Escribe; Walter Pimienta J.- Cuando aparece la palabra «fin» en los cines, uno no sabe si es una palabra escrita en la pantalla sin signos de interrogación, pero exigiéndonos una respuesta a la que no se encuentra contestación. A veces, reparo en ella y quisiera ver el reverso de la cinta, aunque todos los asistentes se vayan y me quede solo, sentado en la penumbra, como un náufrago que se resiste a abandonar la última tabla de su barco.
Me pregunto entonces qué sucede con los personajes cuando se apagan las luces, cuando la música deja de acompañarlos y el proyector, cansado de contar historias, enmudece detrás de nosotros. ¿Adónde van los amantes que acaban de besarse bajo la lluvia? ¿Qué hacen los hombres que han sobrevivido a una guerra? ¿En qué rincón del mundo se refugian aquellos que han perdido todo, incluso la esperanza, y que, sin embargo, nos dejan la impresión de haber encontrado una razón para continuar?
Nadie parece preocuparse por esas cosas. La gente se levanta, recoge sus abrigos, busca las llaves en los bolsillos y camina hacia la salida. Afuera los espera la misma ciudad, con sus semáforos, sus vendedores ambulantes, sus autobuses repletos y sus esquinas de siempre. La película ha terminado y cada cual regresa a su propia historia, que tampoco tiene garantías de un final feliz.