Por Abel Ros.- Tras varias horas de insomnio, me puse las chanclas, cogí un par de galletas y bajé a dar una vuelta a la manzana. El Capri todavía estaba abierto. Eran las dos de la madrugada y desde lo lejos se veía gente apoyada en las penumbras de la barra. Pedí un cortado bien cargado de cafeína y dejé que los pensamientos infectaran mi mente. Eran pensamientos tóxicos y venenosos. Pensamientos que alimentaban mis miedos y temores. Miedo ante posibles enfermedades. Miedo ante quedarme solo el día de mañana y miedo, mucho miedo, al dolor y las expectativas de la muerte. Solo en el taburete, y sin ningún perro que me ladrara, se acercó una señora a mi vera. "Perdona – me dijo – llevas un cigarro". Le dije que no. El último que me fumé fue hace más de treinta años. Me preguntó qué hacía un lunes, a deshora, en la barra del garito. Le dije que mataba las horas entre sorbos de café y noticias del Marca. Viuda, desde hacía un par de años, inundaba sus penas con las burbujas del gintonic. Burbujas manchadas de carmín y de sueños obsoletos.
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