Por Abel Ros.- Una de las asignaturas que más me costó sacar en el grado de sociología fue, si duda alguna, Ecología Humana. Hoy, varios años después, reconozco el valor de aquellos conocimientos. En aquellos tiempos – hace más de una década – ya se hablaba, entre otros temas, del calentamiento global, de especies invasoras, del deshielo y la Ley de Costas. Se abría el debate entre los utópicos – aquellos que creen que los avances tecnológicos mantendrán el planeta a salvo – y los antiutópicos o, dicho de otra manera, los pesimistas con el futuro de la Tierra. En aquellos años, las políticas medioambientales eran algo complementario que no iba va más allá de campañas de conciliación ciudadana y reciclaje de residuos. Hoy, las tornas han cambiado, los efectos del cambio climático acechan nuestras vidas. Y lo hacen con gotas frías, olas de calor, desertización, deforestación, salinización, huracanes y todo tipo de fenómenos atmosféricos. Fenómenos que alteran las características climáticas y ponen en vilo el sino de nuestras vidas. Vidas que transcurren entre miles de contaminantes físicos, químicos y biológicos que, en la mayoría de las ocasiones, causan enfermedades y bajas laborales.
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