

Era una mañana luminosa, de esas en las que la luz del sol lo llena todo y hace que los colores brillen de un modo especial, llenando las pupilas y haciendo que todo el entorno sea más perceptible a los sentidos e indiscutiblemente se muestre mucho más bello. Pero también era un día caluroso, húmedo y en algunos momentos, asfixiante. Uno de esos días que hacen sudar y que la ropa se adhiera al cuerpo. Era un hermoso día, pero molesto.
Bajo aquel sol infernal y una luz celestial el cementerio parecía un lugar bello, al menos a sus ojos, a pesar de que empezaba a convencerse de que iba a arder espontáneamente. Sin embargo, tenía la seguridad de que su padre no estaba percibiendo todo aquello del mismo modo. Se limitaba a permanecer de pie, con la mirada clavada al frente, sin sentir el sudor que resbalaba por sus mejillas, el incesante y agotador sonido de las chicharras, o las muestras de dolor de toda aquella gente que le rodeaba, ni siquiera como un cuerpo menudo se aferraba a él. Aunque era lógico, estaba enterrando a su esposa.
Sin embargo, mientras le abrazaba, no compartía en absoluto el dolor de su padre a pesar de que aquella mujer había sido su madre. Todo lo contrario, en su caso suponía salir de un oscuro túnel o, al menos, un paso hacia la luz. Una luz como la que brillaba ese día inundándolo todo, aunque le hiciera sudar.
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