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Crónicas del otro “Macondo” -Historias para ganarle al olvido-
Vinieron los gitanos

Cuentos y relatos globales. 10.11.19 
Para cada acción hay una reacción, y la reacción de un gitano es muy jodida
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.-
Empezaba a caer la tarde del jueves cuando volvieron los gitanos con su circo itinerante al pueblo. Hacía tiempo no venían. Recorrieron por todas las calles en medio de un ruido atronador con bombos, platillos, redoblantes y pífanos con los que anunciaban la exhibición de los más fabulosos acróbatas, contorsionistas,domadores,equilibristas,faquires, trapecistas, escapistas, mentalistas, magos, titiriteros, ilusionistas y malabaristas, jamás antes vistos. Las funciones, en vespertina y noche. Se darían en el Teatro Montecristo.
Un saludable alborozo se percibía en la gente y la emprendedora laboriosidad municipal dispuso del mejor ánimo para ir a ver el espectáculo que no regresaba desde los tiempos en que un faquir se enterró vivo en mitad de la plaza y resucitó a los tres días en medio de un concierto de turpiales, canarios y azulejos que se le paraban en los hombres y los presentes, con la boca abierta, perdieron el sentido de la realidad, del milagro, de la magia o del truco sin respuesta por lo que, sustituyendo el pánico por la fascinación y el hechizo de la proeza, en voz baja, entre conjeturas y más conjeturas cambiaron la idea de la muerte por la de un largo sueño del que es posible regresar si se poseían las claves del más viejo profeta hebreo. El asombro habrían de recordarlo por el resto de sus vidas como una sugestión del diablo por lo que no faltaron aquellos que, ante lo que vieron, rezaron el padrenuestro al revés como una efectiva a seguranza inquebrantable que hiciera huir al maligno pues sintieron en el ambiente un fuerte olor a plomo y a azufre derretido.
Desde la tarde que el circo de los gitanos desempacó en el pueblo su mundo de diversión deslumbrante y prodigiosa, los niños de la escuela solo hemos dedicado nuestras mejores horas de estudio a lo que todos comentan haber visto en él. Hablan del hombre forzudo que levanta en vilo una ancla de hierro de cuarenta y cinco arrobas, del clarividente de sombrero negro de nombre Borgetti que, mirando una reluciente y grande bola de cristal, adivina con exactitud dónde está lo perdido, lo robado y quién lo tiene y qué se hizo lo olvidado, llegando al límite de vaticinar cuál es el paradero actual del Mono Bolea, un desarraigado nativo que tiene setenta y dos años, tres meses y cinco días que se fue del pueblo diciendo ahora vuelvo, y que ubicó con puntualidad en el extremo meridional de un lejano sitio del Departamento del Cesar llamado Paulitas, donde vive y vende remedios y ungüentos que sanan las heridas del alma y bajan las fiebres del corazón…Comentan también del hombre que duerme a placer sobre una cama de clavos, del que se mete y se saca por la garganta una espada de doble filo sin que le pasa nada; del indio lanzador de cuchillos que con los ojos vendados rodea de puñales, de navajas, estiletes, dagas y machetes filosos el cuerpo glorioso de una niña precoz que a su vez sabe cuáles son las capitales de todos los países del mundo y que saca sin equivocarse y en un segundo la raíz cuadrada de mil cuatrocientos noventa y cuatro; narran de cuánto se estira el hombre de caucho, relatan a cerca de la actuación de un tal “Pájaro Verde”, el más acreditado ladrón que Barranquilla ha tenido, célebre entre los célebres por sus espectaculares mecanismos de evasión cuando está rodeado de policías; no faltan comentarios para el hombre meticuloso que ante dos testigos y el notario, mientras transcurre el espectáculo, de manera concienzuda y minuciosa se toma cucharada tras cucharada y en orden alfabético la más enmarañada sopa de letras. Son también atracciones del circo, cuenta la gente, el gallo que al cantar una y otra vez se le va el gallo; la vaca vieja rejuvenecida; el hombre que sabe dónde queda la gotera de la casa ajena; el que hace de tripas corazón; el que se ahogó en un vaso de agua; el que lleva una viga en el ojo por ponerse a mirar la paja en el ajeno; el muerto de miedo; el que se cogieran con las manos en la masa; el que para sentarse necesita dos sillas porque tiene doble personalidad; el hacedor de milagros con avemarías ajenas; el que sabe salirse por la tangente; el que duerme a los niños contándoles el cuento del gallo capón; el destrabado de largos trabalenguas; el repartidor de temas según la cara del loco; el hacedor de rayas en el cielo; el que sabe con precisión inglesa lo que vale la pena en el mercado bursátil de la vida; el matador de ideas con ron; la mujer descarada, es decir, sin cara y luciendo atrevida minifalda; además, la mona que aunque se viste de seda, mona se queda; dos palomas mensajeras con el correo atrasado de seis meses y a Káiser, Capitán y Lindbergh, tres inverosímiles perros fenicios que, con rigor científico, saben sumar, restar, multiplicar y dividir a la perfección.
Hoy, con carácter paternal, por la mañana, en fila india y por orden de estatura, el maestro de la elemental nos lleva al circo en función especial. Una alborotada alegría nos hace hablar a todos al mismo tiempo y la calle por donde caminamos rumbo al teatro, llena de voces, vive nuestra felicidad.
-Hay una gallina quiquiriquí italiana que pone huevos de oro- dice Mariano.
-Y una mujer a la que serruchan y cortan en dos mitades y luego la pegan y sigue viva- dice Aristóteles.
-Y un gitano que se saca por la boca centenares y centenares de cintas de colores- apunta Juan Edgardo.
-Y otro que con la mirada hipnotiza y eleva a las personas- manifestó Jaime.
-Y el de cabeza rapada que se toma un vaso de agua y se le sale por los oídos- expresa Lucas.
Desconcertado, todo lo anterior y más, vi en el circo por espacio de dos horas mientras mi corazón, henchido de felicidad, de temor júbilo, como pájaro recién cogido palpita acelerado y, mi poca razón de niño asombrado, no me explicó cada misterio en tanto que, embriagado por la evidencia del prodigio, miro asombrado que a la voz del domador preguntándole Káiser ¿cuánto es tres por dos? El animal, de un cajón repleto de números, saca y exhibe en su boca el número seis; y luego le ordena a Lindbergh, ¿cuánto es cinco más tres? Y el perro nos muestra el número ocho. Asimismo a Capitán le dice que divida el número diez entre cinco y el hermoso cachorro, moviendo el rabo, entrega su amaestrador un cartón rotulado con el dos.
Todo, en presencia del inexplicable fenómeno, acapara mi atención. Aplaudo delirante mientras Káiser, Lindbergh y Capitán, agachando humildes la cabeza parecen dar las gracias.
Acabó la función y con aire de satisfacción salgo del teatro recitando: dos por dos, cuatro; seis por cinco, treinta; cuatro por siete…, cuatro por siete…, cuatro por siete…, este…, este…Y me acuerdo de los perros y pienso que saben más matemática que yo pero me sirve de tonto consuelo decirme:
-¡Bah! Me han dicho que lo esencial en la vida es saber leer y escribir… ¿será verdad?... Bueno, si no lo es, la verdad es que ayuda muchísimo…
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