
Hoy, casi diez años después del 15M, Podemos se ha convertido en un actor determinante en la política española, presente en el primer Gobierno de coalición desde la recuperación de la democracia. La crisis de 2008 hizo saltar por los aires los consensos sociales que habían articulado el sistema político desde 1978. Con el 15M se inició un ciclo impugnatorio de amplia movilización social, con un nuevo sentido común antioligárquico que vino acompañado de un punto de pulsión constituyente, imprescindible para la articulación del nuevo espacio político que Podemos representa.
Sin embargo, ningún cambio ni progreso se ha llevado a cabo nunca en la historia sin la resistencia de los viejos poderes. Desde el nacimiento de nuestra formación, los ataques para desacreditarnos han sido constantes. La Marcha del Cambio de enero de 2015 marcó probablemente el momento de mayor percepción social de la fuerza de Podemos, pero inmediatamente después nos vimos abocados a una guerra de desgaste de unas dimensiones desconocidas, que tomó la forma de una guerra sucia de nuevo tipo. Las cloacas del Estado al servicio del poder económico y con la cobertura de los imperios mediáticos, mediante acciones legales e ilegales, pretendieron subvertir el proceso democrático.