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Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•3 usuarios en línea • Miércoles 17 de Enero de 2018
Mi desconfianza de Navidad
Cuentos y relatos globales. 07.01.18 
Relato intimista y humano, basado en recuerdos que hacen aflorar la fantasía y la imaginación.
*Si no sabes qué regalar a tus seres más queridos en Navidad, regáleles tu amor y la verdad, a lo mejor les hace falta…
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.-
Había llegado diciembre. Cristina, mi hermana, de unos 10 años de edad, y yo, a lo sumo con 8, éramos aún unos niños. Sobre todo quien esto escribe que soy el menor de la familia y para los hechos que relataré, ni había realizado siquiera la primera comunión y le tenía miedo a los miedos criollos de mi pueblo oscuro: miedo “al Caballo del otro Mundo”; miedo a “la Mano Pelua”; miedo a “la Gallina de los Siete Pollitos”; miedo “al Monje sin Cabeza”; miedo a “los dos Negritos que, de madrugada, salían en la esquina de la casa de Viola”, en la Calle de las Flores; miedo a “la Mohana”, que le salía a quienes, sin permiso de sus padres, se iban a bañar al arroyo; miedo a “la Llorona”; miedo “al Negro Beltrán, porque dizque ya le había salido a “la Chita de Alberto Moco”; miedo “al diablo de la caja de fósforo”; miedo “al Coco” y un lejano miedo secular a “la Zorra Pelá”, la misma con la que estando de brazos, me metían miedo cuando me cantaban el “duérmete niño, duérmete tú”…Como lo ven y lo leen, para entonces, aquellos doce miedos de siempre, me rodeaban por todas partes y, a veces, hasta estaba representado en la intimidante correa de cuero de venao, de cuatro dedos de ancho y hebilla de dos balas cruzadas, que usaba mi abuelo Ismael en la pretina de su pantalón… por lo que, en consecuencia, si cuentan bien los lectores, serían trece miedos a los miedos con los que, sintiendo el corazón en la boca, de pelao me crie…

El caso es que se acercaba la Navidad y desde mis últimos días de clase en noviembre se me había quedó, como un eco repetido mil veces en la cabeza, algo que los compañeros de mi curso y yo, queríamos saber: Si el Niño Dios ponía…Me refiero a que si daba los regalos de Nochebuena… y fue Chema Pérez quien al respecto dijo:
-El Niño Dios no pone. Pone el papá.
-Sí pone- afirmo Jaime el de Josefa, y agregó: pero le pone a uno no lo que se le pide sino lo que a él le da la gana.
-Es verdad – consideró Galo, el de Conchita- el año pasado le pedí un triciclo y lo que me trajo fue una bolsa de cucas.
-No pone. Es el papá quien compra los juguetes- volvió a repetir Chema sin perder apoyo en el acento de su voz.
-Yo no sé si pone porque, a veces, me trae regalos y a veces no- opinó “el Choyo” de María Claudia sin voz de esperanza.
…Y así, cada quien contaba su historia. Yo quería seguir creciendo con la idea de que el Niño Dios sí ponía… pero tenía mi pequeña desconfianza… No sabía si Cristina y Carmen, mi otra hermana, guardaban algún conocimiento de esto, pero en mi caso ahora era un creyente dudoso…Y en consideración con lo que decían los compañeros de escuela, por aquello de que el Niño Dios no daba a todos por igual o mejor, que le daba los mejores y más bonitos regalos a los hijos de los ricos y no así a los de los pobres y que, en ocasiones, ni se los traía, como le pasaba al “Choyo”, llegué a creer que existía un Niño Dios para los ricos y otro para los infortunados; el primero con mucho dinero y el segundo casi sin nada…Y en aquel momento, igual, pensé que ese año tampoco me traería la tan añorada bicicleta que siempre le pedía. Era muy costosa y mi Niño Dios, seguro, pertenecía al de los pobres…
Faltaban tres días para que el Niño Dios naciera y en la mesa de comedor, donde con mis hermanas y mi madre, a mediodía, entre villancicos que salían de la radio dábamos buena cuenta de un casero sancocho de costilla, de repente, y sin que me lo preguntara nadie, dije:
-¿Cristina, y Carmen, saben qué dicen los pelaos de la escuela?... Que el Niño Dios no pone.
Mi mamá me miró y se atragantó con la inesperada sorpresa; pero se repuso y cambiando el semblante dijo:
-Sí pone… Y no hagan caso de quienes dicen eso.
Y a continuación intervino Cristina y dijo:
-En mi escuela hay niñas que también hablan de lo mismo.
-Y en la mía- repuso Carmen.
-Inventos – respondió mi mamá- Si el Niño Dios consigue plata, les trae a todos.
No quise opinar nada pero volví a acordarme de Chema, de Jaime, de Galo y de “ el Choyo”… Ellos no se portaban mal, el Niño Dios debería traerles sus aguinaldos, me dije; pero me callé para no estropear el almuerzo. Entendía lo de mi mamá, no obstante necesitaba una explicación más amplia…Y, en consecuencia, mirando a Cristina, entendí lo que me dijo con los ojos y que después, a solas, me explicó: Que me hiciera el dormido el 25 en la noche para ver si era verdad que el Niño Dios ponía los juguetes de diciembre.
-Toma bastante café tinto ese día para que no te de sueño. Si te duermes, nunca lo verás ni lo sabrás. El café desvela.
No me pareció mala la idea y concebí su plan y siendo así, comprendí que a lo mejor esto ya lo había hecho Chema y que por eso él decía que el Niño Dios no ponía y que los regalos los daba el papá.
-No te tomes todo el termo de café. Déjale algo a mi papa- me advirtió mi hermana- hazlo a escondidas y bien, para que no sospechen- apuntó.
-Bueno, me arriesgo. Si lo veo te cuento y le agradeceré toda la vida por los patines que le he pedido; ya sé que no me traerá la bicicleta. Le cuesta mucho- le respondí.
-Seguro que lo verás- volvió a señalarme y enfatizó- de eso estoy segura.
…Debía comprobar lo que decía Chema. Algo me obligaba…pero me acordaba de las palabras de mi madre. Yo era un mar de desconfianza. Galo, por si las cosas , me dijo que le había pedido una guitarra; Jaime me confió que lo que fuera, pues ya le daba igual… y el “Choyo”, una armónica de diez hoyitos o notas por si acaso y lo barata el Niño Dios se resolvía.
…Y llegó la Nochebuena. Es, a mi parecer, la noche más larga del mundo en todo el mundo para un niño. En mi casa no había reloj de pared pero me imaginaba el de la viuda Carlotica con las agujas pegadas a la esfera de vidrio con engrudo de yuca nueva. Ya tenía consumido medio termo de café, como Cristina me dijera. Había escrito mi carta al Niño Dios y, según la costumbre entre nosotros, ordenado por mi mamá, la metí detrás del cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que ella tenía colgado de un clavo en una de las paredes del comedor. La verdad fue que esa vez, al rato, fui a ver si la misiva permanecía allí y ya no estaba…Larga, larguísima noche que fue aquella y otra vez mi imaginación fija en las agujas del reloj de pared de la viuda Carlotica. Honestamente, a la hora de la cena, no pude probar bocado
¡Qué noche, Señor! ¡Qué noche, Señor! Las campanas de la iglesia del pueblo llamaron a la despierta comunidad a la Misa de Gallo y al típico canto de las pastoras que organizaba “la Niña Ramona”… No asistí al atrayente evento, me fui a mi cama, me acosté y haciéndome el dormido, atento estaba a oír voces y pisadas. El café tinto surtió efectos.
Cristina, acompañando a mi mamá, y a Carmen -que era pastora- como es tradicional en el pueblo, se fueron a la conmemoración religiosa y representación simbólica de los episodios ocurridos en el portal de Belén según la Biblia. Envuelto en la penumbra escuchaba en mi cuarto el chirrido de un grillo. Mi mente se mantenía fija. Afuera, reventaban cohetes y triquitraques… Y pasaron por mi mente, como si fuera una película, las imágenes del pesebre rural que enmarcado con una manta azul haciendo de limpio cielo, el padre Hernández instalaba cada diciembre en un rincón del templo… la vaca y el buey exhalando un vaho caliente cual chimenea; el pozo de cartulina con ladrillos pintados de rojo; la grama seca sobre papeles color tierra haciendo de piso; una cascada con papeles brillantes; cinco cisnes de pasta encima de un espejo simulando un lago que les servía de remanso; la lentitud de los tres camellos de yeso; la esquiva mula mirando con hambre las pajas de la cuna; el gallo que encaramado en el techo de la pesebrera, con gracia de canto, rehúye a la noche anunciando otro gran día; el burrito con sus eternos ojos de vaga melancolía; las ovejas gozando de una calma acentuada porque allí, menos mal, a nadie se le dio por poner como figura un fiero lobo; los pastores apaciguados en la más grande noche de paz, María y José, ocupados ahora como padres, con caras alegres y luminosas, con ese resplandor vivificante de la Estrella de Belén convidando al olvido de todas las cuitas y pesares terrenales en el regocijo de la fiesta más grande de la humanidad… y a mi hermana Carmen cantándole al Niño Dios, la estrofa que le correspondía…”Cuando el Niño llora/ algo le lastima/ quítenle las pajas/ al Niño de encima”/…
Súbitamente alguien entró a mi cuarto. Oigo sus pisadas. Estoy a la espera. La escena me parecía sacada de la mejor película de espionaje que había visto en el Teatro Montecristo. Tengo media cara cubierta con la manta. Una persona se acerca; es el Niño Dios adulto, se parece bastante a mi papá vestido con calzoncillos blancos y camisilla del mismo color; está descalzo, trae en la mano izquierda un cigarrillo encendido que fuma y en la derecha un objeto que no distingo. Huele a vino, ha tomado. Se me acerca más. Ahora sí lo distingo, es mi papá. Se inclina sobre mi cama y a un lado deja el regalo… Sale de la habitación y como si fuera el verdadero Niño Dios, entre nebulosas llevando en su mano la estrella roja de su cigarrillo encendido, desaparece… Y entonces me acordé de Chema, del resentimiento de Jaime, de la frustración de Galo y de la desesperanza de “el Choyo”…
…Evoco las sinceras palabras de Chema, toman en ese instante un sello de verdad imparcial en la historia. Vivo algo así como una triple melancolía al saber que el Niño Dios no pone…Sentado en mi cama, tengo entre manos un rústico camión de madera que mi papá me dejara…Fui donde Jaime al día siguiente y éste, apuntándome con un rifle que dispara un corcho atado a su cañón, me dice:
- Te veo sin patines. A mí, esto fue lo que me trajo sin yo pedírselo; me hubiera gustado más un balón de fútbol. Visité a Galo y ya sabes: la infaltable bolsa de cucas, y estuve donde “el Choyo”, nada de armónica ni de diez hoyito ni de cinco hoyitos ni de na.
Regreso de inmediato a casa arrastrando con una cuerda y por la arenosa calle de El Repaso mi camión de madera vivamente pintado y ahora es Cristina quien, en uno de los escondrijos que teníamos, así me atosiga y pregunta:
-¿Lo viste? Tuviste que verlo… es el auténtico Niño Dios, yo lo vi el año pasado, Carmen también, y Jesús, como es el mayor, hace años… ¿Lo viste?... Cuéntame, cuéntame… ¿Sí lo viste? Pero dime. Dime la verdad.
-Sí lo vi- le dije con rabia- fuma cigarrillo y bebe vino. Se parece a mi papá.
Y dicho esto, empecé a llorar.
-No llores. Los hombres no lloran. Yo no lloré cuando lo descubrí- me recriminó.
…Y en ese inolvidable momento de la vida, dejé correr por mis mejillas las últimas lágrimas de mi infancia…

CONSIDERACIONES AL RESPECTO:
*-¿No ha pensado usted que esto le puede pasar a su hijo? Lo digo porque mis hijos siempre tuvieron dudas.
*En mi caso, yo no quedé traumatizado.
*La verdad, fui feliz con la dulce mentira.
*Ese pequeño “engaño”, enseña a madurar.
*Soy partidario de conservar la tradición. Forma parte de nuestra cultura y con las fantasías lúdicas los niños aprenden a razonar, a reflexionar y a crear su mundo.
*Repito, tuve tres hijos y les alimenté esta creencia, luego dejé que me descubrieran.
*Nunca me sentí engañado. Pensé en que si mis padres me trajeron los regalos fue porque primero se los Dio el Niño Dios…
*¡Qué viva la tradición!... Y en cuanto al camión de esta historia, como a los cinco días, lo dejé olvidado una tarde en el patio de mi casa y me lo robó un vecinito a quien el Niño Dios no le trajo juguetes… Yo no se lo quité… se lo dejé y fui para él su Niño Dios…

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