Abel Ros.- El otro día, tras salir del trabajo, fui al supermercado. Necesitaba comprar una bolsa de fideos y algo de verduras. En la puerta estaba Carmelo, un viejo conocido de mi pueblo. Un chico que conozco desde mis tiempos desviados. Tiempos donde los cigarrillos, la juerga y las mujeres eran lo más importante en mi vida. Tras un saludo, nos deseamos felices fiestas. Le di un abrazo y un apretón de manos. Sus manos estaban frías. Frías como una farola en una plaza de Siberia. Me dijo que no tenía dinero. Que acaba de salir del talego y lo único que llevaba en el bolsillo era la chapa de la cerveza. Saqué la cartera, y arrojé sobre sus manos un puñado de calderilla. Le pregunté con quién iba a pasar la Nochebuena. Me dijo que tenía una orden de alejamiento de su madre. Una orden por agresión. Su "vieja" no comprendía que estaba enfermo. Enfermo de hachís, coca y nicotina
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