunicación, ávidos unos de notoriedad y propaganda unos, y otros de ingresos para su mantenimiento, eso sí, repito, siempre bajo el demagógico paraguas de la solidaridad. Finalmente las instituciones hacen el negocio final repartiéndose subvenciones y ayudas.

Todo este gran tinglado se monta al margen de las capacidades económicas de los países receptores, y, por supuesto, siempre a cargo de los impuestos de los que realmente producen y mantienen a sus respectivos países. Todo este tinglado se monta al margen de los migrantes realmente necesitados, que siguen muriendo de hambre en sus países de origen, porque no tienen dinero ni fuerzas para emprender la “búsqueda del dorado”, por mucho que se les prometan ingresos generados por los habitantes que trabajan y pagan impuestos en los países de destino. Todo este gran tinglado, que yo veo como un moderno tráfago de esclavos, con otros actores, con las mismas y con nuevas justificaciones, pero en el que subyace también, por mucho que se quiera disfrazar, el ánimo de lucro, es la gran vergüenza de la cuna del Estado de bienestar.

El sentido común nos dice que, al margen y además de devolver a África, al menos parte de lo que el primer mundo le ha robado de forma sistemática y secular, una regulación para que exista una migración ordenada que tenga en cuenta las necesidades de los países de destino, que ofrezca contratos de trabajo en origen y los exija en destino, va a tener más ventajas que inconvenientes tanto para los migrantes como para los habitantes de los países receptores.

Las migraciones se producen siempre impulsadas por necesidades primarias, y ¿que necesidad más básica que el hambre?. En migraciones previas, tanto a América como entre países europeos, las mafias han tenido poco recorrido porque fueron migraciones controladas y de algún modo ordenadas. Una migración regulada dejaría sin trabajo a las mafias, aunque también a algunas ongs convertidas en transportistas de las mafias, ya que no habría necesidad de que nadie arriesgara su vida cruzando el mar en una barcucha de plástico; obligaría a partidos políticos a trabajar por su país en lugar de dedicarse a estar en cartelera; dejaría a sabios tertulianos e interesados medios de comunicación sin lacrimógenos argumentos, y haría que las instituciones estuvieran al servicio de los ciudadanos que las sostienen con su esfuerzo y sus impuestos.

En fin, una migración regulada y ordenada acabaría con el gran tinglado que se ha montado alrededor de esta nueva forma de tráfico de esclavos.

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