“El mejor destino que hay es el de supervisor de nubes, acostado en una hamaca mirando al cielo.” -José Luis Rodríguez Zapatero-Escribe, Walter Pimienta.En mi pueblo (el de antes), después que el niño (a) había nacido, al mes o mes y medio, como mucho a los dos meses, del amoroso regazo de su santa y abnegada madre, desprendido del calor de su costilla, pero no de su jugosa y láctea teta, lo pasaban a una hamaca o chinchorro artesanal, comodidad de sencillo “columpio” donde este dormía y descansaba a baja altura, suspendido por la seguridad fija de dos amarres de cabuya en dos puntos firmes evitándole así una peligrosa caída… Y de allí, de la hamaca, a los 10 u 11 meses, al niño, a ratos se le bajaba para que, previa su etapa de gateo y de mininos, se atreviera a dar sus primeros pasos de pronto agarrado de la mano de su mamá, de su papá o de su abuelo; o cuando no, entonces éste, aventurándose, agarrado de asientos y sillas, se soltaba y daba camino a una senda de tres o cuatro pasitos cayendo de nuevo y de nalgas al piso…y así, una y otras vez hasta conseguir una tambaleante marcha de brazos abiertos con la que, en medio de una “río” de orín, quisiera dejar huellas… heroica batalla personal que entre risas y besos y aplausos se le festejaba y premiaba.
…Y por lo leído hasta aquí, para el mismo ejercicio, nada de caminador que de eso en tal tiempo no había y que de pronto se improvisaba haciéndole al niño un carrito de madera con llantas de ceiba, el cual el niño rodaba cuando en este le dejaban metido siendo dicho parapeto el primer “vehículo” que el infante, sin curso de conducción, sin pase ni licencia, para allá y para acá, tumbando cosas, a placer manejaba… En mi caso, les cuento que caminé a los 9 meses y que perfeccioné mi inicial andar por este mundo sosteniendo entre manos un palo escoba, me- contaba mi madre…