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El Nido - Los cuentos del abuelo Cayetano
Natividad Castejón Valero. 13.05.19 
Al abuelo le encantaba llevarnos al campo a la tita Mari y a mí, cuando éramos pequeñas.
Dábamos largos paseos subiendo a la montaña, respirando pureza y procurando no arañarnos las piernas con los matorrales.
Mientras, la abuela hacía las cosas de la casa.
Tendría yo unos 6 ó 7 años (y la tita uno menos), cuando una mañana de domingo, en primavera y en mitad del campo, el abuelo dijo:
- Veo, veo...
La tita y yo contestamos:
- ¿Qué ves?
- Pues veo, veo... un "nío".
El abuelo había encontrado un nido caído a los pies de un árbol.
- ¡Mira qué cosa más bonita!-, dijo cogiéndolo entre las manos con cuidado.

Y era verdad, era muy bonito... muy redondito y profundo, pero estaba vacío.

- ¿No hay huevos?-, pregunté yo.
- No, porque lo habrá tirado el viento, y a lo mejor todavía no había puesto la hembra los huevecillos...- me explicó.- ¿Pero a que tú no sabes una cosa?
- El qué... -pregunté curiosa.
- ¿A que tú no sabes quién enseña a los pajarillos a hacer su nido?

De repente me imaginé una escuela de pajaritos, con un profe canario delante de una minipizarra.

- Pues nadie...- me sacó de mi ilusión-, nadie enseña a los pajaritos a hacer su nido. Pero cuando llega el momento... ¡todos saben hacerlo, oye!. Lo construyen por instinto.

Yo pensé: "¡qué listos los pajaritos!". Y continuó:
- Van recogiendo ramitas pequeñitas, y las van poniendo poco a poco alrededor, formando un círculo perfecto, ¿has visto?

Yo no me podía imaginar cómo se podía hacer un círculo tan perfecto sin haber ido al cole y sin compás.

Pero el abuelo continuó explicando:
- Y cuando ya tienen el nido hecho, pues van y le meten esto que tú ves aquí -y señaló algo parecido a unos pedacitos de algodón-, que ellos lo recogen de una planta que florece ahora en primavera... Y para dejarlo más confortable todavía, se quitan ellos mismos algunas plumitas de debajo del pecho, y las ponen dentro también... o buscan pelo caído de animales, que en esta época cambian también la melena de invierno por la de verano... Y de esa manera, los huevos se mantienen calentitos, y cuando nacen los polluelos, no se dan contra las ramitas, que están más duras.

Yo no salía de mi asombro. ¡Pero qué listos son los pajaritos!

- ¿Y cuánto tardan en nacer? -preguntó la tita.
- Pues depende de cada especie..., pero los gorriones o los canarios suelen tardar unas 2 semanas. Son unos huevos muy chiquititos... así como la uña de mi dedo pequeño...

"Y mientras nacen y no nacen, la hembra se pasa tooodo el día y toooda la noche encima de los huevecillos, para que estén siempre calentitos. Sólo sale del nido para hacer sus caquitas, porque incluso para comer, la alimenta en macho la mayoría de las veces.

"¡Y cuando nacen los pollitos, son "mu feeeos"! -continuó el abuelo con una mueca como de asco-. Sólo tienen pico, ojos y un pescuezo así "mu" largo. Pero ni una pluma. ¡Nacen "desplumaos"!... pero a sus padres les deben de parecer muy guapos, porque nada más nacer, los alimentan por turnos. Se pasan el día dándoles de comer, o protegiéndolos del frío y del calor.

- ¡Aaahh! -, decíamos la tita y yo con los ojos muy abiertos.

- Siempre hay un polluelo que come más, porque es más "espabilao", y otro que come menos y se queda más chiquitillo, porque estira menos el pescuezo y los hermanos lo pisotean.

- ¡Oooh! -exclamamos la tita Mari y yo-, ¡qué malos los hermanos! ¿Y los papás no se dan cuenta?

- Supongo que no se dan cuenta, cariño, porque cuando los pollitos sienten un ruidito, levantan corriendo la cabeza, estiran así, así el pescuezo, y abren mucho en pico pidiendo de comer. Pero los polluelos se mueven mucho y cambian de sitio, y llega un momento en que los pobres padres ya están "mareaos", y ya no saben si le han dado 3 veces a uno y 2 a otro... o si han comido 4 y 1 no... pero bueno... no pasa nada, canija... esa es la ley de la Naturaleza: sólo sobreviven los más fuertes.

"Luego, en cuanto pasan un par de semanas más, ya no caben todos en el nido -continuó explicando el abuelo-. Y ya los padres los obligan a ir saliendo.
- ¿Ah, si? -nos asombrábamos la tita y yo.
- Sí, claro. Porque ya tienen todas sus plumitas, ya han crecido mucho, y ya abultan lo mismo que los padres, pero siguen pidiendo de comer... Y llega un momento en que los padres ya están cansados de tanto comer ellos para metérselo a los pollitos en el buche masticadito y todo...
"Así que poco a poco empiezan a traerles la comida entera, para que ellos aprendan también a comer.
"Y en cuanto pasa otra semanilla o así, los echan de casa y los obligan a volar.

"¡Qué horror!", pensé, poniendo cara de espanto. "Tan chiquititos, y los echan de casa..." No dije ni una palabra, pero mi cara debió de decirlo todo, porque el abuelo me explicó:
- Bueno, no es que los echen, pero sí que los animan a volar.
"Pero cuando uno se hace el listo y no quiere irse, entonces sí que lo echan -dijo haciendo con los dedos el gesto como si estuviera lanzando una bolita de pan al aire-. PERO ESO TAMBIÉN ES AMOR.

- ¿Cómo puede ser AMOR echar a tu hijo de casa? -preguntó la tita tan traumatizada como yo.

- Pues porque los pajaritos están hechos para volar. ¿Tú te crees que unos papás que han trabajado tanto en construir un nido tan perfecto... que han protegido a sus huevecillos y a sus polluelos de todos los depredadores y del frío, de la lluvia, del viento o del calor... y que les han dado de comer durante 3 semanas sin parar... no quieren a sus hijitos?

La tita y yo nos miramos. No tenía mucho sentido, la verdad. Parecía que sí los amaban.

- Pues los echan del nido porque A VECES TODOS NECESITAMOS UN EMPUJÓN DE LA VIDA, PARA ATREVERNOS A HACER ESO QUE HEMOS VENIDO A HACER.

Y colorín, colorado... este cuento se ha acabado.

Gracias, papá.

Natividad Castejón
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