Por Emma Rodríguez | Hemos mirado a Grecia con atención en los últimos meses. La intensidad, la sorpresa, nos han acompañado desde que la formación de izquierdas Syriza ganó las últimas elecciones con la convicción de cumplir el mandato popular y poner límites a las políticas de rígida austeridad impuestas desde Bruselas.
En este tiempo, a golpe de negociaciones frustradas, Grecia nos ha demostrado hasta qué punto gran parte de su deuda es ilegítima, a través del informe exhaustivo de un comité de expertos; nos ha puesto ante los ojos el verdadero rostro de la UE – una UE obediente ante los poderes financieros y cada vez más alejada de los ciudadanos– y, sobre todo, nos ha devuelto algo del espíritu de la auténtica Democracia.
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