A quien tiene escopeta, guitarra, reloj y mujer, nunca le falta que componer.Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- La escopeta de mi padre, marca “Arieta”, tenía en mi casa viva su lugar propio: en un rincón de su cuarto, prevenidamente descargada, con el cañón hacia arriba, la dejaba en reposo después de cada jornada de montería, trayendo, casi siempre, como resultado de la partida, tres o cuatro conejos que recitaron esa vez su últimos versos de la vida en los parajes escabrosos de Cazuela, tras el acierto de un disparo de fuego retumbante en el silencio de la noche.
Recuerdo a mi padre con su indumentaria de cazador: ropa caqui de monte, cinturón o carrrillera de cartuchera, lámpara en la frente, amarrada a su espalda la carga de carburo que daba luz a esta y, terciada al hombro, su escopeta de asombro… llevando para él, en la mochila, algo de beber y de qué comer si le fuere menester.
En ocaciones, mi padre cazaba en compañía de Juan Gutiérrez, amigo de la casa, conocido buen cazador de la región. Ponía el tiro donde el conejo le decía. Dueño, además, de unos perros criollos que, metidos en el monte, cuando él no iba a la faena, le traían a su familia a domicilio las piezas en sus boca con derecho a cobro y como les era costumbre.