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Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•12 usuarios en línea • Miércoles 21 de Abril de 2021
-Molino de Papel-
Del imaginario costero para esta Semana Santa…
“SILVESTRE, EL CIRINEO”
Cuentos y relatos globales. 04.04.21 
Escribe; Walter Pimienta J.-  De lo que se dice Jesús dijo al Cirineo cuando este acudió en su ayuda: “Casi todos vienen a mí para que les alivie la Cruz; son muy pocos los que se me acercan para que les enseñe a llevarla”.
-Silvestre, no hay quien haga de Cirineo. Te va a tocar a ti.
La noticia abatió al sacristán. Se sintió timado e incómodo.
El padre Robles había depositado su confianza en él desde que había llegado de párroco al pueblo. Él le servía en todo lo doméstico. Pero nunca se imaginó sería la esperanza de un Cirineo en aquella Semana Santa.
-Sométalo a votación, padre- le dijo.
-Entre tú y quién- le respondió el clérigo con su de español que no encontró nunca la forma de hablarlo en costeño.
-Cómo que no. Entre el viejo Arturo Charris y Nicolás Molina… ¡Pero no me meta a mí en esa vaina…! ¡Urra vieja!…
-Ya los consulté. Ellos no pueden. Tienen sus razones- volvió a responderle el padre.
Silvestre se sintió de nuevo como “víctima deseada”. Él, de vaina rezaba, se confesaba y comulgaba y, de paso, le organizaba los chirimbolos al cura para que hiciese la misa; tocaba las campanas de la iglesia, le doblaba los manteles, le buscaba el vino y lo probaba para ver “si estaba pasao”, le hacía los mandados y, en “calidad de semi albañil”, le parapetaba con ladrillos y cementos paredes y pisos y, en su experiencia de mesas y sillas cojas, como carpintero, le arreglaba algún mueble roto por ahí. Pero lo de servir de Cirineo, nunca, nunca jamás, estuvo en sus quehaceres.

Aquella vez, los episodios de la Semana Santa serían personificados. Jesús y sus apóstoles ya habían sido escogidos. Igual los que harían de romanos. Y Junto con estos, las Marías del dolor y el Gólgota estarían por allá, por los lados de las lomas de Tragedia. El viacrucis, a partir de la una de la tarde del Viernes Santo, recorrería las diez calles del pueblo y por las mismas, el Condenado, luego de haber caído tres veces bajo el peso de su cruz, tendría que ser ayudado por el Cirineo, que, a la fuerza, contra su querer, saliendo inesperadamente por una esquina, le ayudaría. Y ese sería, en este caso, el papel que haría Silvestre.

Alineado por la disposición. No parecía haber otra solución. Silvestre tendría que ponerse a disposición. Era lo más probable.

Pero vivía Silvestre un gran conflicto actoral para llevar a cabo con éxito su papel. Sufría de pena pública; padecía de glosofobia desde chiquito; es decir, le daba miedo escénico, una especie de reacción de ansiedad que ocurre a las personas ante una situación social muy específica que demande tumultos, conglomerados y gentíos. Y que acontece a hombres y mujeres cuando estos y estas realizan algún tipo de papel protagónico en público, acortándoseles el habla, trastrabillando al caminar, sufriendo olvido de diálogos y de canciones y no saber qué hacer… Por eso Silvestre, ni bailaba en los bailes populares. Enamorado miraba a las muchachas y algo lo frenaba. Le sudaban las manos, temblaba. Se le subía la frecuencia cardiaca. Respiraba con dificultad. Se le tensionaban los músculos. Se ruborizaba. Perdía la concentración y, al final, auto lanzándose como acicate un sonoro ¡Juepajeeeeee! A lo sumo, después de cuatro petacazos de ron entre pecho y espalda, de pronto, con la botella en la mano, se bailaba una pieza solo sin levantar la cabeza y sin mirar a nadie.

El otro gran inconveniente que Silvestre veía en el hecho de hacer de Cirineo, era el de “romanearse” la cruz. Él sabía lo que el madero pesaba. Sabía de lo cortante de sus filos. Él mismo la había hecho en su taller de carpintero con dos piezas de ciprés y de pino piñonero sin labrar que el padre Robles, en misión especial, a través de la curia, había mandado a traer de Valencia, España y “la nena” pesaba 74.8 kilogramos, nada menos. Tenía, además, el madero del tormento, 4 metros de largo, y una envergadura lateral de, lado a lado, dos metros. A parte de ello, el viacrucis se haría apegado a lo que decía la Biblia. Jesús, actuado por Jesús, el hijo de Gastón, ataviado con túnica y barba de tres meses  para tal fin, recorrería la pendejaita de 40 kilómetros empezando desde la puerta de la iglesia del pueblo, 20 de los cuales serían caminados por Silvestre, el Cirineo; es decir, mitad y mitad.

-Padre. Yo no sirvo pa’ eso. Ponga a otro ombeee- le pidió Silvestre al padre Robles con voz de compasión.

- Eres mi hombre de confianza. Solo cuento contigo. Te toca en la quinta estación- respondió tajantemente el español.

- ¿Padre, y eso es así de necesario que toca hacerlo al pie de la letra?- preguntó el elegido.

- Sí, Simón- fue la respuesta del sacerdote.

-¿Simón? Eche. Yo no me llamo Simón. Soy Silvestre- le replicó el sacristán.

-El Cirineo se llamaba Simón de Cirene, lo dicen Mateo, Marcos y Lucas en los evangelios. Él ayudó a Jesús a cargar la cruz rumbo al Gólgota. Y no se diga más. Te toca.

Silvestre se rascó la cabeza oyendo aquello. Le parecía incomprensible. Inventaría una mentira, diría que se sentía enfermo… pero era grande la confianza que el padre Robles tenía en él. El cura conocía su corazón y en eso se debatía. Y tampoco quería derrumbar la estima que por él el pueblo sentía.

-Falta una semana. Antes tendré que comé bastante. Esa cruz pesa más que una carga de pecados mortales… Y pa remate, ¡ya me dijo José Tomás, que tengo que cargarla en ayunas…!Qué tal! ¡Me desplomo!- Pensaba. Y de nuevo se decía: “¿Bueno, y si yo le pago el día a alguno, “Bejuco” no lo hará? Eso que se lo pongan a quien haya cometido un crimen, no a un inocente” como yo- consideraba.

Con el padre Robles no había pactos.

-Juan Barro, que va a hacer el papel de Pedro, me dice que todos los que no ayudaron a Cristo en el suplicio, murieron aruinaos. No joda, me va a toca- reflexionaba el sacristán.

…Pero ¡Oh buena suerte la de Silvestre! ¡Oh fortuna¡ Vencida su necedad y cuando ya le venía lo que le venía…”sobre hojuelas miel”… y como a una hormiga la ayuda otra hormiga, y a quien Dios le quiere bien, le llega otro bien y la fortuna baila con quien le toca la guitarra; sin querer huir de su dura aventura, hete (español antiguo) aquí que sin estar buscándolo, llevado por Dios al pueblo en pago de una promesa, se presentó, por los caminos de la vida un zamarro de negro nativo de María la Baja, Bolívar, que haciendo voto y promesa a Dios, de acuerdo con su fe, y para que el Omnipotencia del Cielo intercediera por el milagro de la salud de los suyos, cada Semana Santa, escogía un pueblo para hacer de Cirineo, situación en la que llevaba ya 20 años continuos poniendo en práctica el más puro acto de conciencia y anteponiendo al caso la razón católica del “Pide y se te concederá”.

El negro “marialabajero”, dice la historia que me cantara alguna vez José Tomás, llegó un día antes del viacrucis y, en detalles y con sus pormenores, contó al padre Robles a lo que venía y, Silvestre, considerando que aquello, por él,  lo hacía el buen Dios, en su casa de buen samaritano, le ofreció alojo al Cirineo forastero y, solícito, amable y diligente, para que el recién llegado repusiera fuerzas y durmiera bien, sabiendo él lo que al día siguiente al creyente le tocaba, a fin de que el advenedizo descansara cómodo y no se estropeara., lo puso a dormir en su mullida cama en  tanto el sacristán, a falta de hamaca,  durmió  en el  suelo…
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