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Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•22 usuarios en línea • Martes 27 de Octubre de 2020

Crónicas del otro “Macondo” -Historias para ganarle al olvido-
La nevera de Antonio

Cuentos y relatos globales. 19.04.20 
*Agua fresca la da la tinaja, no de plata sino de barro. (Anónimo)
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Para historias, esta que así comienza… Acontece que, desde ahora y dicho con los requisitos e ingredientes del cuento, a fin de que todos conozcan este singular suceso, Antonio, en la obligatoria necesidad y ejercicio de refrescarse y quitarse la sed, tendrá que acostumbrarse a beber agua helada sacada de su nevera como desde hace algún tiempo suele hacerlo la gente civilizada y decente de Sabanalarga, su pueblo. Antes, él, la tomaba fresca y de la tinaja de la abuela quien la heredó de sus bisabuelos y estos, a su vez, de los tatarabuelos quienes fueran los primitivos dueños de la misma en la edad de barro y cuando el criollo y necesario “utensilio” del hogar, mucho más allá de la Época de la Conquista, fue considerado la más grande invención indígena junto con el desarrollo geométricamente progresista de saber nuestros nativos, el oculto secreto para dividir en dos partes estrictamente iguales, un calabazo dotando a esta (a la tinaja), de dos prácticas y útiles totumas como típicas piezas de una natural vajilla hecha de palo… lo que trajo en consecuencia la modificación total de una vida en la que la gente, en tiempos en que no existían los pozos artesianos, “acocorando” las manos, así bebiera el agua de las corrientes en los arroyos…
…¿Qué por qué digo que en adelante Antonio debe acostumbrarse a beber agua helada como lo acostumbra la gente civilizada y decente de Sabanalarga? –se preguntarán ustedes- … y la respuesta es de lo más sencilla, porque las cosas tenían que suceder como sucedieron…y sucedió que él, Antonio, en consideración al progresista desarrollo de su pueblo, invitando a amigos y familiares para que fuésemos testigos de lo que ahora narro, se compró una nevera.
Dicho hasta aquí lo anterior, esta historia no tendría ningún interés en ser leída por ustedes porque, en efecto, cualquiera, con su dinero, sobreviviendo a la socorrida expresión: “ estoy muerto de la sed; quiero agua helada”… sabiéndose vivo, se compra una nevera; pero el caso es que la legendaria tinaja que en casa de Antonio se usaba para, a totumeadas, mitigar la anónima sed que atravesaba el alma de los suyos en este clima ardiente sin límites, perdió desde esa vez su categoría de cosa acostumbrada y como trasto viejo inexpresivo, a falta de ser reemplazada de una manera más natural ya que ni siquiera estaba rota y todavía enfriaba, fue sacada de la cocina dando lugar y espacio a una “no frost” de empinada forma que, gracias a la locura de la tecnología, “habla” con voz de nevera diciendo en qué temperatura está y a cuántos grados bajo cero congela la cubeta de hielo y la gelatina… ocurriendo que tan pronto al fluido eléctrico él la conectó, con hiperactiva inquietud, a cada rato abre el susodicho aparato y mete la mano en ella para ver y sentir si enfría, cosa que no tenía necesidad de hacer con la tinaja de la abuela que, silenciosa y connatural, guardaba del barro cocido conque la crearon, la fantasía de refrescar el agua dándole a esta el milagro de quitar la polidipsia por ochenta días y ochenta noches…
A Antonio, con esta vaina de su nevera, toca decirlo, le pasó lo que a Pedro Marchena que, inmisericorde y hambriento, mató y se comió el gallo basto que le despertaba todos los días a las cuatro de la mañana, reemplazándolo por un reloj despertador equivocado y absurdo que, perdiendo lo peor que puede perder un reloj, extravió la noción del tiempo y, en tal caso, le despierta desorientado a mediodía con un timbrecito mecánico, maricón e inexpresivo que le hace levantarse apurado en tanto que el diáfano, sonoro y repetido clarín del colorado emplumada, en forma innata, metiéndosele por el oído derecho, que es por el cual más oye, le avisaba en forma exacta el deseo del amor mañanero…, placer que ahora no vive y que, en su voz, queda expresamente dicho cuándo, febril y conmovido, esto a su mujer expresa: “…ñerda mija, disculpa, fue que me cogió el día”…
Como lo leen, ha entrado así Antonio al mundo de lo mecánico y artificial colocando en un olvidado y desolado rincón del patio de su casa, la colonial tinaja que de sus ancestros patrimonio fuera, vasija imprescindible, buena por dentro y por fuera, doméstica constancia de cuando en Sabanalarga la vida era más serena que ahora y tenía la comarca algo de pueblo poético porque la gente, satisfecha en la dignidad y humanizada en la caridad, sin negarla ni venderla como pasa hoy, al fatigado viajero, bendita agua de ahí, de la tinaja de la abuela, regalaba, cuenco de cuatrocientas dinastías en la que, por orden de Dios, para aliviar la avidez del hombre , cabían todos los ríos y arroyos del mundo…
Hay una gran distancia histórica entre la “no frost” de Antonio y la tinaja que él recibiera de la abuela. A esta (a la “no frost”), le falta el toque humano del que nunca adoleció aquella (la tinaja), perdurable a la Guerra de los Mil Días y de la cual su abuelo, con una totuma rebosante de agua bendita que se bebiera asustado, se le bajó el miedo del bombardeo conque los amigables conservadores de Sabanalarga, hicieron correr, en tales furibundas calendas, a los liberales apenas armados de palos y de buena voluntad…
De veras, siento nostalgia por la tinaja de Antonio. Ha sido suspendida en el tiempo porque él, incorporándose a las costumbres de la gente de ciudad, de su “no frost” quiere beber agua que le destemple los dientes y que le obligue a decir: “No joda, agua helada está esta”…
…Ya nunca más volverá Antonio a tomar agua de la tinaja que le regaló la abuela porque, el extraño animal mecánico que compró, de raro origen y de desconocida historia, sin parentela familiar con él y sin partida de nacimiento en la ninguna mansedumbre de las manos que la fabricaron, hasta tiene el turbulento amanecer de descongelarse cuando se va el fluido eléctrico y, entonces, en la reyerta de un día caluroso y de subida sed que trepa y quema la garganta, qué triste y recordada se le hace a mi amigo la tinaja de la abuela cual cosa que en la cola del patio de la casa, duerme su derrumbe mientras Antonio y los suyos, ardiendo en el hipo de la incertidumbre, enojados y mirándose desconcertados unos a otros, se dicen: “¡No jodaaaaaa, a qué hora irá a vení esa hijueputa luz”…
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