
De pura suerte hemos llegado hasta aquí y nos hemos encontrado un tiempo y un lugar para conocernos y, también, saber y conocer quiénes son nuestros compañeros de viaje y quiénes no han parado de ponernos palos en las ruedas desde el mismo momento en que se inventaron las ruedas.
Ya desde entonces había gente que se preguntaba “¿Qué querrán con tantos inventos?”. La modernidad no podía llegarnos tan temprano. Había que esperar a que nos hiciéramos la guerra, a que designáramos quiénes eran los enemigos, a que estableciéramos los territorios que había que dominar y a que nos aprendiéramos todos los cantos de victoria que no eran más que la tapadera de las venganzas. Las venganzas que algunos practicaron durante cuarenta años y que aún inmovilizan.
Si no había enemigos, había que inventarlos. Nuestro paraíso resultaba inhóspito y nos había salido rana y teníamos que salir saltando y asaltando incluso en nombre de Dios. Y así crecimos y nos crecimos y nos hicimos dioses verdaderos para que nadie nos enmendara la plana de las leyes de dios, las nuestras, que se fueron conformando en proclamas y en acusaciones a los demás con esas leyes, que nosotros no cumplíamos, porque para eso eran las nuestras. Nuestras interpretaciones se consideraron y se hicieron dogmáticas, para que nadie tuviera dudas. Si alguien osaba abrir los ojos y, sobre todo, la boca, automáticamente se convertía en hereje. Si dios no arrimaba ascuas a “sus” encendidos mandamientos, aquí contábamos con yesca suficiente para que se hiciera la luz.