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Maldita soledad
José Manuel González Huesa. 01.11.19 
La responsabilidad de un periodista va mucho más allá de intentar ser notario de la actualidad. El compromiso con su sociedad es irrenunciable. No vive al margen del mundo en el que vive y de lo que pasa a su alrededor. Hay experiencias personales que marcan y alguna te deja una impronta para toda la vida, como lo que me pasó con Manolita. Todavía sigo dando vueltas al asunto y ya han pasado unos meses. Todo ocurrió el domingo 9 de junio, el mismo día de la final de Rafael Nadal en Roland Garros, donde ganó su decimosegundo título parisino. El segundo set del partido de tenis estaba muy igualado y yo me iba poniendo nervioso, como si estuviera jugando, y eso que estaba en mi casa, en Madrid, viéndolo por televisión. Abrí la ventana, corrí el visillo para que entrara un poco de aire y de repente, vi a una señora mayor, de unos 80 años, bien vestida y muy peinada. Me llamó la atención que la ventana le llegara por la rodilla. 
Parecía subida a un taburete. La sorpresa surgió cuando puso un pie en el alféizar e intentó lanzarse al patio desde un quinto piso. Solo nos separaba la distancia que podía haber entre su ventana y la mía. No dejaba de mirarme. Y, por medio, el patio, muchos metros más abajo. Me quedé perplejo y solo dije: “Señora, tranquila, de un paso atrás, cierre la ventana y métase en casa”. Pensé que era algo pasajero pero a los pocos segundos volvió a asomarse a la ventana, subirse al taburete y poner otra vez el pie en el poyete. Volví a intentar calmarla, ella me miraba y dio un paso atrás pero se acercó a la ventana e intentó saltar de nuevo. En ese momento mi familia me ayudó. Mi hija marcó el 112 y yo les expliqué lo más sereno que pude la situación, y mi mujer bajó corriendo a avisar al portero del portal de al lado. Ella me observaba. Fueron unos minutos angustiosos. La suerte es que en poco tiempo vino la Policía y un agente entró en la casa gracias a la llave que le dejó el portero y todo pasó a estar bajo control de las autoridades públicas. Manolita salvó la vida ese día. El problema es que estaba sola y son cientos los ancianos sin compañía o abandonados a su suerte. En este caso ella no supo o no quiso comunicar a su familia lo que le estaban pasando. Esto es una llamada a la sociedad para que todos seamos conscientes del peligro que tenemos delante. Cada año hay más suicidios que muertes en la carretera. No puede ser. La soledad mata. El asunto merece ser tratado y provocar una reflexión en la sociedad. Hay que dejar de mirar para otro lado. Este artículo quiere ser un homenaje a las personas mayores, a los casos como el de Manolita que intentó suicidarse y solo la suerte y su falta de atrevimiento hicieron que fuera un intento más. No será el último.

José Manuel González Huesa, director de Perfiles y director general de Servimedia
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