
Las palabras por sí mismas, no son suficientes para causar cambios significativos en la realidad. Hacen falta acciones, actos, hechos. Indudablemente, el lenguaje hablado y escrito es esencial para todos, pero debe ser acompañado de actividad, que se concrete de diversas formas, a través de resultados concretos y objetivables. Los hechos transforman el mundo, y pueden estar dirigidos por proyectos, intenciones, planes y propósitos. Es cierto que las palabras pueden movilizar voluntades, e incluso cambiar el curso de la historia. Los discursos deben ser reafirmados, por acciones concretas o ser su expresión. También es preciso indicar que, en la era digital, existe la tendencia a valorar más las palabras que los hechos. La naturaleza efímera del lenguaje es evidente, cuando no se lleva a la práctica lo que se promete a nivel político, porque lo incumplido permanece en la memoria de los ciudadanos. La confianza y la credibilidad, desde una perspectiva individual y social o política, depende de la coherencia y congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. En el ámbito político, las manifestaciones y protestas son un claro ejemplo de cómo las acciones son decisivas y dan fuerza a las palabras, con el fin de que se produzcan cambios sociales positivos. Las palabras vacías, desde un enfoque empresarial, llevan a la pérdida de clientes y a la falta de confianza.