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El hombre alto y delgado
Pedro Biedma. 20.08.18 
Subió al coche con ilusión, se abrochó el cinturón de seguridad y obligó a su acompañante a que hiciera lo mismo que él. Justo antes de arrancar, su mente recordó el episodio que aconteció un par de noches antes. Su rostro alegre fue adquiriendo, en cuestión de segundos, un gran gesto de terror. Se encontraba a punto de realizar el mismo recorrido y ya no existía una posible marcha atrás. Agarró con fuerza sus manos al volante, cientos de gotas de sudor recorrían su frente, pisó el acelerador y rezó porque no volviera a ocurrir.
El tráfico era intenso, muy intenso, como a él le gustaba, además su coche sin capota les permitía disfrutar de la cálida brisa que reinaba esa noche. Los ruidos ensordecedores procedentes del exterior le impedían oír lo que su acompañante quería decirle. Debía de tratarse de algo muy importante, pues no cesaba de gesticular y señalar con la mano. Entonces comprendió lo que sucedía y el miedo inicial se multiplicó por diez, conocía a la perfección la secuencia de los hechos que iban a acontecer.
Recorrió unos metros y justo a su izquierda surgió la figura de la otra noche, allí de pie, un hombre muy alto y delgado, con la cara desencajada por la ira, le realizaba señales amenazantes y le gritaba sin parar. No comprendía sus palabras pero seguro que no parecían ser agradables, las intenciones de ese hombre no eran buenas.
Por un momento pensó en parar y dirigirse a él, pero no, no podía hacer eso, apretó a fondo su acelerador, sin importarle la gran cantidad de coches que por allí circulaban y tras realizar una maniobra no permitida, cambió el sentido de su marcha. Pensó que lo había perdido de vista, pero al girar en una peligrosa curva, el señor volvió a hacer acto de presencia, en esta ocasión se mostraba a su derecha. Su rostro infundía aún más terror y un gesto amenazante no le hacía presagiar nada bueno. El hombre se dirigía a él gritando más fuerte y pasando una y otra vez su dedo índice por su garganta, en clara señal de amenaza.
Durante varios minutos intentó despistarlo pero siempre volvía a percibir su presencia, por su derecha, por su izquierda, hasta llegó a tenerlo frente a su coche, e intentó atropellarlo para que desapareciera de una vez por todas, pero resultó inútil.

Algo impedía con una fuerza descomunal que su auto lograse acercarse a él y golpearle. Lo peor aún estaba por llegar, su coche, de pronto, se paró, intentó ponerlo en marcha de nuevo varias veces pero todo fue en vano. Resignado desabrochó su cinturón y el de su acompañante, que por cierto demostraba tranquilidad y serenidad. Con mucho miedo bajó y lentamente giró la cabeza hacia la derecha, temiéndose el peor de los desenlaces. Su presagio se hizo realidad, a unos 15 metros el hombre alto y delgado, con la cara desencajada y sin parar de mover sus manos, corría gritando a su encuentro, ahora sí podía entender sus palabras. El terror le llevó a refugiarse detrás de su hermanito Juan, quien a sus cuatro años no comprendía muy bien lo que ocurría, mientras esperaba la inminente llegada de su enfadado padre, que gritaba con fuerza:
– ¡Paquito!, te voy a dar una que te vas a acordar de mí toda tu vida, ¿cuántas veces te he dicho que no subas a tu hermano pequeño a los coches-choques?, ¡no ves que se puede hacer daño!
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