Por Abel Ros.- El 15-M, y la creación de Podemos, recordaba a la España efervescente de 1982. Una España, como les digo, que clamaba libertad tras cuarenta años de Nodos, rombos y tricornios. Aunque la muerte de Franco supusiera el fin a cuatro décadas de dictadura; los valores del franquismo no se podían borrar de la noche a la mañana. El "conservadurismo" social continuó hasta bien entrado los ochenta. De tal modo que la gente no hablaba abiertamente de sexo. El patriarcado y la familia nuclear vertebraban la estructura social de aquel entonces. Existía un miedo latente ante un regreso a los fantasmas del pasado. Y ese miedo era sentido por la clase trabajadora, la misma que se identificaba con la izquierda en los tiempos de la República. Una clase que regresaba del exilio. Unos de Francia y otros de México, Argentina o Venezuela. Así las cosas, la sociedad española postfranquista se dibujaba como moderada. Una moderación condiciona por el temor a futuras represalias o caída del nuevo régimen. No olvidemos que en febrero de 1981, el golpe de Estado fallido activó todas las alarmas y refrescó el recuerdo del golpe de Estado republicano.
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