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Su opinión Patrocinadores Normas de Malaka.es Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca•7 usuarios en línea • Miércoles 20 de Junio de 2018
Semillas de felicidad
Pedro Biedma. 14.01.18 
Malhumorado, Juan, recopiló todas sus pertenencias y con un ansia desenfrenada se dispuso a abandonar aquel ruidoso lugar, fue incapaz de lograr un sólo minuto de paz, la verdad que las vistas no tenían desperdicio, pero nadie comentó la cantidad y variedad de sonidos que allí celebraban un concierto improvisado. Su idea al llegar, consistía simplemente en conseguir descansar y atrapar, una noche más, su sueño preferido, ese donde se él se transformaba en un agricultor que observaba sus inmensas tierras, plantadas con miles de semillas de felicidad, el año resultó duro pero en esa ocasión no hubo plagas, ni destrozos causados por las inclemencias del tiempo, ni pajarracos negros que se alimentaran de sus semillas, ese año todo los factores resultaron propicios, y por fin, podía comprobar junto a sus dos hijos que le contemplaban orgullos, como sus semillas de felicidad, daban sus merecidos frutos.
Lo primero que pensó fue rellenar una hoja de reclamaciones, pero no halló a nadie en recepción, no le concedió mayor importancia, en el fondo sabía que no serviría para nada, lo que tenía bastante claro era que nunca más pernoctaría allí, así que con la mayor rapidez posible, guardó todas sus enseres en su vehículo y emprendió el camino, huyendo igual que un alma al que persigue el diablo.
Ni por un instante se planteó desayunar en las cafeterías cercanas, con lo cual,  al cabo de unos minutos, una inconfundible señal en forma de extraños ruidos y proveniente de su estómago, le indicaban su deseo de tomar un buen café acompañado de cualquier alimento comestible, así que, para detener ese desafinado concierto, señaló en el gps de su cerebro la dirección de su cafetería favorita, allí no le defraudarían, necesitaba dar más rodeos de lo habitual, pero como solía decir su padre ,“más vale malo conocido que bueno por conocer”.
Aceleró el ritmo y tomó la primera calle a la derecha, llevaba combustible de sobra, después de aproximadamente unos veinte minutos de monótono trayecto llegó a su destino.
El lugar se encontraba abarrotado, recordó, igual que cada vez que acudía, ese programa que contemplaba desde su cómodo y añorado sillón de su casa, los viernes creía, en el aparecían dos cómicos malagueños que dieron fama a la frase “la plaza estaba abarrotá”, se rió en voz alta y no le vino nada mal como terapia para olvidar su nefasta experiencia nocturna.
Tuvo la gran suerte de visualizar un hueco libre al fondo, junto a los aseos, pero él no era nada exigente y ocupó rápidamente la mesa, antes que otro avispado cliente se adelantara. María, la simpática camarera del local, le saludó con amabilidad, sin preguntarle lo que le apetecía desayunar, le sirvió un café con leche y un par de paquetitos de galletas que, por casualidad, se llamaban igual que ella, eso también le hacía gracia a Juan y le comentaba “María, tu galleta ahora es mía”, ella aceptaba la rima con una sonrisa y ponía gestos de  no haber oído nunca la frase.
Ni cinco minutos tardó en devorar aquéllos manjares, le supo a poco y el viaje que aún le quedaba por delante se suponía  largo y cansado, por lo que repitió con la bebida, las galletas se las guardó en el bolsillo de su camisa, “por sí acaso me entra hambre en el camino”, ´murmuró en voz baja. Se bebió el café de un solo sorbo y antes de marcharse visitó el aseo, se refrescó un poco y tras hacer sus necesidades, abandonó el local, no sin antes despedirse de María con unas breves palabras de gratitud “adiós guapa y gracias por todo”, ella correspondió, le saludó con su mano derecha y le dedicó una nueva sonrisa.  
En la calle el calor era el comentario estrella del día, algo muy normal a mediados del mes de  Agosto, eso a Juan no le preocupaba demasiado, no suponía ningún tipo de inconveniente, su vehículo incorporaba de serie un estupendo aire acondicionado, así que agarró el volante y emprendió raudo su marcha.
Durante un par de horas avanzó sin problemas, de repente su gps dejó de funcionar y desorientado prosiguió su camino, esa zona no la conocía, todas las calles parecían iguales, no localizaba ningún lugar que le resultara conocido, se sentía como un ratoncillo dando vueltas y vueltas en la rueda de su jaula sin avanzar ni un insignificante centímetro. Se percató que el viejo reloj señalaba las tres de la tarde, fatigado estacionó junto a un establecimiento que le resultó familiar, dejó el vehículo en un lugar estratégico para poderlo vigilar, buscó las monedas sueltas que guardaba en su interior, entró en el lugar y comprobó que, efectivamente, ya había estado allí en alguna otra ocasión pues el dependiente, nada simpático por cierto, lo recibió con estas palabras, “¡hombre!, ¿otra vez por aquí?, ¿qué quieres hoy?”,  “seguro que no es su mejor día”, pensó. Avanzó hasta el mostrador y con un cierto tono de timidez pidió un bocadillo de mortadela de aceitunas y un buen vino, sobre todo un buen vino tinto. El dependiente le cobró con cara de pocos amigos y le advirtió, “a ver cómo te comportas hoy”, mientras salía cabizbajo, murmuró en voz baja “definitivamente o no tiene su mejor día o simplemente es imbécil”.
Una vez en el exterior observó a su alrededor buscando un espacio libre y tranquilo, se decantó por uno donde el sol castigaba con fuerza,  pero evidenciaba ser estratégico, ya que le permitía sentarse cómodamente y controlar su vehículo a la vez.
En breves minutos el bocadillo y el vino pasaron a ser historia, así que optó por visitar una vez más al desagradable señor del interior, ahora sólo se decantaría por el vino pero en esta ocasión blanco, con paso firme y decidido, cruzó la puerta con la intención de obviar cualquier necio comentario del amargado empleado, al fin y al cabo él disponía de dinero y lo iba a pagar, allá cada uno con sus problemas, “¿ahora blanco?” le preguntó irónicamente el señor con delantal blanco, en esta ocasión y quizás envalentonado por el efecto del vino tinto que tan rápido bebió, no se mantuvo callado y respondió “si, ahora blanco, ¿algún problema?”, le tiró las monedas sobre el mostrador y volvió a su asiento pensando, “¿será posible el tío este?, pues no me ha recordado a mi fallecida esposa con el vino”, ya no vuelvo más mientras me acuerde.
El sol debía de estar ya cocinando pues sus fogones desprendían un calor insoportable, esto unido al enorme cansancio acumulado y con la inestimable ayuda del vino, sumió a Juan en un profundo sueño del que no despertó hasta pasadas al menos tres horas. Se incorporó con el amargo sabor en el paladar que deja la resaca y acompañado de su inseparable y fiel compañero de aventuras y desventuras, un fuerte dolor de cabeza. El tiempo apremiaba y aún le quedaban muchos asuntos pendientes que resolver, dibujó un planning mental de los mismos y se puso manos a la obra, no había tiempo que perder.
Revisó, minuciosamente, que no le faltaba ninguno de sus tesoros, se agarró con fuerzas a su vetusto y destartalado carro de supermercado, tambaleante comenzó a caminar con rumbo a sus contenedores favoritos, seguro que encontraría algún objeto valioso para aumentar su colección y con suerte algo de comida, que no estuviese en muy mal estado, para que durante la larga noche su quejica estómago permaneciese en silencio y no profiriera señales de aviso, esos contenedores casi nunca fallaban, obtuvo algunos cartones, un par de zapatos desgastados que no eran de su talla, pero eso no tenía importancia, y para su delicado estómago un trozo de carne, algo mordida, pero Juan no era nada escrupuloso, colocó y ordenó todo en su valioso carro y tomó el camino que llegaba a su calle favorita, donde recaudó unas pocas monedas, las suficientes para comprar algunas botellas de cerveza, incluso le sobraba alguna para el día siguiente.
Luego, como no, se centró en localizar una tranquila morada, sin ruidos ni dudosas compañías ajenas, un espacio donde sentirse seguro de no recibir ningún golpe o algo peor, por parte de esos indeseables que dedican su tiempo a buscar indigentes durante la noche para poder divertirse a costa de ellos. Al fin halló un sitio ideal y a su gusto, ahí sólo le molestaría alguna rata o un gato callejero. Desplegó los cartones y cuidadosamente sacó la comida y las cervezas, saboreó la carne
tranquilamente, se trataba de medio muslo de pollo con un poco de tomate, mientras masticaba pensaba, “no entiendo cómo la gente tira este manjar a la basura”, a continuación abrió con sus maltrechos dientes las cervezas calientes y esperó a que su efecto sedante le permitiera dormir y  retomar el sueño donde se transformaba en un agricultor que observaba sus inmensas tierras, plantadas con miles de semillas de felicidad, el año resultó duro pero en esa ocasión no hubo plagas, ni destrozos causados por las inclemencias del tiempo, ni pajarracos negros que se alimentaran de sus semillas, ese año todo los factores resultaron propicios, y por fin, podía comprobar junto a sus dos hijos que le contemplaban orgullos, como sus semillas de felicidad, daban sus merecidos frutos.
Mañana seguro que incluirá en su vieja y pesada mochila una nueva anécdota para incrementar su colección, cuándo su sueño se convierta en realidad las compartirá con sus hijos, mientras ríen todos juntos alrededor de una enorme mesa redonda, como solían hacer antes.
Ojalá exista un día en el que Juan y todas las personas que lo han perdido todo, vean cumplidos sus sueños.

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