Por Abel Ros.- Después de una larga enfermedad, el otro día falleció Jacinto. Lo conocí hace años en El Capri. Solía frecuentar el garito los domingos a deshora. Facha de los pies a la cabeza, se ponía nervioso cada vez que oía hablar de Podemos. De carácter visceral y nostálgico con el franquismo, sus elogios al caudillo eran una constante entre copas y carajillos. El día que falleció Fraga, cogió su Seat Toledo y se plantó en las tierras gallegas. Me contaba que don Manuel fue un ministro ejemplar. Fue, y recojo sus palabras "un señor del orden, defensor de los rombos y tricornios". Jacinto criticaba todo lo que oliese a progreso. Odiaba Internet, los móviles y los cajeros automáticos. Decía que el progreso traería la ruina a la humnidad. "Con Franco – decía – vivíamos mejor". Y vivíamos mejor porque, según él, se podía dormir con la puerta abierta; sin miedo a los okupas y esas cosas del ahora. En el maletero del coche guardaba una bandera con el aguila. Una bandera de la "verdadera España". De esa España unida, sin autonomías y sin historias.
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