Baranoa, viernes 31 de diciembre de 1954.
Escribe; Walter Pimienta.- Lázaro Silvera, procedente de la calle donde daba cumplimiento diario a su oficio de vendedor de loterías, ( ese día jugaba “el Extra de Colombia”), llega a su casa a las cinco de la de la tarde y, con la tranquilidad santiaguina (se dice que el Apóstol Santiago era el más tranquilo de todos ellos), que le caracterizaba, le dice a Ana Vicenta Araújo, su mujer:
-Infórmate, Ana. Las calles son un hervidero y tú no te has dado cuenta. La iglesia, de feligreses pecadores y arrepentidos, está de bote en bote. Esta noche, antes de Año Nuevo, a las 11: 45, se acaba el mundo. Se cumplieron todas la profecías. Lo acabo de oír en el radio del señor Santana, a quien le dejé el 7625, que siempre juega. Lo está anunciando por la KDKA DE PITTSBURGH (Pensilvania), por onda corta. No quedaremos ninguno de los desterrados hijos de Eva. No pasaremos de esta noche. Tú nunca te das cuenta de nada.
-¿Lo dices en serio?- preguntó ella.