
No ha sido un accidente, como así lo atestiguan las investigaciones realizadas, sino un incidente de dimensiones estremecedoras, que han sobrecogido a todo el mundo.
Va a cumplirse una semana de la tragedia ocurrida el martes, veinticuatro de marzo, para gloria del refranero español: “en martes, ni te cases, ni te embarques”.
Nadie sabe con certeza cuales fueron los motivos por los cuales, Andreas Lubitz, el joven piloto alemán de veintisiete años, fue incapaz de evitar aquella mañana, la colisión de su avión, un Airbus 320, de la aerolínea Germanwings, filial de la multinacional Luftansa, contra las montañas francesas de los Alpes, con ciento cincuenta pasajeros a bordo.
Lubitz, como buen deportista, tenía un espíritu competitivo. Su gran pasión por el vuelo era tan grande, que ya en su adolescencia, decidió matricularse en un club de aviación cercano a Montabaur, lugar donde residía con sus padres, para realizar sus primeros vuelos.