
Ese día todo iba a ser distinto, se acabaría su papel secundario de marioneta manejada por los caprichos del viento. Se vio reflejado en el espejo que presidía su salón y su rostro era diferente, no se reconocía, su plan perfecto, maquinado sin piedad durante la silenciosa noche, comenzaba a dar sus frutos. Cerró con rabia la puerta de su casa, ataviado con las prendas que a él le vino en ganas, y le dijo adiós al ridículo. Nada más salir se encontró de frente con la altiva familia de sus temores, no faltaba ni uno de ellos, esta vez no los esquivó cambiando de acera, se paró delante de ellos y, con la cabeza muy alta, los miró uno a uno a los ojos, escupió a sus pies y los despidió con un breve y contundente “hasta nunca”.
Continuó su camino con paso firme, al pasar por el bar donde solía estar siempre, observó como desde dentro le miraba y se burlaba la malvada mala suerte, sin más le hizo una señal con la mano derecha desafiándola a salir a su encuentro, la mala suerte avanzó sin miedo, pero a medida que se acercaba su risa disminuía, cuando la tuvo al alcance fue él quién soltó una enorme carcajada y sin previo aviso le clavó un puñal en pleno corazón. La abandonó allí tirada en el suelo y agonizando, se marchó, no sin antes decir “se acabaron tus risas, mala suerte”.