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La burbuja de los votos

Jose Maria Barrionuevo Gil. 15.07.11 

Siempre estamos en la víspera. Nos encantan los preparativos, porque somos íntimos amigos de nuestras esperanzas. Siempre tenemos lugar y hasta tiempo para cuidarlas. Hoy es nada menos que la víspera de mañana. Qué gran día mañana, que hace tan grande nuestra víspera.  No todo el mundo lo hace con la misma unción. Sobre todo, en la política; de un tiempo a esta parte, los partidos, que todo lo parten, reparten desesperanza, amedrentan a las gacelas en la sabana, donde hay pocas sombras para guarecerse, y si hay alguna sombra es una mala sombra que nos descuelga sobre nuestras cabezas mayores amenazas. Cuando la economía mundial va quedando en entredicho, la sabana es un paisaje completamente plano, sin futuro, y ya no se susurra, ni se habla, ni siquiera se grita; solamente se ruge.

 Cuando los ciudadanos se dejan amedrentar por los rugidos, cuando se dejan ofender y se rebajan y conforman  con ser simples votantes, ya no hay mucha escapatoria que valga. La suerte está echada y el Rubicón de las urnas, como cualquier río, no tiene marcha atrás. Entonces el Biscuter de la política, que tampoco tiene marcha atrás, nos lleva a lo desconocido, a lo ignorado, ya que nos dejamos llevar por rugidos apocalípticos que no nos aclaran nada del abismo que nos deparan. Solamente nos impulsan por la pendiente del miedo a la  ciénaga de la obediencia ciega, al muladar de un barato estoicismo. Bueno sería poder conducir un coche de pedales, que sea totalmente nuestro, y marchar a nuestro ritmo y poder cejar por voluntad propia, sin que nos manden, a seguir en el encierro trepidante y agonioso sin un san Fermín que nos proteja, y sin que  nos obliguen las promesas ni los miedos.
 La víspera se convierte en una ansiosa tierra de nadie y una ansiada tierra de muchos algunos pocos. En la víspera nos quedamos deshabitados y desposeídos de nosotros mismos. Ya nada es lo que era ni volverá a ser lo que ha sido. Los votos pierden su genuino valor de uso y se pervierten en un valor de cambio, en una calderilla que ya es incapaz de consolar a un triste cepillo eclesial o laico. Los votos, tus votos, nuestros votos quedan sepultados en una fosa común de una anónima cuneta. Los viandantes no percibirán el grito de sus silencios. Nuestros votos tampoco podrán aprender de sus vecinas raíces a crecer y salir a la luz, porque de antemano fueron calcinados por una estéril ley electoral.
 Es así como se olvida esta burbuja de votos, a tumba cerrada y no a tumba abierta, sin memoria, sin historia, sin pena ni gloria.
 Nos preguntamos para qué quieren más votos y para que los quieren tan aprisa.
Si no nos renovamos de nuevas esperanzas y nuevos compromisos, nos pasará por encima la apisonadora de muchos más votos y nos quedaremos a la intemperie que nos deje esta tan desacreditada burbuja de votos.
 Nos desharemos de la burbuja de votos, pero el peligro está en que nadie sabe como desinflar la burbuja de los rugidos. Porque igual que el león de la sabana, que se alimenta de lo poco que hay, seguirá rugiendo, aunque tenga en su zarpa la carne fresca de los votos y la boca llena y chorreando de la sangre del poder.

Josemª. Maestro de Primer Ciclo de Primaria.

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