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  -Molino de papel-
EL PACTO DE LA CEIBA
Cuentos y relatos globales. 11.10.26 
Escribe; Walter  Pimienta J.- Mi abuelo tenía un jugar en la finca. Se hacía llamar “Balám” ( Significa "jaguar" en maya; un nombre con mucha fuerza y respeto). Tenía los ojos verdes. No tenía hembra, estaba joven y soltero. Mi abuelo hablaba con su jaguar. Tenía esa sabia facultad; también hablaba con sus vacas, con sus gallinas, sus perros, su burro, con mi abuela...conmigo y con algunas gentes insondables.
Un día mi abuelo, en su finca, se encontró debajo de la frondosa sombra de una ceiba con su jaguar; lo saludo y entre muchas cosa de las que charlaran, le dijo:
-...Pero qué raro que tú andes sin pareja. Los jaguares siempre tienen su hembra. No conoces el amor.
-No, Hernán, el jaguar que tenga hembra en esta época, está loco. La comida está muy dura y escasa y no quiero traer unos hijos al mundo a sufrir.
Mi abuelo, por su naturaleza, entendía al jaguar. Y el jaguar, por la suya, también a él.
Era la quinta vez que los dos hablaban. Al jaguar le agradaba la expresión de poeta italiano que tenía mi abuelo quien le cantaba versos en el idioma de los jaguares para doblegarle su ferocidad felina y apaciguarle el hambre.
El jaguar que mi abuelo tenía en su finca, era hermoso. Tenía los ojos verdes. Vestía de jaguar, caminaba como jaguar, rugía como jaguar, mordía como jaguar, comía carne de res como jaguar y hacía todo como jaguar consciente de sus 60 rosetas de color negro en los bordes encerrados en un fondo de color amarillo leonado o pardo oscuro, con uno o varios puntos negros pequeños en el centro...de no ser así sería otra cosa de poco respeto y nunca un verdadero jaguar.

Era desafiante la actitud del jaguar que mi abuelo tenía en su finca; pero aquel lo respetaba porque lo entendía y por sus análisis, a su lado se sentía seguro y confiado.

-Que te quede claro- le dijo mi abuelo a su jaguar una tarde- ya me has comido tres novillas y no sé qué voy a hacer contigo.

-Quiéreme Hernán, quiéreme- le dijo este- apenas van tres en seis meses. Tú tienes bastante ganado. De cuatro no paso en el año y ten presente que me toca dejarles su parte a las aves de carroña. Mejor hablemos, hablemos y lleguemos a un acuerdo. Hablando también se entienden los animales con la gente y no sé si la gente con los animales; pero tú eres especial... Además, tengo derecho. Soy jaguar, jaguar legítimo o es que ¿quieres probar mi fortaleza? ¿Eso quieres? Dame una explicación para no morirme de hambre. No te quejes. En el fondo te amo con amor de jaguar.

El jaguar, al decir aquello, dejó escapar dos gruesas y cristalinas lágrimas de jaguar. Se puso en extremo triste. Y dijo:

-Dime la verdad, Hernán, ¿quieres matarme?

El jaguar se puso de pie y esta vez, mirando a mi abuelo de pie a cabeza le dijo:
 -Tengo derecho a saberlo.

Apretó las garras y le peló los dientes.

Mi abuelo frunció el ceño. Estaba ante una gran fiera capaz de todo. Así, de pie, daba la impresión de que eran dos, de que tenía un gemelo.
El jaguar se volvió a echar en el piso. Ahora se veía apaciguado. Levantó la cabeza imperturbable. Bostezó. Tenía hambre. Miró a mi abuelo con sus ojos verdes, movió una oreja, luego la otra y con buen sentido del humor le dijo:
-El médico me dijo que no comiera viejos. Que prefiriera terneras recién destetadas.

El sol se puso rojo. Estaba cansado. Quería irse a dormir detrás de las colinas dejando pintado en el cielo el más hermoso crepúsculo de junio.

Mi abuelo miró fijamente al jaguar. Quería infundirle terror y le dijo:

-Tu cuero es bello. Me darían unos buenos pesos si te lo quito. Me darían como dos millones de pesos por él. Algo es algo.

-Es mi desgracia, Hernán, por él me matan. Pero mejor tú y yo hagamos la paz. Déjame en tu finca y te repararé el daño. Una más y no te atacaré otra. Ya tengo visto otro comedero del otro lado de la loma. Haber, respóndeme: ¿cuántas vacas te roban los cuatreros en el año?

-Unas ocho.- respondió mi abuelo.

-Te los echaré- repuso el jaguar- solo con la intensidad de mi rugido te los ahuyento. No gastes plata en escopeta para mí. Tengo mi religión. Te lo prometo. Mantenme vivo a cambio de cuatro reses en el año y salvas ocho de manos de los ladrones. Firmemos el pacto. El bosque será testigo. Somos serios...

El jaguar hizo en la arena unos garabatos con sus garras. Mi abuelo unas visibles letras con el pie.

De hecho, se les escapó a ambos una sonrisa.

Cosas de la dialéctica.

Sellar el acuerdo con un apretón de manos era imposible, así que Balam simplemente parpadeó, devolviendo a sus pupilas aquella fijeza mística que desafiaba la gravedad de la tarde. El viejo Hernán guardó el bastón con el que trazó su firma y se sentó sobre la raíz expuesta de la ceiba, sintiendo cómo el suelo vibraba suavemente bajo el peso de su nuevo centinela. No había papel ni notario, pero la palabra empeñada en los límites de la manigua pesaba más que cualquier ley escrita por los hombres del pueblo.

A partir de esa noche, la finca cambió de ritmo. El viento traía de vez en cuando un eco hondo y ronco que hacía estremecer las hojas de los guyacanes; era Balam cumpliendo su parte, patrullando los linderos bajo la luz plateada de la luna. Los cuatreros, que antes merodeaban con la confianza de los impunes, no tardaron en escuchar el primer rugido de advertencia. El rumor corrió rápido entre las tabernas del pueblo: la finca de Hernán tiene un espanto, está custodiada por una sombra de sesenta rosetas perfectas y garras de hierro que no perdonaba intrusos. Nadie volvió a tocar un solo alambre de las cercas.
Los meses pasaron y el pacto se mantuvo tan sagrado como el orden natural. Mi abuelo cumplió su promesa dejando la cuarta ternera en la loma al comenzar diciembre, y Balam, agradecido, se limitaba a dejarse ver muy de tarde en tarde, como un espíritu verde que vigilaba desde la espesura. Al final, hombre y bestia demostraron que la razón no es patrimonio exclusivo de los humanos, sino un puente invisible que se tiende cuando dos almas deciden escucharse en medio del silencio del monte.

Walter  Pimienta J.
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