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Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•4 usuarios en línea • Viernes 16 de Noviembre de 2018
La publicidad (4)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 09.09.18 
En esta esquina del mundo, que tan redondo les ha salido a algunos, no todo es publicidad para vender algo. También hay una publicidad que nos ofrecen gratuita, aunque después nos resulte cara. Es verdad que la publicidad nos la cobran en el precio de los productos o los servicios, pero, a veces, no nos la cobran, sino que la pagamos, cuando nos convertimos en servidumbre. Así nos despachan una cantidad de promesas y de principios biensonantes, pero que después nos chirrían hasta en los ojos, cuando podemos ver que las promesas y los proyectos son ilusiones del mismo tipo. Se trata de decirles a todos lo que todos quieren oír, aunque después todos, incluidos los profetas del bienestar, olvidan de una manera vertiginosa.
Es verdad que “las prisas son malas consejeras”, pero la celeridad de los olvidos se convierten en un caldo de cultivo que se olvida de sus raíces, de sus aspiraciones, de sus promesas, de sus proyectos.
Puede pasar que siempre nos esté pasando lo mismo, por “mor-” de la costumbre (como nos puede indicar la raíz o tema de la propia y mismísima palabrita latina). Si ya sabemos que nadie se preocupa de cumplir lo prometido, porque nos hemos acostumbrado a las ceremonias de la confusión, en las que todo el mundo nos habla de nuestro futuro, que, según nos dicen, estará seguro si lo dejamos en buenas manos; unas manos limpias que afloran desde excelentes mangas, que después descubrimos que por lo demás eran demasiado anchas. Unas mangas que otorgan a más de uno el insigne título de mangante.
Ahora, que estamos de zafarrancho, nos hemos encontrado, sin querer, una publicidad, en este caso política, que ya nos anunciaba un futuro inmaculado en nuestra convivencia nacional, con los demócratas de toda la vida. El mejor mundo de los posibles estaba al alcance de la mano con tanta facilidad como la que puede entrañar la de depositar una papeleta de votación en una urna transparente que se lleva consigo no pocas luces. En todas las publicaciones políticas, siempre, el presentar la mejor cara, como la de un pañil de deliciosas frutas, parece ser el cometido principal de la publicidad. Todos los partidos son insignes especialistas en mejorar nuestras vidas y, como si nunca hubieran roto un plato, o un pacto, intentan convencernos de las mejores propuestas para nuestro mejor futuro.
Somos nosotros, los “paganos”, los que tenemos que ver con quienes nos gastamos los cuartos, a quien le entregamos nuestra confianza. Sin embargo somos nosotros los que tenemos que tomar el trabajo de descubrir las verdaderas intenciones, ya que siempre los traiciona el inconsciente de alguna manera o por algún sitio.
En la publicidad de finales de los setenta, un partido nos presentaba el sumo bien para el futuro, pero se tuvo que andar ligero para cambiar el color “naranja”, porque era el color de los uniformes de los prisioneros de la cárcel de Guantánamo.
En otros casos, como aquel famoso de la OTAN, “De entrada, NO”, no tenía tanta magia ni ocultamiento, porque se vislumbraba ya cual sería la salida, ya que la gente recibía esa información con más transparencia de la que se suponía.
Siempre podemos observar, en general, aquel principio de un producto “arreglatodo”, que “lo mismo vale para un roto que para un descosido”. Y si nos fijamos un poco, podremos observar que en todos hay un cierto, o incierto, talante de hegemonía y singularidad; hay un encanto de ser los dueños del cotarro, que nos hacen pensar aquello de “la calle es mía” y así nos montan unos mítines, inmensos de participación para demostrar poder y más poder y que han sido respaldados por corrupción y más corrupción. Pero la publicidad se conforma con el sencillo “efecto halo” de la multitud que le es muy favorable. Y además le bastará a este superpoder con denigrar a los demás y aprovechar el enfrentamiento que le es tan rentable, aunque solo se sostenga en unos mantras simplones pero constantes que conforman las mentes. Ojito, ojito, que tenemos para rato
Así la publicidad política no necesita quebrarse la cabeza en confeccionar programas y realizar proyectos, sino solo en mover a la participación y recoger los votos deseados. (Continuará).
josemª
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