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-Molino de  papel-
"Señor Visita"
Cuentos y relatos globales. 27.09.26 
Escribe; Walter Pimienta J.- Leopoldo acusa apenas ocho años en la piel. Es el muchachito descalzo de enfrente, un hilván de huesos envuelto en telas remendadas. En su hogar, el hambre no es un fantasma que pasa; es una sombra con derecho a habitación, una inquilina eterna que se niega a marchar.
Sin embargo, con la precisión de un péndulo sagrado —como si en su pecho latiera el guardián de todos los relojes  del mundo—, Leopoldo desanda la calle tres veces al día. Su destino es la casa de doña Ofelia Rivera. Allí, entre el humo del patio y la benevolencia de don Carlos, las horas se vuelven pan.
En las mañanas, el alba sabe a un trozo de pan resucitado y a un pocillo hirviente de café con leche. Al mediodía, el milagro se vierte en el cuenco de una sopa tibia, coronada por el oro blanco de unas cucharadas de  arroz y el consuelo de una presa pequeña. Y al morir la tarde, el ritual clausura sus compuertas con el crujido del cucayo, ungido por el óleo del guiso y escoltado por el abrazo blanco de una rueda de bollo de yuca.
En esa casa, la compasión tiene mesa dispuesta. Las porciones se reparten con una liturgia intacta: primero se asegura el bocado de Leopoldo y luego, con idéntica ternura, el de «Kalimán», el perro guardián. Son dos hambres distintas amparadas por el mismo techo.
Si ese puente de generosidad se rompiera, los días de Leopoldo naufragarían en un océano en blanco. Se quedaría estancado en el umbral de su choza, contemplando los hilos rotos de una cometa de papel que el viento de diciembre olvidó en su patio; un juguete herido que intenta asaltar un cielo de enero azul, diáfano y limpio hasta el castigo de los ojos. Mientras tanto, al fondo de su paisaje, sus padres empujan una carretilla de madera, domesticando el olvido a fuerza de reciclar los deshechos ajenos.

Leopoldo es dueño de una timidez que casi le borra la voz. Su silencio no es mudez, sino una tregua melancólica con el estómago. Pero el habla le florece de golpe cuando doña Ofelia, asomada a la ventana como un ángel cotidiano, rompe el aire del vecindario:

—¡Leopoldo, ven por la gracia de Dios! ¡Ven, que se te enfría el poquito!

Entonces él, habitante de un milagro diario, se limpia los labios por anticipado con la manga gastada de su camisa y suelta un grito de alegría que le brota del alma:

—¡Ya voooooyyy!

Es una respuesta que parece estrenar el aire, un eco dispuesto a repetirse para ganarle la partida al olvido.

El sábado amaneció con las maderas de doña Ofelia abiertas de par en par. El aroma de las arepas cociéndose al fuego arrastró los pasos del niño. Era el castigo de un hambre idéntica a la de ayer, un vacío que suspendía sus ganas de remendar la cometa con recortes de periódico.

Pero esa mañana, junto al pan de la compasión, llegó un recado tibio y solemne. Le pidieron, con ruegos diligentes, que el domingo guardara distancia. Desde Barranquilla llegaría don Hernando de Castro, una visita ilustre que merecía los honores de un sancocho de gallina, la cristalería del armario y la etiqueta de los manteles largos.

—Leopoldo, mañana no vengas —le susurraron—. Te guardaremos lo tuyo. Ven cuando la visita se haya marchado.

—Bueno, yo no vengo —respondió en un murmullo, mientras sus ojos se poblaban con la visión profética de un muslo de gallina entre las manos; un sueño que saboreaba por anticipado en el abismo de un bostezo.

Y el domingo encendió el día.

El toque de queda invisible se instaló en la calle. El reloj de las tripas de Leopoldo reclamaba su ración de pan  y café de  leche, pero él permanecía sitiado en su orilla. Las voces del día anterior repicaban en su memoria: «Mañana no vengas...».

Se bañó con lentitud, vistió la misma ropa que hilaba sus ayeres con sus mañanas y apuró una avena pálida, desprovista de leche, que su madre milagrosamente pudo ofrecerle.

Al otro lado de la calle, la vida crujía. Kalimán lideraba un alboroto en el gallinero; ayudaba a don Carlos a cercar la víctima que nutriría el banquete del invitado. La boca del niño se convertía en agua, perdida en la geografía de un caldo vital por lo  que, desprovisto de la vergüenza de los adultos, Leopoldo unió su infancia al tumulto y gritó desde su ventana:

—¡Cógela, Kalimán, cógela! ¡No la sueltes!

A esa hora, el violín de su estómago ejecutaba una melodía desafinada.

Hacia las once, una clarinada mecánica rompió la calma del pueblo. Un Chevrolet Corvette de 1956, rojo como una herida reluciente, se detuvo ante la casa vecina. Don Hernando de Castro había llegado. Leopoldo se empinó sobre sus pies descalzos para mirarlo: el auto tenía la estampa elegante de un convaleciente de la ciudad, y en el oído del niño el pájaro de la prohibición cantaba de nuevo: 

«Mañana no vengas...».

La tarde avanzó espesa. A la una y media, el sancocho poético fue servido. El aire se preñó del olor a vituallas y especias. Las puertas de doña Ofelia permanecían abiertas de par en par para aliviar el sopor del Caribe. Desde su exilio, Leopoldo lo contemplaba todo.

El comensal, con la liturgia pulcra de los cubiertos finos, avanzaba mansamente sobre el cipote sancocho. Estaba solo en el comedor, rodeado por la confianza de los viejos amigos, mientras los anfitriones se refugiaban en la cocina para endulzar una jarra de agua de panela con limón.

Leopoldo no pudo contener el dique de su necesidad. El reloj de su vientre dio una campanada de naufragio. "El señor visita se lo va a comer todo", pensó. Sus pies devoraron la distancia de la calle, ignorando la frontera. El hambre, con su caligrafía urgente, reescribió la orden recibida. El pájaro del absurdo ahora le cantaba otra verdad: «Leopoldo, acércate hoy. Comerás de lo mismo que la visita coma».

Y entonces, irrevocable en su destino de pájaro herido, emitió un silbido tenue, un «¡piz... piz... piz...!» que flotó sobre el mantel. Con ojos cargados por la tristeza más antigua del mundo, el niño miró al comensal extraño y, pronunciando las palabras como quien extrae agua de un pozo seco, esto le  mendigó con el alma:

—Señor visita... Señor visita... Este... este... señor visita, ¿me da un “guesito”?
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