Por Abel Ros.- Todos los años, por la segunda quincena de agosto, suelo hacer un viaje familiar por España. Tras tres años, desde que comenzó la pandemia, no había salido de casa. Torrevieja y sus playas han sido, la verdad sea dicha, mis únicas escapadas. Hace una semana, estuve en Toledo, la tierra de las tres culturas. Perdido por sus callejuelas, he viajado al pasado. He estado en Zocodover, la mítica plaza de la ciudad. Una plaza repleta de guías turísticos, gente tomando el fresco y restaurantes de comida rápida. En ese rincón, de la capital de Castilla, la Inquisición hizo de las suyas. Por ahí trasladaban a los herejes hasta la cuesta del Alcázar. Enfrente de esa plaza, entre un arco y una escalera, poso junto a una estatua del Quijote. Estoy envuelto de murallas, puentes y catedrales. Agradezco el calor seco. Un calor distinto a la humedad de mi pueblo. El aroma a las carcamusas y a perdiz estofada contrasta con el olor a paella de las tierras valencianas.
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