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Educación, razón y corazón
Jose Maria Barrionuevo Gil. 21.06.20 
No es la primera vez que decimos que tenemos la cabeza hecha un lío. Pensamos, o nos podemos imaginar, que tampoco será la última. Que el mundo “está más liado que la pata de un romano”, como decíamos en aquellos años infantiles, en los que estábamos aprendiendo y en los que podíamos decir que no teníamos ni educación ni razón ni corazón, es un hecho. Y con esta hechura nos administramos los días que se nos echan encima y de los que no nos podemos apartar, aunque solo sea por ética y por compromiso, porque “tenemos el pecho de lata”, como los romanos.
De siempre se nos ha dicho que la educación es una ardua labor de minería con la que hay que extraer lo mejor de cada cual, hay que sacar los tesoros que llevamos dentro. Y lo decimos, a pesar de que se nos cambie el paisaje. Lo de cambiar al paisanaje, ya es otra tarea que puede encontrar mucha más dureza frente a nuestra bienintencionada labor de zapa.
Sabemos que la razón y el corazón están por ahí dentro, y que se nos perdone la manera de señalar. Sabemos que no es fácil acceder a esos tesoros, además por la delicada labor de no destrozar y arruinar la vena que de siempre nos ha parecido que nos daba la vida.

Nos podemos preguntar cómo desarrollar nuestra labor sin hacer destrozos irreparables, porque no se trata solo de atiborrar de eruditos conocimientos una valiosa geoda que nos hemos encontrado, sino de extraer una riqueza que nos llene de criterios para nuestra vida en común. Es cuestión de saber separar con discernimiento la vena, que nos da incluso la vida para nuestra mente, de la ganga, que nos resulta, además de pesada, de poco valor.
Si ahondamos y nos encontramos solo con la razón, tenemos que ser muy peritos para no creernos que lo hemos descubierto todo. La razón nos puede dejar fríos, porque sus fibras, lo sabemos, nos pueden  resultar  demasiado rígidas. Cuando la razón se deja llevar de aires de adoctrinamientos y de repeticiones, que resultan hasta machaconas, muchas veces se cristaliza y nos llena de sombras más que de luces. Así nos encontramos que hay costumbres que no nos dejan tiempo para pensar y  nos podemos meter en acciones o hasta ritos que no responden a una verdadera labor educativa, porque el vertido nos viene desde fuera y nos puede nublar la vista que necesitamos para gozar de una verdadera luz de la razón. La sola razón ha podido llevar a más de uno, y a muchos en grupo, a realizar acciones con total ausencia de empatía.
Hasta la misma palabra corazón, en nuestra lengua, es así de amplia, porque se notaba con poca entidad y relevancia y se apoyó con un préstamo de “razón”. El corazón para nosotros quería significarnos algo más importante y necesario, para no sentirse ni tan pequeño ni tan solo.
La educación que  necesitamos tiene que danzar con la compañía de la razón y del corazón. Es nuestro elemental y fundamental y radical apoyo mutuo, que es la raíz, que nos hace crecer.  
El confinamiento nos ha roto el equilibrio que nos podía ofrecer la “educación articulada”. La verdad es que necesitamos una educación presencial y no una enseñanza por internet. La tecnología nos ayuda igual que una escayola, mientras nos curamos y nos recuperamos, pero para poder andar con soltura educativa, necesitamos estar con los demás, porque no se resuelve la educación con usar solo las pruebas “objetivas” ni con preguntas y respuestas ni con acciones y reacciones. La educación es mucho más compleja. Nuestras necesidades educativas se cubren, poco a poco, en una red (ahora sí) de relaciones tanto racionales como emocionales, que están en constante dinamismo y que no pueden ser abandonadas por la razón ni desatendidas por el corazón, ni secuestradas mentalmente ni derrochadas emocionalmente. La educación es una labor de todos los días.
Hoy día, ya sabemos que todas nuestras relaciones tienen que ser humanas y desarrolladas día a día. A diario, estando con los demás, se nos pueden encender las luces de la razón y activar las palpitaciones del corazón. El medio humano, que nos mantiene razonables, nos alerta de novedades, de matices, de evoluciones, de comprensiones... que la tecnología no comprende ni nos concede. El medio  humano, que nos mantiene cercanos, no nos alarma con diferencias, con distingos, con prejuicios... que la tecnología puede archivar y guardar.
La educación puede ser esa gran elaboración humana, con los ingredientes de razón y corazón, que desarrollan aquella bondad que encontró Neruda en “todas partes como un corazón repartido”.
josemª
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