Por José Enrique Centén Martín.- Observaba al nuevo vecino que estaba sin moverse desde hacía buen rato como si fuese una figura resecada por el tiempo, ojos hundidos, nariz aguileña, rostro curtido que resalta de su blanca camisa, sin corbata, al uso de los mayores, no de ciudad. No se atreve a molestarle por un inexplicable respeto.
Días antes, un sábado, le vio en un bar próximo sorbiendo una taza de café humeante con un cigarrillo en la mano, el hijo que le ve, le dice “se lo ha prohibido el médico”, ¡qué más da!, contesta, tienes que vivir padre, ¿más aun y así?, se cortó el diálogo.
Días después sigue igual, callado, la mirada perdida, pierde la timidez y levantándose lentamente sin apartar la vista de su nuevo vecino se dirige a él, cuando está a su altura le saludó, este le respondió sorprendido pero a su vez cree que agradecido, por su media sonrisa, seguramente el ensimismamiento le cortaba entablar conversación.
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