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Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•18 usuarios en línea • Martes 25 de Julio de 2017

John Waine en la tasca de Paco
 Capítulo XIV

El Valorador. 15.07.17 
La pantalla del ordenador en blanco, la piel de mi cerebro irritada por el alcohol de la noche anterior, mis neuronas en cierre por descanso de personal; como si ellas no hubiesen tenido nada que ver. Todo comenzó cuando me encontré con una carta de la aseguradora en la que sentían la muerte de Silvia, y en la que a pesar de los casi tres meses que habían transcurrido desde su atropello, se excusaban por la demorar en el pago de la póliza debido a que las causas del mismo aún no eran tan evidentes como cabía esperar. ¿Causas? ¿Evidentes? Por mi parte se podían quedar aquel maldito dinero, yo solo quería recuperar lo que todo el oro del mundo no sería nuca capaz de devolverme. De repente, el salón comenzó a encogerse sobre mí hasta no dejarme respirar. Abrí las ventanas para notar la brisa caliente de una noche de verano, y el techó pareció derrumbarse sobre mi cara. No tuve más remedio que salir corriendo sin rumbo alguno hasta verme abducido en la tasca de Paco un efervescente viernes, donde una multitud de tres personas; cuatro si contamos a Viturro, que formaba parte del mobiliario desde su datación con carbono catorce, allá por el mil novecientos noventa y dos, cuando Paco aún tenía pelo y las Olimpiadas de Barcelona llenaban un bar: uno, de los de verdad. El tiempo y la realidad nos irían derrotando a todos y cada uno de nosotros, incluso a aquella ilusión convertida ahora en una tasca, en un puerto donde los ¨barcos¨ arrastrados por las tormentas del día a día se refugiaban. Ahora, conmigo, ya éramos cuatro y un taburete humano fundido con su codo a la barra. 
Al aterrizar allí toda esa ¨multitud¨ dirigió sus miradas hacia mí como si fuese John Wayne entrando en un saloon de un western. No sabía qué hacía yo allí. En los once años que llevaba viviendo en la zona nunca había estado en ese antro una sola noche. Y ahora, no sabía si salir corriendo.
    -¿Te vas a quedar toda la noche en la puerta?, preguntó Paco.
    Una parte de mí quería entrar, y otra me decía que no me había vacunado contra enfermedades tropicales, y a saber para cuántas más cosas que vivirían felices al amparo de los cuidados de Paco, incluida una tortilla de patatas amarillo radiactivo y unos boquerones en vinagre que yo juraría que se movían.
    -Buenas noches, dije en un alarde de locuacidad. Los parroquianos seguían sin quitarme la vista de encima. Incluso habían dejado de mirar el resumen de los partidos de la liga húngara. Eso me hizo sentirme importante. Quizás más de lo que debiera…
    -¿Qué vas a tomar?
    -¿Qué se suele tomar aquí a estas horas?, dije metido en el papel del bueno de Wayne. Y ese fue mi error: el primer licor café me resultó… ¿Cómo lo podría definir? Me resultó demoledor, compensado por unos efectos euforizantes que no tardaron en manifestarse. Pero allí estaban los Cuatro Magníficos, Los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis, dando la espalda a la trepidante liga húngara en mi honor.
    -¿Van empatados? Parece que está interesante…Me harían falta tres licor café más para conseguir entablar una conversación acerca de las diferencias del juego de ataque del Ferencvarósi y el Real Madrid o el Barca. Al final, cuando ya no era capaz de pronunciar nada más que Fere...el taburete humano me preguntó si la echaba de menos. Porque él aún no podía entrar en su casa después de la muerte por un cáncer de mama de su mujer hacía tres años. Tres años escondiéndose en una tasca; tres años para perder su trabajo, el respeto de todos, y perderse a sí mismo en el fondo de un vaso de vino. ¨ ¿La echas de menos repitió?, para que las cuatro miradas, incluida la de Paco se volviesen nuevamente hacia a mí.
    -No puedo vivir sin ella. Me levanté, pagué la cuenta de unas horas de olvido con mis nuevos amigos y me despedí con un ¨buenas noches¨, perseguido por sus miradas mudas hasta perderme en la oscuridad de la noche, mientras todo continuaba igual dentro de aquella tasca. 
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