
En el precioso jardín de una casa de té hecha de madera, en las orillas de una gran ciudad, se percibe el encanto del lugar aún antes de abrir la puerta y entrar. La dueña me dejó colgar 17 pinturas mías en sus paredes de madera. Iba a ser el segundo intento, el segundo lugar, para colgar mis cuadros. Quisiera comenzar con decir que el contraste entre este segundo intento de mostrar mis cuadros y el primer intento (y fracaso), fue espectacular. En el primer lugar, un bar, todo había sido decepción. Cobraron para utilizar sus sucias e inacabadas paredes; hubo amenaza de 2 tifones simultáneos; no hubo ninguna retroalimentación de parte de l@s dueñ@s; era un lugar desagradable del todo y con mala iluminación. Hasta los cuadros parecían entristecerse: insistieron en doblarse incómodamente y algunos se cayeron de la pared.